La Verdad
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Santa Teresa, patrona (también) de Murcia
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Antonio Botías | 22-02-2018 | 19:43| 0

santa-catalinaCualquier santo, a estas alturas de la historia, se atreve a disputarle el puesto a la Patrona de Murcia, la Virgen de la Fuensanta. Entre otras cosas, porque la Morenica ya logró arrebatarle, a fuerza de rogativas exitosas en busca de lluvias, el cargo histórico que tuviera la Arrixaca. Pero eso no significa que la ciudad solo tenga entre sus devociones marianas una sola. Ni tampoco entre sus patrones. Sin ahondar mucho en los legajos, San Patricio comparte esa dignidad con la Fuensantica. Y, aunque ya nadie se acuerde, los mismos derechos concejiles disfruta Santa Teresa.

Todo surgió por el empeño de Felipe IV, quien ordenó en 1627 a sus ciudades que adoptaran a la religiosa, recién convertida en santa, como Patrona. Así se lo comunicó el Rey por carta al Concejo de Murcia, cuyos miembros se reunieron, como era costumbre, en la plaza de Santa Catalina, espacio público que también acogía audiencias y otros actos desde antiguo.

El 13 de julio de 1501, los Reyes Católicos ya habían autorizado desde Granada al Concejo la compra de unas casas en esta plaza con el objeto de ampliarla. Y como no había dinero en las arcas municipales, porque pocas veces suele haberlo, para pagar la expropiación y las obras crearon un impuesto sobre la venta de pescado y carne. Pero volvamos a 1927.

Fuensanta

¿Era la primera vez que la santa recibía esa dignidad? Ni la última. La religiosa ha sido nombrada Patrona de España en tres ocasiones. La primera fue en 1617, cuando todavía era beata, lo que poco le importó a Felipe III, quien ni siquiera esperó a que el Papa Gregorio XV elevara a la religiosa carmelitana a los altares el 12 de marzo de 1622. Cinco años después, Felipe IV insistió en el nombramiento. El Papa Urbano VIII, mediante un breve, anunciaría que, “de aquí en adelante, para siempre jamás” todos “tengan y reputen la dicha Santa Teresa por Patrona”. Aunque, eso sí, “sin perjuicio o innovación alguna del Patronato de Santiago Apóstol en todos los reinos de España”. Por última vez, las Cortes de Cádiz ratificaron el nombramiento en 1812. Curiosamente, los liberales apoyaron a la santa, frente a los conservadores, que apostaban por el apóstol.

La ocasión que aquí nos interesa es la segunda, en 1627. Tras la declaración del Papa, el Rey envió una carta a Murcia donde informaba al Concejo del breve apostólico y pedía que la religiosa fuera nombrada Patrona de la Ciudad. Además, recomendaba que Murcia, en las “necesidades” que tuviere, invocara su intercesión, y que el día de su festividad se organizara una “procesión solemne que vaya al monasterio de frailes carmelitas descalzos si lo hubiese en esta ciudad”, al de sus religiosas o a “la iglesia que pareciere más a propósito”.

Acta del nombramiento de la Santa.

Acta del nombramiento de la Santa.

Una fiesta y procesión
Leída la Orden Real, según consta en las actas capitulares de aquel día, aprobaron el nombramiento de Santa Teresa como Patrona “con el acatamiento y reverencia debidos”. Para evitar cualquier interpretación posterior sobre el acuerdo y las sabrosas polémicas en las que se enzarzan los historiadores, el acta refleja textualmente la elección como “Patrona a la Bienaventurada madre Santa Teresa de Jesús, suplicando con humildad a la bienaventurada se digne ser tal Patrona y vecina como tal de esta ciudad y de su Reino”. Igual que Murcia, medio centenar de ciudades acataron la voluntad del Rey.

El Concejo también acordó que “la fiesta y procesión solemne que su Majestad manda hacer se haga martes doce días de este presente mes”, esto es, el martes día 12 de octubre de 1627, “último de su octava”. Al desfile se convocaba a la ciudad y las autoridades, así como a “su bandera”, a la que debían acompañar los “pendones que tienen obligación” de hacerlo.
Otra de las disposiciones establecía que el desfile debía dirigirse “al convento de Nuestra Señora del Carmen Extramuros”, por no haber en la ciudad un monasterio de descalzos y “de los siete conventos de religiosas ninguno es de carmelitas”.

