La Verdad
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Autor: Ana María Tomás
Rufianes, canallas, sabandijas
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Ana María Tomás | 17-02-2018 | 2:18| 0

Es una verdadera pena que palabras de nuestro idioma tan castizas y definidoras de un determinado tipo de gentuza como “rufián”, “canalla”, o “sabandija”, por ejemplo, se hayan perdido totalmente de nuestro acervo popular para ser sustituidas por el manido, corto e injusto (sus madres pueden ser una santas) “hijo de puta”, más que nada porque faltarían “señoras de moral distraída” para  colocarles a tantos hijos sueltos por el mundo. Los últimos en recibir el susodicho bautizo maternal han sido algunos directivos de la ONG Oxfam, por haber montado en Haití “orgías dignas de Calígula” según afirman testigos. Con esto, dicho así, alguien podría acusarme de mojigata, a fin de cuentas cada cual hace con su sexualidad lo que le dé la real gana. Y más si hablamos de vacaciones, de lugares paradisiacos y de poca moral -habitualmente el común de los mortales no tiene por hábito montarse una bacanal-. Pero si vamos rascando y añadiendo información como que la susodicha “fiesta sexual” fue aprovechando el viaje para coordinar la ayuda de la ONG tras el devastador terremoto que asoló el país, si decimos que se hizo en la “villa” que servía de cuartel general a la organización y que tras el desastre quedaron huérfanas cientos de niñas y de jóvenes cuya única salida para poder escapar de aquel horror era la de ponerse en manos de “hombres” que supuestamente iban a proporcionarles ayuda… entonces el diccionario de los insultos, ya sean pertenecientes al acervo popular o al académico, se me quedan cortos.

Al parecer, un tal Roland van Hauwermeiren, el payo que llegó allí como directivo de Oxfam, tras el desastre, debió pensar que, comparado con la suerte que habían corrido los habitantes de Haití, él era un tipo “supermegachachiafortunado” y que eso se merecía celebrarlo a lo grande. ¿Y cómo se celebran las cosas a lo grande en el mundo de los tipejos que desprecian a las mujeres? Pues está claro: cogiendo a un buen grupo de ellas y sometiéndolas a todo tipo de vejaciones. Y si puede ser en público y compartiendo sus más libidinosos deseos junto a otros individuos de igual calaña, mejor que mejor. Qué importa si esas chicas jamás se dedicaron a vender su cuerpo, qué importa si lo hacen por necesidad, si la palabra “puta” jamás entró en su vocabulario, en sus planes o en su posible definición. Pero, si encima, ¡si encima!, se atreven con niñas como apuntan que ha ocurrido… apartarlos de sus cargos o el descrédito, tanto personal como de la organización no es nada. Nada. Porque ni cortándoles el pene a rodajas pagarían estos granujas. Pero no acaba aquí lo malo. No. El escándalo en sí le ha costado la dimisión a la directora ejecutiva de Oxfam, Penny Lawrence. Y fíjense que yo siempre he estado en desacuerdo con que los tiestos rotos tenga que pagarlos alguien que ni estaba en el sitio cuando se rompieron, tan solo por confiar en que los que fueran a mover el cristal lo harían con la delicadez que la cosa requiere. Pero en esta ocasión la dimisión de la “mirapaotrolao” esta me parece poca cosa. A la Penny L. no la ponía yo ni a vender iguales. Claro que no es cuestión de ceguera, ella no estaba ciega ante los desmanes, pero le convenía mirar para otro lado con tal de evitar el escándalo que ahora ha explotado en cadena. Ella ya sabía del modus operandi del sinvergüenza del Roland, de apellido dificultoso de pronunciar. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque ya lo hizo anteriormente en Chad, y ya fue investigado entonces, y la investigación se cerró con la dimisión de cuatro despidos (vaya usted a saber de quiénes)  y la dimisión del director de la operación ¿adivinan el nombre? Exacto: Roland van Hauwermeiren, que… poco después encontró empleo en otro organización humanitaria francesa dedicada a la lucha contra el hambre, por supuesto gracias a la nula información que los ejecutivos de Oxfam dieron de cara al público o a los otros corrales de gallinas a la hora de contratar al zorro para que las cuidara.

Obviamente, mi fe no ha descendido en las ejecutivas de las oenegés, no, se ha desplomado lo “mismico” que si meten el termómetro de una terraza de Sevilla en Julio a un congelador. Ya, ya, ya me hago una idea de que esto no es generalizado, de que todos no son iguales, de que hay muchos dejándose la piel por ahí. Y en esos son en quienes confío. Pero el peligro de no poder distinguir los lobos con piel de cordero de los corderos… me hace ser cada día más escéptica y desconfiada y eso, lo reconozco, no es nada bueno en un mundo ya desconfiado de por sí.

