La Verdad

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Autor: Ana María Tomás
“Rompedores del silencio”
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Ana María Tomás | 09-12-2017 | 11:45| 0

La revista estadounidense Time, que, desde 1972 distingue anualmente como personaje del año a quien haya destacado de manera especial y no siempre de forma positiva (sus personajes van desde Adolf Hitler al Papa Francisco), ha elegido este año en su suplemento especial como personaje del año a los “Rompedores de silencio”. Se trata de un reconocimiento a todos los hombres y mujeres, en especial muuuchas mujeres, que han decidido dar un paso al frente para denunciar públicamente los acosos y abusos sexuales de los que han sido víctimas por parte de personajes relevantes, aunque poco a poco se han ido sumando a esas denuncias otras de mujeres más anónimas con tipos totalmente anodinos aunque poderosos.

Dicen que se trataba de un secreto a voces y yo me pregunto por qué nadie oyó antes esas voces, por qué esa falta de misericordia, de compasión, de corporativismo incluso, o, por qué no lo gritaron antes esas mujeres. Algunas actrices han declarado que salieron por pies del despacho del ya denostado, defenestrado y canalla director de cine Harvey Weinstein -uno de los más afectados por el tema de “romper silencios”-, otras acataron una factura demasiado alta por realizar sus sueños, una factura sin saldar con la propia autoestima que ha ido acumulando intereses hasta reventar el saldo de lo aguantable. Es verdad que, para las mujeres sobre todo, en muchas ocasiones es imposible defender con firmeza los límites que deberían ser inviolables, la dignidad está muy bien como concepto y queda genial en la literatura y en las películas, pero la realidad es mucho más cruda: en una balanza pesa mucho más la supervivencia, el amor a unos hijos, la responsabilidad de una familia a la que hay que sacar adelante que la dignidad. Ocurre a veces que, momentáneamente, se calibran mal los objetivos, las metas, el propósito vital u otras cuestiones más superfluas y se piensa que también son dignas de tener más peso que esos límites… y ¿quién no ha estado alguna vez en esa tesitura para lanzar la primera piedra?

El péndulo de la revolución femenina, en muchos lugares de nuestro mundo, no ha llegado ni siquiera al centro en la conquista de logros que deberíamos tener asumidos como normales. Por suerte, hay personas que están predestinadas a cambiar la vida de otras y aunque tarde -imaginen la cantidad de mujeres que se habrían librado de las garras de directores, fotógrafos de modelos, empresarios, políticos, jefes y crápulas varios si las primeras se hubieran atrevido a gritar contra viento y marea la calaña de estos tipejos-, decía que, aunque tarde, es admirable que por fin se haya destapado la tapa de esa putrefacta alcantarilla.

“Rompedores de silencio” y desde que todo saltó por los aires a través de las redes sociales y la etiqueta “Me Too” (Yo También) cada día hay nuevas denuncias, tanto de mujeres como de hombres. Pero la realidad es que, como en Fuenteovejuna, todas las mujeres somos violadas cuando una lo es, la humanidad entera es violada cuando un ser humano lo es. Hasta ahora se ha llevado con vergüenza, en silencio, con miedo, casi con resignación el destino de ser violadas… ¿quién se iba a atrever a señalar con un dedo acusador a tipos “carismáticos”, exitosos y, desde luego, todopoderosos? Aunque fuera un secreto a voces. Aunque las mujeres se lo contaran entre sí y se sintieran “consoladas” compartiendo su terrible secreto. Pero… ¿de qué nos ha servido a las mujeres la comprensión o el afecto de otras si juntas no hemos logrado detener tanta ofensa a nuestra carne?

A mí no me duelen prendas en reconocer que, en determinadas ocasiones, la única justicia posible es el “ojo por ojo”, sí, ya sé que así acabaría tuerta media humanidad pero es que hay individuos que llevan muy mal eso de la empatía y se le haría un gran favor haciéndoles entender en carne propia el asco, la humillación, la vejación que han provocado en tantas ocasiones en carne ajena.

“Por haber revelado secretos a voces, por haber pasado de las redes de rumores a las redes sociales, por habernos obligado a todos a dejar de aceptar lo inaceptable, los que han roto el silencio son la persona del año”, ha argumentado el jefe de redacción de Time, Edward Felsenthal. Pues muy bien. Igual podrían haber elegido a quienes han estado oyendo esos secretos a voces durante tanto tiempo y han callado cómplices y cobardes. Ya sabemos que el Time distingue a quienes han destacado de manera especial. Y para destacar… nada como ese mirar para otro lado.

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Víctimas invisibles
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Ana María Tomás | 02-12-2017 | 12:06| 0

Hace unos días vi unas imágenes que actuaron en mi sangre como un soplete: la incendiaron por entero. El fuego corría por mis arterias, calcinaban mi corazón y seguía ardiendo por mis venas. Si ya cualquier injusticia tiene el poder de alertar lo que de humanidad habite en cada uno de nosotros, ver un compendio de imágenes de maltrato a vulnerables ancianos en un noticiero es apelar a lo que de desagravio justiciero podamos albergar.

Las imágenes habían sido tomadas con cámara oculta en las habitaciones de los ancianos. Sus “cuidadoras” ¡Madre mía, cuidadoras! Los golpeaban sistemáticamente cada vez que necesitaban ser cambiados, levantados, acostados… una incluso agarraba de los pelos a una anciana y le aporreaba la cabeza repetidamente en el respaldo del sillón una vez que ya estaba sentada. Los insultos que les proferían no eran menos dolorosos. Contuve el aliento y mis manos subieron a mi boca como si ese gesto tuviese algún hipotético poder de detener aquella barbaridad que estaba contemplando. Quiero entender que cuidar de un anciano por el que no te une nada ni sientes un mínimo de amor y que, además, está impedido para valerse por sí mismo o ejecutar las más elementales y básicas de las acciones como ir al baño, es decir, al que tienes que limpiar la caca no tiene que resultar apetecible a nadie, ni siquiera a las “Hermanitas de los desamparados”, que una cosa es la vocación y otra el masoquismo. Quiero entender que muchas personas que cuidan de otras en esas circunstancias lo hacen por una necesidad apremiante y con una falta mínima de misericordia apabullante. Pero no puedo entender ni mucho menos disculpar que no se busquen cualesquiera otros trabajos, aunque fuese arrancar pinos con los dientes, antes de aceptar un trabajo que las “obligue” a comportarse como una bestia inhumana. Claro está, a no ser que se trate de sádicos que buscan exactamente eso: un ser vulnerable sobre el que descargar su perversión de manera inmune. Y, desde luego, cuando se une todo eso a las “cualidades” de alguien que se dedica exactamente y de manera profesional a tener que hacerse cargo de personas dependientes… el resultado pueden ustedes hacerse una idea de cuál es.

Ya se sabe que hijos de puta hay a “puntapala”  en todos sitios y estamentos pero debería de vigilarse mucho más escrupulosamente a esta gentuza que, puede que los despidan de la casa del anciano al que han visto maltratado tan flagrantemente, pero no les pasa nada, no se les castiga por ello, se van de rositas a otra casa con otro anciano  sobre el que descargar sus frustraciones o su maldad a secas.

Decían las noticias que los médicos suelen notar, a veces, el temor de los ancianos ante sus cuidadoras, que no se atreven a responder a sus preguntas sin mirarlas antes, como si esperasen el permiso para responder al facultativo o como si supieran que han de mantenerse callados y dar tiempo a que sean ellas quienes respondan por ellos. Y creo que los médicos no están alertados lo suficiente como para detener desde ese preciso momento el sometimiento y el miedo del pobre anciano.

Me repugna un anuncio en donde se dice que hay que tratar bien a los niños, vamos, más que tratarlos bien se trataría de malcriarlos, porque ellos serán quienes elijan nuestra residencia. Me repugna sobremanera el mercadeo expreso de ese mensaje. A los hijos se les tiene que tratar con amor, pero porque solo se puede sentir amor por un hijo, no porque se tenga el deber ni, desde luego, porque luego serán ellos quienes nos pondrán a buen recaudo. Pero si ya resulta desnaturalizado maltratar a una criatura indefensa, tanto o más resulta el hacerlo con alguien que está al final de sus días, frágil, enfermo, vulnerable… Es verdad que no siempre la familia puede cuidarlos, pero sí puede siempre cerciorarse de ver en qué manos los dejan.

Según la OMS, la definición de maltrato a los ancianos es “un acto único o repetido que causa daño o sufrimiento a una persona, o la falta de medidas apropiadas para evitarlo, que se produce en una relación basada en la confianza”. Según yo para  maltratarlos no es necesario ocasionarle ningún acto citado basta con mostrar indiferencia a los que les hacen otros, basta con dejarlos abandonados a su dolor. Basta con seguir permitiendo, sin atajar con medidas drásticas, la vergüenza y el deshonor de las imágenes que, desgraciadamente, tuvimos la oportunidad de ver. Basta con no hacer para maltratarlos.

 

 

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Me niego
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Ana María Tomás | 25-11-2017 | 1:37| 0

He escuchado varias veces la canción titulada “Vivir” que Rozalén y Estopa cantan para apoyar la lucha contra el cáncer de mama. Dice la autora que durante meses habló con enfermas y que finalmente se encerró varios días con esas vivencias para intentar ponerse en su piel. Evidentemente, la reflexión que brota de la canción no puede ser más hermosa, aunque… hay estrofas con las que estoy en total desacuerdo. Dice la canción que cada día habría que levantarse mirando al cielo, dando gracias por la vida, siendo consciente de que lo que no nos ayude a ser feliz, todo aquello que nos lastre, incluidas las personas tóxicas que nos rodean que suelen ser, en muchos casos, multitud, sepamos mantenerlas lejos sin permitir que nadie nos paralice y, de ocurrir eso, si alguien detiene nuestros pies, saltar por encima del obstáculo, es decir, aprender a volar. En frases cortas, pero llenas de fuerza se recuerda  que la vida es demasiado breve para malgastarla en odios.

Sin embargo, habla también de otra idea, demasiado frecuente entre las personas que han sufrido un cáncer o cualesquiera otras enfermedades que les han desajustado la vida, que las ha llevado al borde del abismo de la muerte, que, como dice la canción, las han golpeado como una “ola gigante”, arrasándolo todo y dejándolas desnudas, vulnerables, desprotegidas frente a la inmensidad del miedo… La idea a la que me refiero y que cita textualmente la canción es que “Quizá tenía que pasar. No es justo, pero solo así se aprende a valorar”. Y ahí ya si que no. Vamos, que no es que niegue  que la cosa sea así. Lo es. Pero precisamente por eso, porque soy yo quien se niega a que tengamos casi que morir para apreciar la vida. Me niego a que tengamos que enfermar para darnos permiso para quitarnos de encima a tanto plasta que nos rodea,  nos roba el tiempo, la energía, las ilusiones…  nos frena. Me niego a que tengamos que vernos sin vida para apreciarla, para vivirla, para mandar a freír monas convencionalismos sociales, asistencias a actos políticos, culturales, familiares… que nos repatean el hígado. Me niego dar parabienes a quienes nos estamos ciscando en sus muertos, escuchar batallitas, críticas, maledicencias que ni nos van ni nos vienen pero que soportamos estoicamente con una sonrisa crispada sin saber muy bien por qué porque ni siquiera la persona que nos está intoxicando nos importa un pepino… Me niego a considerar como algo lógico y normal tener agua corriente y caliente, poder darme un baño, sumergirme en el mar o en una humilde bañera… porque eso es algo que no pueden hacer durante mucho tiempo los enfermos de cáncer atados a vías en brazos, cuellos y hasta omóplatos. Me niego a dar un “sí” a otros cuando eso supone darme un “no” a mí misma, a complacer a los demás, a cubrir las expectativas que tienen conmigo a costa de renunciar a mi propia fidelidad, a mis principios o, simplemente, a mis gustos… Porque eso… todo eso es lo que nos conduce, precisamente, a enfermarnos. Así que me niego a enfermar para valorar lo que es la salud, lo que es el privilegio de la vida, de las cosas pequeñas que vienen a ser, casi siempre, las más grandes.

Habla la canción de dedicar nuestro tiempo a quienes queremos, de mirar la vida con los ojos de un niño capaz de llenarlo todo de colores brillantes, pero añade también: “Cuando me miren sabrán que me toca ser feliz”. Y no, no podemos esperar la mirada ¿compasiva? ¿permisiva? de los demás dándonos a entender que ya hemos sufrido lo suficiente y que ahora ya sí se nos da permiso, que ya “nos toca” ser feliz. Porque ser feliz es algo que nos toca siempre independientemente de las circunstancia adversas de la vida. Porque para ser feliz es suficiente con conectarnos con nuestra esencia, con mantenernos en nuestro centro. Porque la felicidad no es un sentimiento, es una decisión, personal e intransferible.

La canción de Rozalén y Estopa es una hermosa reflexión para ponernos todos los días y recordarnos lo hermosa que es la Vida. Pero, sobre todo, para revolvernos las tripas del corazón y no esperar a que nada ni nadie detengan nuestros pies y nos impida  aprender a volar.

