La Verdad

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Categoría: ARTÍCULOS PUBLICADOS EN PRENSA
A la tercera va la caída

Desde luego es que por variedad de amigas no me puedo quejar. Las hay enamoradísimas, también otras casadísimas, unas cuantas desencantadísimas y, alguna que otra, un poco hartísima. Pero de todas, hay una que me tiene especialmente preocupada, porque anda un poco desaparecida y no sé por dónde pillarle la pista, y eso que esta no es de las que cuando se ennovia nos deja olvidadas a las demás. Mi querida amiga siempre me ha tenido al corriente de todos sus ligues, desligues y otras historias. Eso sí, de sus amores sé poco o nada, porque ella es un hueso duro de roer y me da a mí que nunca ha andado muy sobrada de corazoncitos, ni en sus emoticonos.

Dicho y hecho, me lancé y no tardamos ni una pizca en ponernos de acuerdo para la cita. Y así quedamos, la tarde del viernes se convertiría en un principio sin final, ni relojes ni prisas, sin post-citas que nos cortaran el rollo cuando estuviéramos en lo mejor. Han pasado demasiados meses sin vernos y seguro que hay mucha chicha pendiente por contarnos; bueno, más bien será ella la que cuente porque lo que soy yo… ando ya una buena temporada en el dique seco amoroso, sexual y virtual. ¡Madre mía, qué desatinada que está mi vida!

Ahí viene, sigue estando tan chic como siempre, si es que mi rubia no cambia nunca… Esa melena tan Loreal, esos andares tan Betty Bo y esa sonrisa tan ella misma. Se acerca y me abraza y en ese abrazo se apiñan las miles de horas sin hablarnos, todas las tardes sin contarnos y montones de secretos pendientes que jamás revelaremos a nadie, que nosotras antes muertas que bocachanclas la una de la otra. Y en ese abrazo noto algo raro, un “menos mal que me has llamado porque yo no estoy bien y solo tú me sabes entender”.

¡Qué no podrá solucionar una buena amiga y un par de cañas! Y la tarde da comienzo lentamente, y nos vamos contando, y nos vamos preguntando, y vamos cotilleando de unos y de otros, y llegamos al presente y entre risa y risa se le escapa una lagrimita. De repente deja su mirada dispersa, mientras que su corazón y sus palabras comienzan a latir al compás, unas veces desde la razón y alguna que otra también desde el corazón:

-Nos conocimos por casualidad, ya hace unos meses de eso. Él decidió tirar de mí y yo decidí dejarme llevar. Y todo iba bien, ya sabes cómo soy, sonrío, soy feliz, pero al final siempre continúo mi camino, nada de quedarme por si acaso. Y él siguió haciéndome sonreír, y, sin darme cuenta, mi risita floja pasó a carcajada tonta. De pronto noté que nos teníamos ganas, aunque la verdad no sé cuál de los dos tenía más. Y con todas esas ganas se nos fue el coco y nos dio por chocar las copas de las ganas con cava y con más risas, con cava y con más besos, con cava y con lo mucho de todo y con más de lo demás. Y a aquel día le siguió otro, y ese segundo día continuó sin cava pero con mucha más pasión y el tercer día… en su último abrazo, en su último beso, en su último gemido, ¡me creí morir!

-¿¡Morir!?

-¿Y sabes qué? Que me giré, le miré y me salió del alma y así se lo solté: “¡Ahora sí que la has jodido!”. Y él me miró no sé si acojonado o tronchado de la risa. Desconcertado por dentro, pero con subidón por fuera, me sonrió y no tuvimos que decirnos nada y nada nos hemos dicho desde ese día, aunque nos lo hayamos dicho todo. Yo ya no soy yo, ahora ya ni sé… Uff, ¿qué hago con todo este runrún por aquí dentro?