 

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Las vísperas del gozo
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Ana María Tomás | 10-02-2018 | 4:11| 0

 

Personalmente creo que es infinitamente mejor las vísperas del gozo que el mismo gozo en sí, sea del tipo que sea. Las expectativas que generamos ante un acontecimiento que esperamos con ansia, con ilusión, con gozo superan, en ocasiones, al mismo hecho en sí. Digo esto porque hacía mucho, muchísimo tiempo que una buena parte de nuestro país no se emocionaba y vibraba de la manera que lo ha hecho con un programa de televisión que nos traía la voz, la sinceridad, y el  amor de unos de jóvenes educados, cultos, generosos, auténticos y brillantes. Ha quedado demostrado que, por mucha chabacanería, ordinariez, pendones desorejados y mala educación que nos inunda, cuando aparece un mirlo blanco sabemos reconocerlo y valorarlo.

Confieso que me enganchó al programa de Operación Triunfo una de mis hijas. Y confieso también que he llorado de emoción viendo cantar a algunos de ellos. Dicen que “Dios los cría y la Guardia Civil los reúne”, aquí los ha reunido un programa de televisión y, poco a poco, hemos ido viendo el avance técnico de sus voces y el progreso de una primigenia admiración, entre un par de ellos, convertida en un amor de adolescentes tan limpio, tan sincero, tan tierno… que conmueve con solo la presencia en pantalla de Amaia y Alfred que son los protagonistas. Hemos tenido el privilegio de asistir a la “actuación”  de la canción que nos representará en el Festival de Eurovisión, aunque cualquier otra palabra que aludiera al sentimiento amoroso podría sustituir con creces a la palabra “actuación” porque ellos no actuaban, simplemente se miraban y dejaban que la magia de la música y la letra los envolviera. Y aquí viene ahora el quid de cuestión: Obviamente, los “intereses” que mueven el cotarro de eurovisión (y digo lo de obvio por ellos, a mí me interesa mucho más la parte emocional de la cosa), decía, que quienes están interesados en que ese sortilegio continúe por razones crematísticas andan con cierta preocupación por si ese enamoramiento puede resultar tan fugaz que no llegue al festival, convencidos, y con razón, de que esa magia que producen cuando están juntos no es posible fingirla. Y el chico ha venido a decir que, claro está, quién sabe lo que puede ocurrir, pero que ellos se conocieron antes siendo compañeros, y después amigos, y después pareja y que el sentimiento de admiración mutua y ternura no habrá nada que lo rompa. Y ahí sí que se te caen todos los palos del sombraje al suelo porque no se puede ser más entrañablemente cándido. Cualquiera que haya tenido una relación amorosa sabe del poder de esos primeros momentos, de las miradas, del roce, casi sagrado, de las manos, de las sonrisas, del achicamiento del mundo hasta tomar forma de la persona amada, de cómo todo lo llena, lo ocupa, lo transforma su presencia… Y sabe también de cómo, desgraciadamente tantas veces, el tiempo y la rutina se encargan de envenenar poco a poco el amor hasta que la toxicidad le impide subsistir y termina sucumbiendo a tanto desaliento.

Cuántos nos habremos visto reflejados en tierna relación de adolescentes… Cuántos habremos suspirado que no despierten nunca de ese sueño de amor, deseándoles, como las hadas buenas de los cuentos, que sepan ir transformando esos sentimientos, acoplándolos a los momentos cambiantes y agobiantes que les esperan para que al final envejezcan juntos viendo a sus hijos y a los hijos de sus hijos…

De momento, lo que está clarísimo es que son dos artistas maravillosos que tocan el piano o el trombón mientras cantan con la facilidad que lo harían sosteniendo la alcachofa de la ducha. Que viéndolos cantar traen a la mente la famosa frase de la ya mítica película de “Pretty Woman” cuando descubrió la opera: “Por poco me meo de gusto en las bragas”. Y también está claro, al menos los protagonistas lo tienen y así lo han dicho, que pueda que no sepan adónde irá su amor, pero que lo que realmente importa siempre es el presente, el viaje del momento más que el punto de llegada. A fin de cuentas el presente es lo único que tenemos. Y verlos a ellos insufla de esperanza las velas del ánimo. Ganó el trabajo bien hecho durante muchos años de unas familias que aman la música, la preparación académica de los chicos, y el don excepcional de su voz. Pero también ganó el amor. Así pues, que importa el día del gozo -que puede incluso no llegar-, si ahora podemos disfrutas con las vísperas del mismo.

 

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La palabra
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Ana María Tomás | 07-02-2018 | 1:50| 0

No importan mercaderes, felones,

traidores o perjuros…

No importan ferias, zacatines o barracas,

tiendas, zocos, lonjas

o mítines políticos

donde intenten trapichear con la palabra.

Como el agua limpia y pura

que brota de las peñas

y busca su camino

brotará del poema, serena y transparente,

buscando su destino,

la Palabra.

 

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¿Humor…?
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Ana María Tomás | 03-02-2018 | 1:02| 0

Un tal… Chris Haslam ha publicado en el “The Times” un artículo sangrante describiendo a los españoles como “maleducados, sucios, groseros, gritones, vividores, impuntuales” y no sé cuántos calificativos negativos más. Así, a bote pronto, lo que primero que te sale es llamarlo h…, sin preposición ni paliativos, pero claro, como soy una señora bien educada no lo haré. Parece ser que el articulejo intenta, en clave de “humor” –que me explique qué entiende el payo este por humor– hacer una radiografía de nosotros, vamos, tocarnos las narices sin venir a cuento y sin anestesia. Y parece que ha tenido que cerrar su cuenta de Twitter por los piropos que le caían en tropel. Hay que ser “muuu” estúpido para meterse así con un país como el nuestro y con unos ciudadanos como nosotros, máximo cuando nuestro territorio patrio está sembrado de sus conciudadanos que solo vienen a emborracharse, armar una gresca insoportable y a lanzarse al vacío desde un balcón. ¿Acaso él pertenece a esos grupos? ¿Sería justo meter a todos los ingleses en el mismo saco? ¿Que las mujeres llevamos abanico? (otro de los insultos que nos dedicaba)… Pues igual que los ingleses llevan paraguas ¿Dónde está la gracia? Cada uno es hijo de su geografía, de su clima, de su cultura.

Nosotros somos alegres, educados, limpios, puntuales, disfrutamos de la familia, de los amigos, de una cerveza en buena compañía… tenemos la bendición de vivir en un clima maravilloso que nos imprime una luz y una alegría vivificadoras envidiadas por muchos países, entre ellos el suyo, y a la vista está. Y claro que tenemos contradicciones, pero nunca contraindicaciones. Ni todos los españoles son iguales de puntuales, de educados o de silenciosos, ni todos los ingleses son iguales de borrachos, desalmados, vándalos y ruidosos como los que toman tierra en Magaluf, en Palma, en Benidorm, etc., o que los sinvergüenzas que vienen aquí aleccionados de cómo han de mentir para estafar a los hoteles donde se alojen y que les salgan las vacaciones gratis. Claro que de esos tópicos suyos él, punto en boca. Es mucho más fácil ridiculizar, caricaturizar y zaherir a quienes envidiamos que reconocerles su valía.

Yo admiro la puntualidad británica, capaz de considerar una falta de respeto el retraso de unos simples minutos; la educación exagerada que lleva colgada siempre en la boca el sorry y el please; su capacidad inexpresiva de encajar grandes golpes como si nada; y hasta su ridículos y característicos calcetines bajo las sandalias… Y, por supuesto, su amor por nuestro suelo y nuestra forma de vida. Hay pueblos enteros desparramados por nuestra patria colonizados por ingleses que no piensan volver nunca más a su amada tierra porque, por encima de ese amor, está la felicidad que sienten con nuestra forma de vida, nuestro clima, y todos esos defectos que él señala. Entre otros, ser acogedores y recibir con un beso a quienes nos saludan.

Me sería muy cómodo ponerme a la altura de este… le diría mindundi, pero le voy a llamar… ¿señor? No, mejor individuo. Pero voy a abstenerme. Y no porque él no se merezca una respuesta en su propio idioma (a veces es el único que entienden), sino porque creo que no se lo merecen el resto de sus compatriotas que, con seguridad, se sentirán avergonzados de él. Venir, sin ton ni son, a buscarnos las cosquillas con tópicos ofensivos y malintencionados no es de recibo. Responde a una vieja –e ingrata– costumbre de algunos de ellos que se repite con cierta periodicidad. Así nos recompensan –los ingratos– la generosidad con la que los acogemos. Ahora bien, una cosa es educación y otra la indolencia de mirar para otro lado mientras nos ofenden. Buenos, sí; tontos, no.

Hace apenas unos días, Emily –una chica americana residente en Jumilla, mi ciudad amada– fue entrevistada por una cadena de radio. Confesaba que sus amigos le preguntaban cuándo iba a regresar a su país. Ella  respondía que no se había planteado el cuándo porque su pueblo, ¡su pueblo!, tenía un castillo precioso, un monasterio extraordinario y muchos, muchos amigos con los que tomar una cerveza al sol del mediodía. Después de eso he pensado: «Mira, por cada capullo, siempre hay una rosa». Y nunca mejor dicho.

Que una cosa es el humor inglés y otra que el payo este quiere quiera hacer pasar por chiste lo que no tiene ni chispa de gracia.