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Por ellos
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Ana María Tomás | 18-11-2017 | 11:42| 0

 

Casi todo a la vez, me entero de que una individua -cuya cara no puede ser más reflejo de lo primitivo de su alma-, dueña de una falsa protectora de animales y que exterminó, de forma masiva e injustificada, a cientos de perros y gatos solo por seguir teniendo espacio en sus instalaciones para poder continuar recibiendo nuevos animales y cobrando por ello -obviamente, dinero que utilizaba para gastos personales-. Lo peor de todo es que los mataba utilizando poca cantidad de producto eutanásico, por aquello de economizar, lo hacía, además, sin sedación previa, y por vía intramuscular y no venosa, lo que causaba una larguísima y dolorosa agonía a nuestros hermanos perros y gatos.

Por otra parte, en contraposición, me entero también de que una bibliotecaria de la universidad romana de La Sapienza ha logrado la baja de dos días para poder acompañar y cuidar a su mascota a la que tenían que operar. Lo ha hecho basándose en un artículo del Código Penal italiano que castiga hasta con un año de cárcel o una multa de 10.000 euros a quienes abandonen a un animal y le produzcan un gran sufrimiento. Lista, y amorosa, ella.

Pero, además, el profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Santiago de Compostela y activista del movimiento animalista en España, Óscar Horta, acaba de presentar en nuestra ciudad el libro titulado “Un paso adelante en defensa de los animales”. En donde, además de recoger algunas anécdotas realizadas por animales, promueve un trato amoroso y respetuoso con “ellos”, los “seres sintientes” a los que se trata, la mayor parte de las veces como “cosas” y no como seres vivos que sienten dolor y a los que hacemos sufrir de manera terrible hacinándolos en granjas o a la hora de darles muerte, sobre todo, si dan con sádicos como los tipos de la granja porcina de El Escobar, en Fuente Álamo (Murcia), quienes golpeaban a las cerdas en la cabeza con barras de hierro, o les abrían con cuchillos el abdomen estando vivas para sacarles a los lechones y dejarlas morir desangradas.

Algo se está moviendo. Sí. Por fortuna para nuestros hermanos “sintientes”, cada vez más germina en los corazones humanos la semilla de amor fraterno que el santo Francisco de Asís plantara considerando a todas las criaturas animadas o inanimadas como hermanos.

Estamos consiguiendo pequeños logros con respecto a los derechos de las mascotas: ver, por ejemplo, a esa paya de la supuesta “protectora” de Málaga en chirona durante tres años y nueve meses, que espero que cumpla hasta el último día… aunque por esperar… espero que el día de su muerte se den algunas circunstancias que le hagan recordar lo que es el dolor y todo el que ella provocó en tanto ser inocente, vulnerable e indefenso. Decía que es reconfortante ver que en cuestión de animalicos de compañía hemos conseguido, por fin, un poco de justicia legislativa. Pero todavía queda mucho, mucho por hacer, mucho por concienciar, mucho por destapar –o ¿acaso lo de Fuente Álamo es solo una excepción?-, mucho por desterrar -tanto toro torturado, embolado, lanceado…-, mucho por normalizar.

Con toda seguridad, la baja laboral para cuidar a un “miembro de la familia” si este es peludo y con cuatro patas, como ha sido el caso de la bibliotecaria romana, sentará precedente. Un maravillo precedente que nos hará más humanos, más “franciscanos” y más grandes como nación. En palabras de Gandhi: “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que se trata a sus animales”. Y, según eso, hay que reconocer que todavía somos muy pequeños. Se me eriza el vello al pensar en la campaña de regalos de Navidad, en donde los cachorrillos son mercadeados como peluches de los que se desprenden, en cualquier lugar, en cuanto se les va la risa de las primeras cacas en las alfombras. También sirven de poco las llamadas de atención a la dureza de corazón de algunos cazadores: quieren a sus perros al máximo de condiciones o ahorcados en cualquier pino.

Así que me alegro. Me alegro profundamente de que cada vez haya más voces disidentes sobre lo que la “pauta” habitual entiende como norma referida a “ellos”. No habrá normalización posible mientras no estén en la cárcel todos aquellos que cometan delitos con los animales, sea de la manera que sea. Hay monstruos a los que no se les puede pedir que amen a los animales, pero sí que los respeten. O que se atengan a las consecuencias. Hay que hacerlo. Por “ellos”.

 

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Yo, mi, me, conmigo
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Ana María Tomás | 11-11-2017 | 10:48| 0

¡Manda “güevos”! Es lo primero que se me ocurrió cuando descubrí que la nueva moda se llama “Sologamia” y que consiste, nada más, y nada menos, que en casarse con uno mismo.