Si es que esto del amor es un lío, ¡ay, ese sinvivir…! Ella, que toda su vida había sido de las aquí te pillo y aquí te mato, a mí un tío no me complica la vida, que yo no me ato a nadie. Y mírala ahora, un suspiro con otro, una caída de ojos con un parpadeo, a un “¡estoy tan feliz como una perdiz!” le sigue un “¡cuánto me gusta!”.

-La culpa de todo la tiene el número tres, si es que no falla, el número tres es muy peligroso. Como en esa primera vez sea un artista y se te cuele dentro, ¡ni loca te dejes llevar a la segunda y ni mucho menos a la tercera, porque a la tercera… va la caída!

Y mi querida amiga anda levitando y me cuentan que él también flota a un palmo del suelo, loquito por sus huesos. Y oye, que si es cosa de equivocarse tres veces seguidas y a sabiendas de que voy directa al matadero, pues yo igual hasta me dejo equivocar y requetequivocar.

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Del “Kamasutra” y otras historias

Hace tiempo que decidí ahorrarme el dinero de terapeutas, coach y toda clase de milagreros emocionales. La mejor cura para mantener a raya mi salud sentimental es una chupi-cena con mis queridas amigas. Como chaladas un poco estamos todas, pues no hay mejor remedio que un loco curando a otro. La reunión de hoy promete porque la que convoca nos ha mandado al grupo este mensaje: “Cómo vivir el Kama Sutra y no morir en el intento” y ha adjuntado una foto de lo más sexy de su pierna escayolada, y hasta aquí puedo leer. Con su relato comienza una velada disparatada:

-El muy… va y se toma en serio eso del salto del tigre. Y yo que le veo trepar por la silla para empinarse al armario, y yo que le digo mira, que igual esto no es buena idea, y él que sí, mujer, que yo soy una fiera para estas cosas. Y yo que noto que la silla cojea, y él que pasa del salto del tigre al del Tarzán con la lámpara de techo, y yo que desde abajo veo haciendo din-don todo lo que cuelga, incluida la lámpara, y él que se viene arriba y suelta el alarido del rey de la selva al tiempo que se desmorona la lámpara, y él que aterriza con todo su ser y sus atributos enredándose en el cable, ¡zas y todo cataplum!  ¡Y ahí estampados acabamos todos: el somier, el colchón y el fiera! ¡Y yo con una pierna mirando para Albacete y la otra para Melilla!

Y mientras intentamos imaginarnos la escenita con la pobre de mi amiga en picardías y su Tarzán particular llamando a urgencias sin el taparrabos puesto, suelta la de mi lado:

-Pues entre mirar a Albacete y Melilla, todavía te digo yo que lo de acabar mirando para Cuenca puede resultar mucho peor si el macho machote no sabe mucha geografía y no afina bien el tiro…

Lo cierto es que después de oír a unas y a otras tengo yo mis serias dudas de si el personal masculino es tan talentoso como algunos presumen. Y entonces toma la palabra la que tengo al otro lado:

-Tampoco es para tanto, porque vosotras, mejor o peor, al menos tenéis algo que contar… A mi chico últimamente le ha dado por ir al gimnasio, pero no en plan musculitos, qué va, este va a pilates y ale, pierna para arriba, contorsión para abajo, ahora a controlar la respiración, postura de gato y así quietecito durante un buen rato. Total, que aburrirme me aburro hasta decir basta.

Y todas, que conocemos a su chico, no podemos disimular las carcajadas intentando imaginárnoslo con su barriguilla cervecera haciendo de gurú erótico. Y para risa, la que de pronto le da a mi mejor amiga:

-¡Eso, eso! Un circo es lo que vamos a terminar montando entre todas, a ver si así al menos mi último pretendiente mejora. Ya ni llevo tacones ni nada, y aun así el pobre tiene que dar un saltito para darme un beso, fijo que este acaba cogiendo un taburete. Si ya lo digo, nosotras montamos un circo y nos crecen los enanos…

Y de pronto veo que la amiga de mi amiga no se ríe ni cuenta nada, entonces voy y le suelto:

-Se ve que a ti te va de fábula porque estás tan callada… será que no tienes ningún antecedente desastroso en tu curriculum erótico-festivo.

-Yo lo que no tengo es curriculum, ni erótico ni festivo. Vamos, que toda mi vida sexual es un auténtico desastre por falta de imposibles catástrofes sexuales.

Y la noche sigue entre risas y alguna que otra postura olímpica, que para mí que son más del record Guinnes por desatinadas, que por orgásmicas. Me vuelvo a casa con el cuerpo nuevo y el alma renovada. Me acabo de quitar una espina que llevaba desde hace tiempo ahí dándome el follón… ¡y yo que creía que era una modosita y que me faltaba hacer algún máster para conseguir el nivel de experta en cuestiones de citas amorosas! Pero no, que por lo visto ya está todo inventado y yo no pienso jugármela con experimentos, que el que quiera vivir sensaciones arrebatadoras y estratosféricas que se vaya al circo y salte a la pista de espontáneo, a ver si allí le hacen la ola cuando intente dar el triple salto mortal sin red.

Yo, por si acaso, seguiré tranquilita a mi aire y a lo que controlo, que soy de las que prefiero apostarlo todo a ganador y salir victoriosa, aunque no me lleve un record olímpico ni tampoco una pierna escayolada. ¿Qué parezco una sosaina? Bah, a mí no me van los kamikazes y a las aspas de mi ventilador no se agarra ni el gato.

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Efluvios masculinos

Ojalá que alguien encuentre la barita mágica que nos ayude a descubrir a nuestro verdadero amor, a ese amor con el que decir sí para siempre, con el que poner a prueba la envidia de mi mejor amiga porque sé que es el definitivo y no uno más de la lista de los desatinos.

Lo cierto es que ya no voy por la vida en plan cándida, qué va, ese tiempo pasó. Ahora me he vuelto muy exigente, tengo claro que eso de dejarme comer la oreja la primera tarde y yo creérmelo para después caer en tus brazos, va  a ser que nones. No es que vaya yo de vuelta de nada por la vida, ni estoy resentida; pero ir por ahí de gilipollas, va a ser que tampoco.

Yo ya lo he intentado todo. Me he hecho la estirada al principio, pero con este truco alguno me la coló también. Me he quedado en mi sofá, pero Cupido me dijo que no pensaba venir a tocar al timbre de mi casa. Me borré de lo sofisticado y salí a la calle en plan look natural, con la cara lavada y casi en chándal, y se me notó a la legua que estaba fuera de mi ecosistema, parecía un pato porque yo no sé andar por el mundo sin mis tacones. Le di oportunidades a bellezas interiores y acabaron portándose igual que los guaperas exteriores…

-Total, que estoy asustada. Me da miedo entusiasmarme, no vaya a ser que este me salga rana y yo llene mi cabeza de pájaros y mi corazón acabe hecho un estropajo. Dime, tú ¿cómo lo ves? ¿Te parece que tiene buena pinta? ¿Crees que me puedo ilusionar? ¿Será el definitivo? ¿Me corto ya las venas y empiezo a llorar o es demasiado pronto?- le lloriqueo a mi mejor amigo, sí, ese amigo que nunca ha querido nada conmigo ni yo con él.

-¿Sabes ya como huelen sus por dentros?

-¿Estoy entendiendo lo que realmente he entendido? ¿Te estás refiriendo a “eso”?-le pregunto alucinada tapándome la nariz.

-Hazme caso, desconfía totalmente del tío que, pasado el tiempo de conquista, jamás lo haya hecho en tu presencia. ¿Sabes qué? Que si no se los está tirando contigo, se los tira con otra.

Desde luego el universo masculino es todo un mundo por descubrir. Poseen un lenguaje propio, un hábitat único y unas sensaciones tan inalcanzables como incomprensibles. Te lo juro, antes de confesarle yo a una amiga que me tiro cuescos, soy mucho más capaz de contarle a la cara aquel lío que nunca le revelé con ese novio suyo de la playa, porque yo a los ojos de mi amiga puedo ser un poco hija puta, ¿pero una pedorra…? ¡Nunca!

Decido, el próximo día que mi chico venga a comer, le voy a plantar una fabada de las buenas, con su butifarra y todo. Y después, toca peli con mantita en el sofá. ¡Como en toda la tarde no le suene música de fondo, me veo haciéndole caso a mi amigo! Lo tengo claro, yo a este lo largo, no vaya a tener razón y sea otra la confidente de sus efluvios masculinos.

-Después de una buena pedorrera, pero de esas que ni aireando la manta ni tapándote la cara con el cojín consigues despegarte, ya verás como al final te llega todo.

-¿Todo? ¿Qué es todo? ¿Es que todavía puede haber más?

-Jajaja, eso ya es cosa de él, porque sorpresas aromáticas puede haber muchas y muy variadas. ¡Los hombres tenemos una gran versatilidad fiestera! A lo que yo me refiero es que si por fin se relaja contigo y logra sentirse como en su casa, ve preparando el ramo y el vestido que lo tienes entregado, ya es todo tuyo…

Y la fabada llegó, y la peli con manta también, pero no hubo cohetes ni petardos. Se sentó en la otra esquina del sofá y, encima, sin llegar a terminar la peli me dice que se larga porque le ha surgido un imprevisto y, si eso, más tarde quedamos.

Me quedé chafadísima, nunca creí que en esta vida me iba a sentir así por culpa de un maldito e inexistente pedo. Entonces decidí investigar a ver quién era la benefactora de sus ventosidades. Tiene gracia, ¡yo pongo las habichuelas y la otra se lleva sus aromas amorosos! Salí como una posesa detrás de sus pasos dispuesta a pillarle in fraganti, y ya lo creo que di con él. Si es que los bares son su pasión. Entro de camuflaje y, mientras yo busco a mi rival, él se lanza como un loco a pillar el aseo. Se encierra y a la media hora logra salir más muerto que vivo, mientras que yo, al mismo tiempo, recibo un whatsAap lleno de corazones invitándome a cenar. Decidido, mañana le cocino coliflor y echo la llave, este no se me vuelve a escapar.

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Besos con lengua

Siempre me he preguntado la razón por la que a veces somos tan impredecibles. Cómo es posible que si la primera cerveza de nuestra vida nos parece repulsiva, con el primer cigarro nos dan ganas de morirnos y el primer beso es lo más asqueroso que hemos hecho jamás, entonces por qué nos da todo igual y al primero siempre le siguió un segundo, un tercero y así hasta hoy. Incomprensible.

Recuerdo cuando la más guay de la clase ya se había besado con un chico, o con varios, según contaba ella. Y las demás la mirábamos con admiración, rabia, curiosidad e impotencia intentando descubrir su secreto para ser la elegida entre las elegidas. Mientras nosotras nos conformábamos con ser espectadoras de sus erótico-relatos, ella se iba convirtiendo en la diva de los secretos inalcanzables.

Aquel año me lo propuse, no iba a terminar ese curso sin doctorarme en beso con lengua, no tenía ni idea de cómo conseguirlo, pero yo cuando me pongo, me pongo. Así que aquella tarde estábamos las cuatro de mi chupipandi en la barra, nos pedimos un cubata con sabor a colonia, pues el presupuesto de quinceañera no daba para más. Y entonces lo vi, ahí estaba mirándonos desde el fondo, se acercó directamente al grupito, noté sus ojos clavados en cada una de nosotras y de pronto me sentí abducida por su silencio, su mano en mi cintura y su flequillo despeinado.

Y el momento música lenta llegó al mismo tiempo que su aliento merodeando por mi cuello, reconozco que me fue imposible resistirme. Lo supe en ese instante, mi día de mirar por encima del hombro a la creída de mi clase había llegado, en breves momentos yo también iba a formar parte del selecto grupo de las que llevamos sujetador sin relleno y presumimos de expertas en besos con lengua. La canción terminó, me moría de sed, me había dejado la boca pastosa, un extraño sabor a nicotina amarga y un olor a sudor recalentado. Deseaba salir corriendo, pero estaba loca por demostrarle al mundo que él era el culpable de que por fin perteneciera a las VIP del morreo… y yo derritiéndome a su lado:

-¿¡Te vas ya!?

-Es que he quedado con mis amigos.

Me quería morir, ¿me besa y ahora se larga? Pero ¿qué broma es esta? Pensé que pasaríamos la tarde juntos, que me acompañaría a mi casa, que me pediría salir, que…

-¿Y por qué me has besado?

-Porque de todas tus amigas tú eres la única que no llevas brackets ni tienes granos.

Y así fue mi primer beso de lengua, el acné salvó a mis amigas de este impresentable. Nunca más me lo volví a cruzar y menos mal, porque con el tiempo descubrí que como profesional del beso dejaba bastante que desear y se lo hubiera explicado pero bien clarito, porque los besos pastosos, babosos y de succión no me gustan nada, son vomitivos y los que los dan, me gustan menos.

Lo cierto es que aprendí la lección y desde ese momento el que no supera con éxito la prueba del morreo está nominado para la expulsión. El primer beso es una señal nada despreciable. El que va a ser un pesado besa sin besarte y cuando crees que ya ha terminado, lo retoma y entonces toca otra vez coger respiro antes de que te asfixie. Desconfía de ese otro que entre besuqueo y arrumaco te dice cariño esto, cariño lo otro… pero nunca pronuncia tu nombre, no vaya a ser que se confunda con la de la noche anterior.

Y por fin llegan los labios que saben a miel, el abrazo que atraviesa y toca el alma, la caricia que despierta todos los sentidos y el susurro que me lleva más allá.Y mientras, cierro los ojos para no marearme de tanta pasión, tu lengua y la mía se buscan, se funden y se arremolinan. Besar tus besos es decirnos sin hablarnos, es dejarse caer de espaldas, y sin red, directa a tu corazón. Nuestro beso de hoy es el mismo que mañana me despertará, porque son besos que piden más y porque no hay mejor planazo que besarnos y besarnos hasta que no quede un palmo de mi piel sin el roce de tus labios.

He de reconocer que a la primera cervecita le siguieron unas cuantas y al final le terminé cogiendo el gusto. De aquel primer cigarro hace ya tanto tiempo que de mi vida como fumadora no tengo mucho que contar. Del primer beso novato de pardilla no queda nada, poco a poco fui haciendo cursillos y hoy presumo de poder cantar la copla que dice: “La española cuando besa, es que beeeesa de verdad…”. Pero eso sí, los besos ni se piden ni se regalan ni se venden, hay que ganárselos. Aunque sin duda, el mejor beso… un beso robado.

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San Capullín

Hay fechas en el calendario para todos los gustos. Están las fiesteras, divertidas, familiares, inolvidables… pero si hay un día al año que puede ser traicionero, no es otro que el dichoso 14 de febrero. Lo cierto es que tan peligroso es olvidarlo como recordarlo, dependiendo lo emparejado o desemparejado que estés, porque como seas de estos últimos, toca soportar el rollo pastelón hasta decir basta.

Y de pronto un día me doy cuenta que en la radio ya no hay anuncios de rebajas, debe ser que ya lo han vendido todo, que ya nadie está de oferta y que la famosa cuesta de enero la hemos superado como hemos podido. Pero no, el enemigo no ha desaparecido, qué va, el malvado está agazapado y, cuando más tranquila estoy, de pronto en las emisoras suenan ese “Bailar pegados” de fondo mientras te restriegan por la cara miles de menús donde vivir la magia del amor al increíble coste de una noche en París, pero sin hacer las maletas y sin torre Eiffel. Y claro, el que más o el que menos, echa cuentas y entre el regalito cursi con mensaje grabado, la cena empalagosa, la copa de después y tal… Pues eso, que quizá el revolcón está asegurado, ¡pero a qué precio!

Hace años tomé una medida para que este día dejara de ser una mancha en mi calendario. Unas veces era por tener que celebrarlo quisiera o no y otros por no tener contra quién disfrutarlo y a soportar el bajón como podía. Entonces opté por que ese día fuera el  perfecto para hacer algo realmente auténtico en mi vida, era el ideal para que jamás olvidara las dos mejores y más importantes decisiones que he tomado en toda mi existencia y así lo hice: tal día como el 14 de febrero es y será el doble aniversario de mi salud física, porque dejé de fumar y de mi salud emocional, porque vi marchar a un personaje innombrable en mi existencia. Y así maté dos pájaros de un tiro, por eso, yo, esté como esté, tengo para siempre asegurada celebración para este día, sola o acompañada, aunque creo que eso es lo más importante.

Y yo me pregunto, ¿quién es el responsable de este revuelo de baladas, corazoncitos y velas encendidas? ¿Cupido? ¿San Valentín? Pues como no lo sé ni me aclaro, yo he decidido que para no quedar mal con ninguno de los dos y, dados los efectos que produce en las almas cándidas que caen en sus efectos, me ha dado por llamarlo el Día de San Capullín. En el fondo reconozco que un poco sí que me gusta, aunque no lo quiera confesar, que me despiertes con mensajitos llenos de emoticonos o que de pronto subas la escalera del trabajo detrás de un matorral de flores a lo Richard Gere…, y eso que estas son solo un par de ideas que doy por si alguien se quiere dar por enterado. Lo dicho, que nadie está libre de volverse ese día un poco capullín y seguro que estamos disculpados.

¿Y si nos diera por vivir el día de los enamorados durante todo el año? A lo mejor no hay cuerpo que lo resista, pero yo voy a hacer la prueba, porque anda que no tiene que dar gusto ni nada un epitafio que ponga: “Murió de tanto amor” y que cada uno piense lo que quiera, si ya lo dice Sabina:

“Porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren…”

¡Y eso sí, si se ha de acabar el amor, que sea de tanto usarlo, como en la copla! Que a mí no me vengas con el cuento ese:

-Pero si ya lo sabes tú, ¿para qué quieres que te diga que te quiero?

Pues mira guapo, nunca pongas aprueba lo que una mujer sabe o no sabe, así que tú por si acaso no dejes de decirme todas esas cosas que supones que sé, no sea que se me olviden y venga otro a recordármelas, porque para entonces ya está el lío montado y no será porque no estés avisado, ¿eh?

Yo no quiero que me lleves a París, quiero que vayamos a París. Yo no quiero que me compres flores, quiero que me regales flores. Yo no quiero que me quieras, yo quiero que nos amemos. Yo no quiero que seamos él y ella, yo quiero que seamos nosotros sin dejar de ser tú y yo. Yo no quiero un solo día señalado en el calendario, yo quiero 365 días de San Capullín con flores o sin ellas, pero llenos de pasión.

Nos guste o no, el día 14 está ahí merodeándonos ya, solos o no, pero eso sí, nunca mal acompañados. Con flores o sin ellas, con o sin cena, con regalito o sin él, y nunca olvides que… ¡siempre nos quedará París!

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Cincuentón erectus

Hace tiempo que dejé libre los taburetes centrales de la barra de los garitos en favor de esas que buscan sentir la noche por cada poro de su piel o para las que su autoestima está en ese delicado espacio entre dos cuestiones indiscutibles. Desde entonces decidí que no hay nada mejor que ciertos lugares estratégicos donde observar, sin ser vista o donde tomar la iniciativa de quedarme o salir de allí, sin tener que dar explicaciones.

Y desde esa trinchera de pronto mis ojos se fijan en un prototipo de la noche, en un espécimen denominado cincuentón erectus. Es fácil de identificar, se pasea lo mismito que John Wayne en el oeste con su estrella de sheriff y con una pistola en cada mano dispuesto a disparar a la primera oportunidad. Ojea a la de la barra, se acerca, da un repaso al trasero intentando intuir la delantera… ¡es lástima que ya no se fume en los bares, aquel viejo truco de pedir fuego de su época hubiera sido útil! Aún no está por echar el anzuelo, es temprano y, claro, no es cosa de tirarse a la piscina en el primer charco. De pronto se gira, desde lejos noto que apunta su gatillo hacia nosotras, mi amiga me suelta:

-¡Anda, mira, ahí se acerca el George Cloone de la noche! Uff, ¿por qué no sale algún Velencoso en mi busca?

-¡Tierra, trágame! Este Cloone tiene nombre, apellido y esposa, amiga mía de toda la vida.

Y ahí se acaba la noche de fiesta y comienza la terapia de barra de bar. Y yo le escucho por un oído y por el otro mi amiga me cuenta que se larga, que no está ella para oír más de lo mismo… Otro marido que lleva meses durmiendo en el sofá, otro que necesita espacio, otro que no siente complicidad, otro que está en un momento de su vida que necesita un proyecto que le haga vibrar, otro… que cumple 50 y pretende hacernos creer que está lleno de vida por vivir, en lugar de reconocer que lo que está es acojonado porque esto parece que va en serio, que ya no hay vuelta atrás y que se niega a creer que haya llegado a la cincuentena sin haberlo podido remediar.

Es curioso, tengo amigas de todas las edades y las que no están a tope acabando las carreras, están sacándose los doctorados, los máster o montando su propia empresa. Y de pronto, sin saber muy bien cómo, un embarazo se le amontona con el siguiente y qué, pues que van licenciándose en la vida de madres, esposas y directoras generales de lo que les echen, pero sin mucho tiempo para más. Aunque eso sí, hay tiempo para todos. Cuando se acaban los biberones, llegan los deberes y las prisas de una extraescolar tras otra. También tengo amigas que se pasan las noches de los fines de semana en las puertas de las discotecas, más muertas que vivas, esperando recoger a sus cachorros, y llega la selectividad y todos pasamos el examen, y la universidad de los hijos y… También llega un día en el que por fin tenemos unos minutos y nos miramos al espejo, ¿y? Pues que esa que está ahí necesitaría un retoquillo por aquí, un repaso por allá, pero claro, ahora no es el momento, ya lo pensaré otro día. Quizá ese día es el mismo en el que tu contrario, que también se ha mirado al espejo y después te ha mirado a ti, se dice:

-¡Qué poco se parece mi parienta a las tías de las pelis que veo a escondidas! ¿Qué hago yo aquí perdiéndome un mundo lleno de sensaciones?

Y mientras, mi amiga no se entera, y sigue buscando ese momento oportuno para dejar de dedicarse a los demás, para ocuparse de ella…

A los 50 se llega sí o sí, pero en diferentes ligas, según cómo ande el bolsillo, claro. Y toca comprar el barco, la moto o la bicicleta, y comienzan esos domingos de “necesitar mi espacio”. Ale, ya está la excusa oficial para desaparecer horas y horas… ya luego se verá si es para tanto esta nueva afición o tiran más otras aficiones inconfesables.

Cumplir 50 años puede dar vértigo, es cierto, pero lo que tiene que dar es subidón por no tener que explicar a la que tienes al lado que a veces necesitas un abrazo porque también lo necesita ella; es genial porque para qué apuntarse a un gimnasio, si ella ya sabe que nunca tuviste los abdominales marcados y de paso así dejas de hacer el ridículo poniéndote las camisetas ceñidas de tu hijo. Cumplir 50 es la mejor ocasión para volver a partir de cero, esta vez sin chupetes ni biberones, pero con las mismas ganas de amarnos, con muchísima más sabiduría y menos tonterías que a los 20.

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Sobre el autor Mar y Cleo

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