Impulso a la festividad

Con la historia en la mano, es cierto que en 1615 se establecieron en Murcia las Agustinas, quienes adoptaron las normas teresianas y sus constituciones. Aunque será en marzo de 1751 cuando se establece en la ciudad una comunidad de monjas carmelitas descalzas, pronto conocidas como las Teresas. Es el monasterio de la Encarnación. En 1964 se trasladaron a Algezares, pero esa es otra historia.

El Concejo murciano, en la cuestión que nos ocupa, también encargó en 1627 la organización del desfile a los regidores Ginés Jofré de Loaysa y Salvador Navarro, junto al jurado Pedro de Yepes. Por otro lado, se encargaba al “padre prior” del Carmen que predicara en esa festividad y se invitaba al resto de monasterios locales a sumarse a la misma.

¿Se celebró aquella procesión? Sin duda. De hecho, basta seguir la rebusca en las propias actas para encontrarse una anotación, apenas unas páginas después del acuerdo y que así reza: “Martes doce de octubre no hubo ayuntamiento porque la ciudad fue en procesión” al convento del Carmen y “asistió a la misa y sermón por el Patronazgo de la Bienaventurada Santa Teresa de Jesús”.

De esta forma, la religiosa se convirtió en Patrona, aunque nunca los vecinos del común, que son al final quienes ponen y quitan santos de los altares, le dispensó demasiado fervor. Al menos, en lo tocante a los festejos. De hecho, también resulta un tanto desconocido que otro patrón de la ciudad es San Patricio. Se acordó en la sesión del Concejo celebrada el 1 de abril de 1452. Fue nombrado tras la batalla de Los Alporchones donde se enfrentaron, en las cercanías de Lorca, las tropas castellanas dirigidas por Alonso Fajardo el Bravo contra las del reino nazarí de Granada. Por aquellos años ya se veneraba a la Fuensanta, aunque tuvo que esperar hasta 1731, cuando fue proclamada “Patrona Principal de la Ciudad de Murcia”. Entonces casi nadie recordaba que Santa Teresa ya lo era.

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Los disfraces ilegales del ‘carnaval sucio’
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Antonio Botías | 09-02-2018 | 10:59| 0
Jóvenes murcianas en el Casino. Año 1930.

Jóvenes murcianas en el Casino. Año 1930.

Los participantes del Carnaval en la Murcia de finales del siglo XIX podían acabar entre rejas. Y no porque fueran disfrazados de presos. Más bien, por vestirse «con trages propios de autoridades, así civiles como militares o eclesiásticas». Por tanto, los murcianos podían elegir el disfraz que quisieran, siempre que no fuera de cura u obispo, monja, alcalde, guardia civil, cartero, gobernador y, si me apuran, ordenanza. Pero no eran las únicas prohibiciones que se establecían. Eso sí, burlar a la autoridad acaso fuera el principal aliciente de la festividad.