 

A ver, que a mí me parece genial lo de organizar una fiestuqui con tarta y una figurita que me represente a mí solita coronando el merengue, me encanta estar rodeada de invitados, es decir, familia y amigos que celebren cualesquiera cosa que yo festeje y, sobre todo, proclamar a los cuatro vientos lo mismo que dice la susodicha novia “Antes que nada, debemos amarnos a nosotras mismas”. Vamos, que sí, que a todo eso me apunto, que nada que objetar, sino todo lo contrario. Pero una cosa es eso, que ya sé que nos hace falta recordarlo todos los días ante el espejo, y otra bien distinta la gilipollez de montar un pollo boderil, (que no vodevil, al menos este tendría gracia) para decir que me caso con mí, me, conmigo, vamos, con los pronombres personales.

 

Que sí, que ya sé que ciertas tontunas nos vienen muy bien a las mujeres que siempre andamos faltas de amor por nosotras mismas y sobradas en entrega, generosidad y cuidados para los demás -en muchas ocasiones todos los que nos negamos a nostras mismas-; que desde pequeñicas nos enseñan y nos hacen ver que nuestras preferencias no son tan importantes como las de ellos, que una buena madre es la que se sacrifica siempre por los suyos, y… además, sin quejarse nunca; que nuestras necesidades han de ir por detrás de “sus” caprichos, a fin de cuentas, nosotras somos tan apañadas que con cualquier cosilla tiramos para adelante, mientras que ellos… Vamos, que sí, que no voy a negar que cualquiera se apunta feliz al guateque. Pero que no por mucho madrugar amanece más temprano. Que lo que necesitamos son más actitudes de amor y respeto hacia nosotras mismas y menos rituales que, en realidad, no hacen que nos queramos más.

 

Hace unos días saltó la noticia de que en una discoteca, de Alcazar de San Juan, el “animador” anunció que se regalaban camisetas a las chicas que se quitasen la que llevaban. Y parece ser que tuvo tanto éxito la propuesta que tuvo que frenar la cosa porque más de una se quitó hasta el sujetador. Sé que me pueden decir que no pasa nada, que justo el feminismo lo que defiende es que cada una haga lo que le dé la real gana. Pero, claro, luego sale la alcaldesa del lugar y dice que tomarán medidas porque no se puede cosificar a la mujer ¡¿Mande?! Una de las muchas entrevistadas que dieron su opinión sobre la promoción de la discoteca aseveró rotunda que ella “Jamás haría una cosa así. Porque yo me respeto y tengo dignidad”. Nadie puso una pistola a nadie para que se desnudara y exhibiera, para regocijo de los payos presentes, puede que fuera un acto de libertad, de cosificación a la mujer, o puede que se trate de una auténtica falta de respeto hacia una misma. Cada uno puede verlo como le parezca, yo tengo claro que actos así, por mucho que “procuren” una… imaginada libertad, lo que, en realidad están haciendo es un daño terrible a nuestro amor propio. De qué sirve que luego se monte cualquier historia para expresar públicamente que nos amamos y que declaramos que nos comprometemos con nosotras mismas porque mejor sola que mal acompañada, si luego vamos y la cagamos por una porquería de camiseta. Vamos, entiendaseme, que ni por un puñado de diamantes. Cuando se le pone precio la dignidad y al amor, sea propio o ajeno… qué quieren que les diga.

 

Si queremos hacer algún tipo de alianza con nosotras mismas comencemos por reconocer, como decía Virginia Satir en su “Declaración de autoestima”: “Yo soy yo y estoy bien”. Utilicemos el MI para sentir: mi corazón, mi esperanza, mi miedo me hacen ser la persona que soy, la persona que se acepta y por tanto se ama tal cual es. Conmigo mis errores como aprendizaje para lograr los triunfos y no como reconocidos fracasos. Y, sobre todo el Me. Me amo, me acepto, me perdono, me respeto.

 

Saber y reconocer, finalmente, lo que valemos y no permitir que, como joyas que somos, nos tase un mercader en lugar de un joyero, porque cuando no sabemos lo que valemos, muy probablemente, terminemos con quienes tampoco lo sepan.

 

Y festejar, cada día, nuestra valía con cuantas fiestas queramos en lugar de celebrar majaderos casorios. Como decía Wilde: “Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida” y para eso solo es preciso amor. Del propio.

 

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