 

 

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Factura ya, por favor
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Ana María Tomás | 27-01-2018 | 1:09| 0

 

Hace unos días tuve la posibilidad de indignarme con la imagen de una pobre mujer con una fina bata hospitalaria, descalza, “desorientada, llorando y sola en mitad de noche y de la calle, a un grado bajo cero” que había sido expulsada sin contemplaciones de un hospital de Baltimore (EEUU) por no poder hacer frente al pago de su asistencia medica y, claro está, por no tener trabajo y por tanto un seguro médico que la cubriera.

Por si hay alguien que todavía no lo sabe, les diré que el país que alberga el llamado “sueño americano” capaz de lograr aquello que los más impensables sueños sean capaces de imaginar, no es capaz de dar una respuesta humanitaria a quienes estén sin blanca ante una enfermedad. “Supuestamente”, está prohibido echar a los enfermos, sin más, pero desgraciadamente es una práctica habitual hacerlo. Si tienen interés en esto pueden buscar la noticia en Internet y alucinar con la imagen de la pobre mujer expulsada del hospital como si fuera basura.

Hemos visto alguna película que trata de manera descarnada el tema y el drama que puede representar para unos padres no poder hacer frente económicamente a una operación vital para algún hijo, “John Q”, por ejemplo. Pero la cosa tiene …jones porque incluso en unas circunstancias tan traumáticas como una brutal violación es necesario aflojar la guita. Así que, cuando yo veo los hospitales nuestros con las urgencias a tope, con horas de espera para ser atendidos, los pasillos colapsados de camas, en lugar de poner el grito en el cielo por la falta de “medidas” -que ahora más tarde entraré en la cosa- a mí solo me entran ganas de dar gracias al cielo y a nuestro bendito Sistema Sanitario, por mucho que necesite de más dinero o de más espacio, o de más bolas de adivinación para profetizar cuántos van a coger la gripe este año, cuantos accidentes van a producirse, o a cuantos les da va a dar por sufrir un infarto a falta de alguna otra pupa más llamativa.

A ver, que por supuesto estoy de acuerdo en que faltan recursos, en que es necesario que los presupuestos sean a medida de tanta demanda, y en que muchas partidas destinadas a causas bastante… “innecesarias” deberían encauzarse hacia lo realmente urgente e inexcusable. Puede que a la Sanidad le ocurra lo mismo que, según amigo mío ocurre conmigo y con mis ganas de ayudar a los demás: dice él que si yo circulo por carretera con un vehículo algo cascado y veo a alguien tirado en mitad del camino por una avería… puedo recogerlo a él y a su equipaje,  pero si la cosa se repite unas cuantas veces más, llegará un momento en que ni yo ni mi coche, no solo no podremos ayudar a nadie, sino que terminaremos necesitando ayuda de otros. Quiero decir con esto que el colapso sanitario es sumamente comprensible puesto que todo “averiado” encuentra ayuda en él. Obviamente, todo es mejorable, no sólo lo económico sino la posibilidad de que el destino de los mejores facultativos pueda ser, por igual, un hospital provincial o uno comarcal. Cosa que evitaría chistecitos (que yo no comparto, quede claro, que luego se me “revolusssiiiona” el personal) del calibre: “A los hospitales comarcales les llaman “La Maestranza”, porque entras a pie y sales a hombros”, aunque, chistes al margen, en todos sitios cuecen habas: un reciente estudio publicado en la British Medical Journal, reveló que los errores médicos en los hospitales se han convertido en la tercera causa de muerte de Estados Unidos. La medicina no es una ciencia exacta, pero vaya tela.

El Ayuntamiento de Palma ha tenido la brillante idea de atajar el vandalismo que se ejerce sobre el mobiliario urbano colocando el precio que todos pagamos sobre los diferentes objetos, un banco: trescientos euros;  una farola: setecientos; una papelera: setenta; un árbol: doscientos cincuenta… etc. Intentan con esa medida concienciar a los vándalos del coste de su fechoría. No sé si lograrán su objetivo o harán que esos desalmados disfruten más conociendo el alcance de su destrozo, pero estoy segura de que sí van a conseguir cabrear mucho más a los conciudadanos que reprobaran de manera más enérgica esas actitudes.

Y de igual manera, utilizando el móvil o el correo electrónico, si se quiere evitar papel, se debería enviar a cada enfermo que pasamos por un hospital o un centro de salud la factura que ocasionamos. Probablemente, cuando tuviéramos en nuestras manos las cantidades desorbitadas que nos hemos librado de pagar, tal vez, cambiaríamos el sentimiento de crítica, y de queja por haber estado horas en los pasillos o meses en lista de espera, por uno de gratitud, de inmensa gratitud y de valoración por la suerte que tenemos.

 

 

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