La celebración del Carnaval en Murcia suponía una fiesta casi espontánea, que brotaba en distintos lugares según la alcurnia de quien la protagonizara. Así, junto al Malecón se congregaba un gentío de máscaras, a menudo ataviadas con trajes burdos y desaliñados, confeccionados con almohadones o sábanas y harapos, que portaban jaulas con ratas o cucarachas para asustar al personal. Era el llamado Carnaval Sucio, tan diferente de las espléndidas fiestas que organizara el Casino de Murcia. De escándalo -aunque comedido, claro- fue la velada del Carnaval de 1887, cuando los murcianos contemplaron la presentación de las nuevas lámparas que engalanan desde entonces el espléndido salón Luis XV.
Muy cerca del Malecón, desde donde brotaba la algarabía ensordecedora del Carnaval más popular, con su griterío y el ruido de cacerolas, cañas y postizas, se organizaba otra concentración de comparsas, en esta ocasión más recatada y elegante. Era en el antiguo parque Ruiz Hidalgo, renombrado después con poco acierto Jardín Chino, y cuyo nombre recuperará después de la actual rehabilitación gracias a la propuesta del Plan Murcia que se fue.
Los carnavales murcianos, en según qué épocas, suponían un quebradero de cabeza para la autoridad municipal. Los desmanes propios del jolgorio, a menudo, además de indignar a los más beatos, lograban incomodar a los vecinos del común. La situación llegó a tal extremo que, en sucesivos años, fue necesaria la regulación de la fiesta a través de un bando del Ayuntamiento de Murcia. El análisis de estos bandos, aparte de sabroso, evidencia el control que el gobernante desplegaba sobre sus ciudadanos. Y la primera era en la frente. Así, el artículo primero establecía que el uso de las máscaras quedaba restringido entre las dos de la tarde «hasta las primeras oraciones». Después, era obligado descubrirse.
Ojo con el decoro
El bando del Carnaval prohibía también los disfraces «propios de autoridades, así civiles como militares o eclesiásticas, ni tampoco ostentar condecoraciones o distintivos oficiales». Por supuesto, estaba penado cualquier vestido «indecoroso o deshonesto» y los taberneros debían obligar a sus parroquianos a quitarse las máscaras antes de entrar al establecimiento. Más lógica parece la prohibición de arrojar objetos «que puedan incomodar al transeúnte»; pero sorprende que el Ayuntamiento se viera en la necesidad de prohibir «toda clase de armas». Ya entonces -y escribimos de la década de 1870- la colocación de sillas para contemplar las comparsas estaba bien regulada. Sólo se permitía una línea de sillas a cada lado de las calles, si ello no perjudicaba la circulación de carros y carretas. Y si los dueños de los edificios daban su beneplácito. Entretanto, tampoco se podía cobrar a los usuarios más de «10 céntimos de pesetas por cada asiento».
Durante los tres días de Carnaval, las comparsas «que acostumbran a distraer al público con músicas, canciones o peroratas» tenían prohibido detenerse en las calles, aunque sí podía hacerlo en las plazas, sitios más amplios donde era más difícil molestar a la circulación. Curiosamente, el propio Consistorio también ordenaba el tránsito de todo tipo de carruajes en las calles Salcillo, Platería, Pascual, Frenería y Arenal «desde las dos hasta el oscurecer».
Según el Bando de Carnaval de 1887, firmado por «el alcalde accidental Carlos García Clemencín», aquellos ciudadanos que no observaran estas reglas de comportamiento debían ser conducidos «a la cárcel correccional». Los encargados de denunciar las faltas eran «los tenientes de alcalde, los alcaldes de barrio» y hasta los «dependientes de esta alcaldía», bajo cuyo criterio quedaba el cumplimiento de «la fiel observancia de los preceptuado». Aún así, año tras año, era necesario volver a decretar un bando al que nadie solía prestar demasiada atención.
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Las nevadas «de la fin del mundo»
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Antonio Botías | 03-02-2018 | 10:28| 0
Instantánea del fotógrafo López que muestra a unos niños jugando en La Glorieta. Es de los años sesenta. / López

Instantánea del fotógrafo López que muestra a unos niños jugando en La Glorieta. Es de los años sesenta. / López

Creyeron que la fin del mundo, que en Murcia siempre se invocó en femenino, había llegado. Y no les faltaba razón. Sin electricidad ni agua potable, árboles derrumbados sobre las calles, tejados hundidos y heridos, muchos heridos. Y todo porque una espesa capa de nieve, que en algunos lugares alcanzó el metro de altura, había cubierto la ciudad. Sucedió en 1926 y aún hoy se considera la más terrible nevada que se recuerda. Y eso que se recuerdan otras muchas.

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El Conservatorio que encumbró Massotti Littel
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Antonio Botías | 23-01-2018 | 11:09| 0
Adrián Massotti.

Adrián Massotti.

El Conservatorio de Murcia se fundó el 23 de mayo de 1918. Y su fundador fue el poeta Pedro Jara Carrillo, poeta y director de ‘El Liberal’. Al menos, fundador sobre el papel. Porque en la edición de aquel día, en plena portada, solicitaba «a quien correspondiera» que impulsara la idea. A quien correspondía era a Isidoro de la Cierva y Peñafiel, senador. Por eso lo citó el periodista.

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Murcia tiene dos premios Nobel
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Antonio Botías | 21-01-2018 | 19:31| 2
Antonio Botías

José Echegaray.

Si existe una ciudad en el planeta donde un escritor puede alcanzar el Premio Nobel de Literatura, ese lugar es Murcia. Y no es una exageración. Con sus escritos en una mano (y en la otra las estadísticas) es fácil comprobar que dos murcianos lograron tan excelso galardón literario. Uno fue Jacinto Benavente, nieto de un conserje murciano. El otro fue José Echegaray, quien además fue el primer español distinguido por la Academia sueca. Así las cosas, de los once premios Nobel de Literatura concedidos al castellano en toda su Historia, dos reconocían a la legua qué era un paparajote, llamaban obispo al morcón y respiraban a Murcia como la respiraría Jorge Guillén.
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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias