La Verdad

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Aquella Cataluña y esta
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Joaquín García Cruz | 08-09-2017 | 23:55| 0

Echo de menos aquella Cataluña vanguardista en todo, la Cataluña guay que se sabía más cerca de Europa que de la España provinciana que en cierto modo la envidiaba. Estos días recuerdo con nostalgia a la Cataluña de entonces, y no porque se haya quedado atrás en su modernidad, sino porque se ha difuminado en la bronca y parece que ya no invita a disfrutarla como antes. También porque no veo que los catalanes se rebelen contra la cacicada del Parlament, una asonada que en Madrid habría causado ya otro 2 de Mayo y en cualquier otra región sacaría también a su gente a la calle. La aprobación de la ley del referéndum convierte a la Cataluña política en un esperpento institucional, en un anacronismo alejado a distancia sideral de aquella otra Cataluña a la que admirábamos y de la que hoy sus responsables se empeñan en separarnos.

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Tropiezo en la ITV
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Joaquín García Cruz | 05-09-2017 | 16:02| 0

La oposición comanditaria tumbó ayer en la Asamblea el decreto-ley del Gobierno regional sobre las ITV, lo cual certifica otra derrota parlamentaria del PP y anticipa la azarosa legislatura que tiene por delante. Este revés confirma también la imprevisibilidad de Ciudadanos, cuya complicidad el Ejecutivo de López Miras creía -hasta el momento de la votación- tener asegurada en forma de abstención, y corrobora la firmeza de PSOE y Podemos en su obstrucción por sistema a cualquier medida privatizadora, aunque lo que pudiera enajenarse fuera solo la gestión de un servicio público, no ya su titularidad. Todas estas certezas políticas eran esperables, pero queda por despejar una duda: ¿es mejor, para la sociedad (no para los partidos), el modelo actual de las ITV o el que proponía el Gobierno y ha tropezado con la oposición?

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Había mucho nivel
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Joaquín García Cruz | 05-09-2017 | 16:05| 0

Mientras que el PP deshojaba la margarita de PAS, este recomendaba el ‘arroz aparte’ de El Poli, FER perdía al dominó, Urralburu asistía a una «tradicional cohetada», y un restaurante colgaba en la pared la foto de Miguel Sánchez

Ignoro quién es Ana Sharife. Atea, hija de musulmana y de cristiano, según reza su perfil en Twitter, contaba 4.000 seguidores cuando el lunes pasado fijó un tuit con la imagen de un montón de libros apilados y una sola palabra: bolardos. Me pareció un mensaje irrebatible, terminante y más directo, al corazón y a la mente, que la mayoría de los propalados tras la barbarie de Cataluña. El tuit de Ana Sharife fue también muy compartido en su día, aunque no tanto como la despreciativa respuesta que alguien arrojó sobre la pantalla del móvil de Kiko Rivera cuando el hombre se ofreció a ayudar a la ciudad de Barcelona en todo lo que su colaboración pudiera resultar útil. «De bolardo, lo petas», le escupió alguien a la cara, en todo un zasca característico de las legiones de imbéciles que han convertido Twitter en una red social dañina y adictiva como la nicotina, un mundo paralelo al que muchos políticos siguen enganchados en la creencia de que sus consignas llegarán más lejos y ganarán efectividad.

Es probable que, si Trump decide golpear al payaso de Corea, lo comunique, dado que así lo hace con todas sus bravatas, por Twitter, algo que sería tan demencial como las consecuencias del ataque. Estas cosas se hacían mejor ya en la Edad Media, cuando los señores feudales enviaban a sus reyes de armas para formalizar a los pies del castillo de sus nuevos enemigos, pergamino en mano, cualquier declaración de hostilidades. Qué menos que una carta certificada para desatar una guerra.

Una gentileza del catedrático de la UMU Ismael Crespo me ha llevado a leer estos días las recomendaciones de un especialista en comunicación política, Fran Carrillo, consultor y director de la Fábrica de los Discursos, que escribe en la revista ‘Más poder local’ un artículo dirigido a los políticos que quieran armar un mejor discurso y sacarle rédito en las redes sociales. Que sean directos, básicamente, que vayan al grano y que no se anden por las ramas, viene a decir. Que no cuenten su vida, vaya, que transmitan lo importante y -añado yo- reserven las gracietas y los chascarrillos para los grupos de amigos. Y que midan sus pasos, antes de darlos. «Promesas unidireccionales, advierte Fran Carrillo, solo sirven para hipotecar el crédito y credibilidad del gobernante o candidato a medio plazo, hipoteca con intereses altos que, en ocasiones, cuestan gobiernos. Por ello, para hacerlo compatible, recordable, sostenible, se necesita un relato creíble detrás y un orador auténtico narrándolo». A nadie importa de un político la playa donde se baña ni la capital europea que visitó en el puente de la Virgen. Pero la mayoría de los políticos hacen caso omiso a estos consejos (y al sentido común), se prodigan en bagatelas y acaban por erosionar su propia imagen pública, al contrario de lo que pretendían. Gobernantes y aspirantes nos han mostrado en agosto sus caminos de Santiago, las procesiones marítimas a las que asistían, sus travesías a la isla del Ciervo y las cintas que cortaban. Mientras que todo el PP pasaba el verano con el alma en vilo, deshojando la margarita de Pedro Antonio Sánchez (¿abandonará su escaño en la Asamblea?, ¿nos dejará huérfanos?), Sánchez se relamía en Twitter con los «buenísimos rollitos de almendra rellenos de chocolate blanco y con salsa de frutas de la pasión» que Arturo sirve en Los Collados Beach, o alababa el «‘arroz aparte’, único, de El Poli, en Águilas». Fernando López Miras, el presidente regional, reveló el miércoles pasado que estaba «pasando un rato estupendo en el Centro de Mayores de Mazarrón», donde «había mucho nivel al dominó y fue imposible ganar la partida». De Rafael González Tovar, el mandatario del PSOE, supimos que disfrutó de las fiestas de Ojós con amigos de «este pintoresco pueblo del Valle de Ricote», al que también aireó que había acudido Óscar Urralburu, el líder de Podemos, para celebrar «la tradicional cohetada que pone punto final a las fiestas populares». Por Twitter nos enteramos de que Miguel Sánchez, el portavoz parlamentario de Ciudadanos, forma parte ya «del elenco de fotos de Paco, del restaurante del Santuario Virgen de la Esperanza», donde lo han colocado en la pared, aunque yo hubiera elegido otra en la que figura caracterizado de Cristóbal Colón, que es con la que ha ilustrado durante una parte del verano su perfil en la red del pajarito azul.

A ver si, ya metidos en septiembre, dejamos las tonterías a un lado y vamos centrándonos, que hay mucho tajo por delante.

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Turismo de sangría
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Joaquín García Cruz | 28-08-2017 | 11:53| 0

Aquel taxista de Madrid, su mujer, la suegra y una niña con flotador entraron a la macrodiscoteca de moda sin más ropaje que bañador y toalla, saludaron por su nombre al musculoso portero y se zambulleron antes que nadie en la fiesta de la espuma -que una noche más estaba a punto de llenarles de felicidad- en el mismo barreño donde una chica de Albacete había ganado en la víspera el concurso de ‘miss camiseta mojada’. Ni un cubata se tomó la familia, pese a que tenía barra libre del dueño a cambio de que se resignara a dormir de día durante toda la quincena, ya que por la noche su apartamento no dejaba de temblar, por las reverberaciones de la música, y una vez comprobado que de nada habían servido las numerosas denuncias del verano anterior. La discoteca -almenas postizas, dos pistas, jaulas para los más bailongos, piscina, gogós, palmeras y garrafón-, se situaba a las afueras del pueblo, pegada a un invernadero. Pero no tenía pérdida. Un cañón de rayos láser que iluminaban las tomateras circundantes te guiaba hasta el establecimiento, y allí aparcabas sobre un terraplén, si -como solía suceder-ya estaba imposible la explanada que se ofrecía de aparcamiento y en la que sexo y droga corrían por dentro y por fuera de los coches sin respeto alguno a lagartijas y mosquitos, confundidos en su hábitat por aquella marabunta ocasional. Estaba garantizado que los viernes y los sábados harías el camino en caravana, y que a la vuelta, ya al alba, te esperaría un control de alcoholemia.

Tampoco de día te aburrías. Ojeabas medio periódico en la cola de los churros, buscabas el pan, echabas un pestañeo por el súper y, cuando te dabas cuenta, ya estabas sudando. A la playa. Segunda línea, no está mal, qué raro, será porque se ha nublado. Un vertido de aguas fecales obligaba a cerrarla hasta la tarde o incluso hasta la mañana siguiente, alguna vez en julio y -seguro- otras tres o cuatro en agosto, cuando la población se multiplicaba y las tuberías reventaban. El Ayuntamiento te cobraba los recibos de todo el año, pero, bien, bien, lo que se dice bien, la red de agua potable solo funcionaba en temporada baja. Demasiada gente para este pueblo. Era la única e inadmisible explicación municipal.

La siesta se veía interrumpida a las cinco de la tarde, como si el descanso entendiera de horas, por la flauta del afilador, el derrape de algún niñato con la moto trucada o el descapotable con señorita en lo alto que recorría las urbanizaciones forrado de altavoces que anunciaban la fiesta de la espuma en la macrodiscoteca de moda. Tampoco ayudaba a completar un feliz veraneo que pidieras en la terraza del paseo marítimo un calamar a la plancha y te sirvieran anillas de calamar descongeladas, o que comerte una pizza con ensalada te costara dos horas y más dinero de la cuenta.

Todo esto sucedía invariablemente (¿sucede aún?) en cualesquiera de los pueblos de nuestra Costa Cálida, la misma que regala, para quien sepa gozarlas, algunas de las mejores playas de España -sí, de las mejores de España-, gracias a su arena dorada y sus aguas limpias, en las que puede uno bañarse sin necesidad de escarpines, unas playas que ya quisieran para sí Andalucía y Cataluña (las dos autonomías que más turistas reciben); el mismo litoral también en el que una puesta de sol -imbatible la del Mar Menor- parece sacada de una paleta de colores y con la que tampoco alcanzan a rivalizar los crepúsculos a menudo desabridos de la cornisa cantábrica y de la orilla oceánica.

Cuando vi a la familia de Madrid lanzarse de cabeza a la fiesta de la espuma en aquella discoteca de las afueras, me dije, hace ya de esto veinte años, que el turismo iba mal encaminado. Aún no habían salido de la caverna los ‘kaleborrokas’ que este verano pintarrajean los autobuses de los ‘guiris’ y pinchan las bicicletas municipales de alquiler, pero yo empecé a tener claro entonces que nuestro tradicional modelo de turismo se agotaba, y hoy estoy convencido de que si por estos pagos no se ha llegado a los extremos del ‘balconing’ y de las borracheras colectivas de Magaluf ha sido por la falta de hoteles para alojar a tantos borregos juntos. Solo por eso. El cariz que nuestras playas empezaban a tomar en los noventa, y el feísmo rampante, parecían abocarnos a convertirnos también en un destino barato. Nos empeñamos en contar cuántos visitantes más recibimos cada verano, a la caza de medallas estadísticas, sin avistar el riesgo de que el sector languidezca, no porque se masifique (una eventualidad aún lejana), sino porque se empobrezca. Nuestros hoteles son los más baratos, pero también los menos rentables. Mal negocio. Los visitantes extranjeros vienen en su gran mayoría empaquetados por un operador, pero no llegan individualmente atraídos por unos encantos que apenas conocen debido a una promoción errante y desacertada. Es el momento de apuntarse al gran debate nacional que Gobierno, autonomías y empresarios acaban de abrir, empujados por los brotes de ‘turismofobia’, y definir un modelo definitivo para la Región en el que, si bien cabe toda la riqueza turística disponible (la cultural, la gastronómica, la natural y la religiosa), habrá que apostar por valores seguros e identificar sin ambages ni complejos nuestras fortalezas, que son -admitámoslo ya de entrada- el sol y la playa. Pero de poco servirán tales atributos si no se revisten -de verdad, no de boquilla- con el marchamo de la calidad y el criterio inapelable de la sostenibilidad. De no hacerlo así, nos enfrentaremos al riesgo de seguir engrosando la estadística con los turistas ‘low cost’, con los que suben al avión ya ebrios, con los que ahora la lían parda en Magaluf, y con todos aquellos a quienes Cataluña y Baleares no dejarán entrar porque se han dado cuenta, a tiempo, de que la masificación pone en peligro su gallina de los huevos de oro. Nos quedaremos con las migajas, con las sobras de los otros, con quienes no se toman ni una cerveza porque la llevan comprada del chino, y con quienes disfrutan más en una fiesta de la espuma (¡Dios mío!) que amartelándose de atardecida con la brisa que acaricia a un buen chiringuito.

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No, no es verdad
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Joaquín García Cruz | 25-08-2017 | 12:10| 0

Tenemos miedo. Cómo no tenerlo. Perderíamos la condición humana, la que nos diferencia de las bestias yihadistas. Quién no atisbó la sombra de la muerte al ver el sembradío de cadáveres en Las Ramblas, aquella catarata de sangre

Bestia significa también animal, bárbaro, alimañana y cafre, acepciones todas que se quedan cortas, aunque pudiéramos agruparlas en una sola palabra, para llamar por su nombre a los terroristas que otra vez han desgarrado el corazón de España. Concebir atropellos masivos como el perpetrado el jueves en Barcelona y el que los Mossos d’Esquadra frustraron horas después en el paseo marítimo de Cambrils se hace difícil sin renegar de la condición humana. Plauto era seguramente incapaz de imaginar que nadie en sus cabales pudiera llevar a cabo atrocidades de tal magnitud cuando escribió para una comedia que el hombre es un lobo para el hombre (‘homo homini lupus’), una simple metáfora, un latinajo referido al egoísmo, a la necesidad de cultivar la convivencia en sociedad para corregir los desvaríos del individuo. No, ni siquiera realizando un esfuerzo de aprehensión filosófica del fanatismo cabe en cabeza humana figurarse a un chaval de 17 años, los que tenía Moussa Oukabir, fantasear durante meses con estampar una furgoneta contra miles de inocentes, planificar la salvajada al detalle y ejecutarla, en la creencia de que Alá y un puñado de vírgenes lo esperan en el Más Allá para darle un abrazo eterno. De ahí la dificultad de adjetivar las tropelías yihadistas -y a los propios yihadistas- sin recurrir a vocablos circunscritos a la zoología.

La matanza motorizada de Las Ramblas es la última de una secuencia que arrancó en Niza en 2004 y dejó después una estela sangrienta de muy parecida factura en Berlín, Londres, Estocolmo y París. «Francia está en guerra», declaró François Hollande tras los atentados de noviembre de 2015, que dejaron en París y Saint-Denis 137 muertos y 415 heridos. No exageraba Hollande. El mundo entero está inmerso en una guerra que unilateralmente ha declarado el Daesh, dispuesto a destruir, zarpazo a zarpazo, el modelo de vida occidental. El minuto de silencio que 100.000 personas guardaron anteayer en la plaza de Catalunya en repulsa a los terroristas y en homenaje a las víctimas de Las Ramblas dio paso al grito unánime de «¡No tinc por!» («¡No tengo miedo!»). Las emociones afloran al ver ese instante en televisión, y supongo cuánto más debió de conmover a quienes allí estaban. Pero no es verdad. Tenemos miedo. A quién no se le pasó por la imaginación, viendo el sembradío de cadáveres en Las Ramblas, el viaje reciente de un familiar a Barcelona, la eventualidad de que un amigo estuviera por allí, las últimas olivas con vinagre de cava en La Boquería, aquel concierto en el vecino Liceo. A quién no se le escapó un ‘hijosdelagranputa’ y quién no reflexionó para sus adentros acerca del castigo más justo. Quién no escarbó en el sentido de la vida y atisbó la sombra de la muerte, al removerle las entrañas semejante catarata de ambulancias, policías, estampida, un niño boca abajo, cinturones explosivos, chatarra, cuchillos, quioscos, ‘última hora’, ‘¿has visto lo de Barcelona?’, chicos llorando sobre la acera, ansiedad, hospitales, desconsuelo, atropellos, flores, quejidos, bandejas volando, sangre, mimos despintados, bombonas, personas ayudando a personas, hienas soltando dentelladas a lomos de una furgoneta asesina. Quién no se sintió frágil al saber, después, que el italiano de 35 años Bruno Gullota empujó a tiempo a su hijo Alexander y, por salvarlo, murió arrollado ante la mirada enloquecida de su mujer, Martina, de su Alexander milagrosamente vivo y de Aria, el bebé a quien la madre transportaba en un capazo. Quién puede no estremecerse al leer que Heidi, una californiana que recorría Europa en el primer aniversario de su boda, busca todavía a su marido, Jared Tucker, de 42 años, un albañil de San Francisco. Cuánto dolor no azotaría el alma de la australiana Jumari ‘Jom’, ingresada por múltiples fracturas, hasta enterarse -ayer, 48 interminables horas más tarde- de que Julian Cadman, su pequeño de siete años, se cura en otro hospital.

Tener miedo ante barbaridades como la de Barcelona no significa rendirse al enemigo. Más bien nos protege. El miedo nos fortalece frente a la brutalidad yihadista, porque es una herramienta biológica que garantiza la supervivencia de la especie. Ellos no lo experimentan, dado que son bestias en las que por consiguiente no anida la condición humana. Su corazón solo genera odio, el arma mortífera que habrá que arrebatarles, sea como sea, y de la que la sociedad a la que el yihadismo ataca deberá también cuidarse con la misma fuerza que se protege frente a los bárbaros. Tras los vídeos del horror, circulan ahora por las redes sociales los vídeos del odio, y en alguno se invocan incluso las expulsiones de los Reyes Católicos. Ojo con cruzar la raya que nos separa de las alimañas, porque pisarla nos acercaría a ellas. Fecundaría rencor, también entre nosotros. Bastante sufrió España con el fanatismo de ETA en los años de plomo. Fernando Aramburu relata magníficamente en su novela ‘Patria’ el efecto destructor del veneno que la banda etarra inoculó entre los vascos. Miren, la madre de un chaval que cambia el frontón por la capucha, habla así a su marido tras serle presentada la familia -salmantina- del novio de su hija Arantxa, quien crece ajena al delirio combativo de su madre y su hermano: «Serán amables, educados y lo que tú quieras, pero se nota que no son de aquí. Esa manera de hablar, esos gestos. Hasta me parece que mastican distinto. Ve preparándote para tener un nieto que se apellide Hernández. Solo de pensarlo me entra dolor de tripa». Eso es odio, la negación de la humanidad, el límite preciso -que todos deberíamos convenir infranqueable- de la guerra contra el yihadismo. Odio, no. Pero tampoco digamos, más allá de un grito y del discurso políticamente correcto, que no sentimos miedo. Estamos asustados, muy asustados. Si no tuviéramos miedo, seríamos como ellos. Seríamos sanguijuelas.

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Humo y espejos en la vida pública
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Joaquín García Cruz | 15-08-2017 | 15:39| 0

El Mar Menor, la sierra minera y la autovía del bancal son verdaderos ejemplos de la magia que hacen los políticos

Humo y espejos. Magia. Es la política. Tras verse confinado en una dacha por el mismo politburó que él había presidido (hacerlo antes le habría costado, literalmente, la cabeza), el exdirigente soviético Nikita Jrushchov definió a los políticos como unos demagogos capaces de prometer la construcción de un puente aunque no haya río. Más ocurrente resulta la descripción acuñada por Groucho Marx («política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados»), pero esta de Jrushchov se ajusta mejor -40 años después- a la realidad actual. Hay políticos robaperas y políticos capaces, honrados y corruptos, sinceros y cuentistas, nuevos y viejos, pero todos ellos parecen marcados por su habilidad prestidigitadora, un rasgo casi arquetípico de quienes gestionan la ‘res publica’, ya lo hagan al abrigo del Gobierno o desde la oposición.

Los políticos consiguen, remando a contracorriente del desafecto ciudadano, que se confíe en sus promesas, que se les vote, que sus afiliados y subalternos les sigan, arracimados, como al flautista de Hamelín. Eso es magia. ¿O acaso no es ilusionismo hacernos creer que los partidos alcanzarán en esta legislatura un pacto nacional del agua, que la enfermedad del Mar Menor no estaba de sobra diagnosticada -y se la dejó evolucionar inmisericordemente-, que la sierra minera lleva medio siglo contaminada por alguna razón ajena a la estulticia de los gobernantes, o que las calles de Murcia se inundan porque llueve con fuerza inusitada, cuando lo cierto es que aún no se han construido los tanques de tormentas anunciados casi desde el Paleolítico? Al humo y a los espejos se recurre también desde la Administración para justificar que la autovía A7 pierda su tercer carril allí donde la provincia de Alicante se adentra en territorio murciano, o para explicar que Rajoy no haya encontrado en cuatro meses un hueco en su agenda para recibir al nuevo presidente de la Región de Murcia, lo que acentúa el convencimiento de que desde Madrid se nos maltrata hasta en los asuntos protocolarios.

Algún día olvidaremos estos y otros despropósitos. El Centro Médico de las universidades de Columbia y McGill (EE UU) ha publicado en la revista ‘Current Biology’ el avance de un estudio encaminado a regalarnos la posibilidad de borrar los malos recuerdos de nuestra memoria. Los investigadores apuntan que los recuerdos asociativos podrán suprimirse de forma individual, inhibiendo en consecuencia fobias y traumas que suelen arrastrarse de por vida.

Esto último no es magia. Es ciencia. Pero la tecnología para humanos aún no está disponible, así que entretanto las pastillas no se puedan adquirir en la farmacia tendremos que apechugar con la mala sangre que los dislates de la vida política nos provocan. O mirar hacia otro lado y seguir jugando al juego de sombras y engaños que se nos propone, un ejercicio de fabulación que resulta menos insano que tomarse un berrinche cada vez que se nos disfraza la realidad con humo y espejos. Con esta misma y vieja metáfora de la magia (‘Humo y espejos’, editorial Salamandra), titula Neil Gaiman uno de sus libros más divertidos, en el que relata, con la apariencia de hechos reales, cómo un tendero de segunda mano le vende el Santo Grial a una anciana por cuatro ‘chavos’ o cómo una banda de asesinos se anuncia en el periódico bajo la tapadera de una ‘empresa de control de plagas’. Todo en la narración de Gaiman es, claro, imaginación, magia y ficción, pero, magistralmente contado -o bien disfrazado-, se presenta como realismo literario. Llegado el caso, el Gobierno de turno es capaz de conseguir que una autovía termine en un bancal y que además se le llame así en el BOE (‘la autovía del bancal’). Es magia, porque la autovía existe pero no conduce a ninguna parte. Magia es también que un partido en apuros venda como ‘errores administrativos’ imputaciones judiciales de naturaleza penal, o que se renombre caprichosamente una ley para que al imputado de toda la vida deba llamársele ahora ‘investigado’. Es lo mismo, pero suena menos embarazoso. Así es, a veces, la política. Magia pura. Nada por aquí, nada por allá.

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Una tensión que se transparenta
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Joaquín García Cruz | 22-06-2017 | 10:36| 0

El Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia (CTRM) trae al recuerdo la historia del rey desnudo, de Andersen, que es un cuento de hadas. El organismo que preside José Molina se cobija en una ley de 2014, la de Transparencia y Participación Ciudadana, rezuma en sus fundamentos el mejor espíritu posible, como «órgano independiente de control en materia de transparencia», posee funcionarios y presupuesto, y de vez en cuando reúne a sus 18 integrantes, que llevan allí las voces del Gobierno regional, los cuatro partidos representados en la Asamblea (PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos), las dos universidades públicas (UMU y UPCT), el Consejo Jurídico de la Región, la Federación de Municipios, los consumidores, la patronal Croem y los sindicatos UGT y CC OO. Pero, contra lo que estos ropajes pudieran hacer creer, el Consejo de la Transparencia está en realidad tan desnudo como el rey del cuento, y la parálisis que lo atenaza empieza a resultar llamativa.

La última sesión que el Consejo mantuvo, el martes pasado, constituye un buen ejemplo de su inoperancia. Después de dos horas, no se pasó del primer punto en un orden del día que recogía media docena de acuerdos y propuestas de resolución, y la reunión quedó marcada por la tensión reinante, la decepción de algunos de los participantes y los reproches que se cruzaron-y no solo ellos- José Molina y Enrique Ujaldón, el secretario general de la Consejería de Transparencia, Participación y Portavoz, que se estrenaba como consejero en representación del Gobierno regional y que sacó a pasear su mejor vis política. Miguel Sánchez, el portavoz de Ciudadanos, llegó a lamentar en su intervención -antes de anticipar su próxima renuncia- que el Consejo «está más politizado que la propia Asamblea Regional», y explicó que su dimisión responde a motivos personales (quiere más tiempo para el hijo que espera). Aunque Ciudadanos no abandona el Consejo, pues dejará paso a otro representante de la formación naranja, Miguel Sánchez anunció que propondrá a los grupos parlamentarios que los políticos salgan del Consejo de la Transparencia.

Eran ya las tres de la tarde y el representante de CC OO, José Luis Sánchez Fagúndez, se empeñaba aún, sin éxito, en defender una ponencia así de farragosamente titulada: ‘Criterios de la comisión interdepartamental para la transparencia en la Región de Murcia sobre publicidad activa de las medidas contenidas en la ley de Transparencia regional en materia de recursos humanos que afectan a datos de carácter personal’. ¿Se puede ser más opaco en el enunciado? No. En román paladino: señores, ¿publicamos en internet todos los sueldos de la Comunidad Autónoma, funcionarios y médicos incluidos, o seguimos mareando la perdiz? Dos horas estuvo el Consejo dándole vueltas a la matraca, sin avanzar un solo palmo. Se oyeron palabras gruesas. Molina reiteró su conocida creencia de que el Gobierno realiza una labor obstruccionista en el Consejo, y Ujaldón se encargó de situar la línea roja de la transparencia en las limitaciones impuestas por otras leyes que protegen la privacidad.

Ante el cariz que tomaba la sesión, Molina y Ujaldón se reunieron ayer en el despacho del primero para negociar por separado un acuerdo de mínimos que ambos pudieran trasladar la próxima semana a una nueva sesión del Consejo. No está claro que lo hayan conseguido, aunque se aprecia un acercamiento. La propuesta de Molina consiste en que la Comunidad airee, con nombres y apellidos, los sueldos de todos los cargos de libre designación, incluida la pléyade de asesores del Gobierno, y que del resto de los funcionarios se publique también cuánto cobra cada cual, pero con un indicativo que proteja sus identidades personales. A Ujaldón no le parece mal, aunque exige que una comisión mixta, compuesta por técnicos del propio Consejo de la Transparencia y de la Administración regional, garantice -antes de seguir hablando- que esta fórmula no vulnera derechos individuales. El Gobierno no quiere que le tire de las orejas la Agencia de Protección de Datos, y el presidente del Consejo, si bien se muestra prudente en sus manifestaciones, no oculta su escepticismo sobre la verdadera voluntad del Gobierno en materia de transparencia. El uno piensa que se avanza muy deprisa, y el otro, que se va muy despacio.

Aunque informes legalistas hay ya de sobra (en un sentido y en el contrario), el nuevo dictamen que salga de la comisión mixta de técnicos podría ayudar a que las deliberaciones del Consejo avancen y permitir, en última instancia, que se publique la nómina completa de la Comunidad Autónoma, asesores y médicos incluidos. Está por ver. De momento, el Consejo de la Transparencia sigue, al menos en este asunto, atrapado en la casilla de la que salió.

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Papeles mojados
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Joaquín García Cruz | 13-03-2017 | 09:11| 0

Si Trump llegó a asegurar en la campaña electoral que Obama no era americano, y muchos de sus compatriotas le creyeron y además lo votaron, ¿por qué no iba a declarar Pedro Antonio Sánchez (PAS) ante el juez que no conocía al arquitecto del auditorio de Puerto Lumbreras? Dos años antes de convocarse el -preceptivo- concurso de ideas, ya Sánchez se hizo con Martín Lejarraga fotos que aún siguen colgadas en la Red, y ambos anunciaron públicamente que Lejarraga diseñaría el auditorio, lo que no impidió que el presidente perdiera el otro día la memoria en sede judicial. Estaba en su derecho, el mismo que asiste a cualquier imputado, de faltar a la verdad para protegerse. Pero a los ojos de la opinión pública queda claro que PAS conocía a su arquitecto, que le encargó la obra, que la adjudicación contravino el procedimiento administrativo, y que, si no sufre amnesia (esperemos que no), el presidente hizo uso de su derecho a protegerse de preguntas incómodas que pudieran perjudicarle.

Desde que la crisis institucional se hizo patente con la investigación a Sánchez en el Tribunal Superior de Justicia (TSJ), valores como la verdad, la honorabilidad de la palabra y el respeto a la ley se están yendo al garete, un poco cada día, y dejando que ocupen su lugar la mendacidad, el ruido dispersador y la laxitud en la observancia de la norma jurídica. Algo de esto apuntaba Zygmunt Bauman al introducir en el debate social su teoría de la modernidad líquida, según la cual la zozobra se apodera del individuo, y de los colectivos, al punto de terminar renegando de los valores que hasta el estallido de la crisis sostenían en pie nuestro modelo de convivencia. La complicidad del electorado estadounidense con Trump, y las veleidades extremistas de un signo y otro que también asoman en Europa, son buenos ejemplos, aunque entreverados hasta el tuétano por la fiebre populista, de esa pérdida consciente de valores que antes creíamos esenciales.

Da la impresión de que Rajoy ha decidido ensayar en el tablero de Murcia sus movimientos en la política nacional. Solo esto explicaría el apoyo firme del PP al enrocamiento de Sánchez a costa de la palabra dada, del compromiso firmado con su socio de investidura y del acatamiento de la ley, que parecen los valores a sacrificar para ganar la partida en juego. Que Sánchez, una vez investigado, se niegue a dimitir y meta en una licuadora el término ‘imputación’, para extraer según su conveniencia y la de sus correligionarios la inexistente figura de la ‘imputación formal’, encuentra su justificación en los incumplimientos del propio Rajoy. Si el presidente del Gobierno quebranta el pacto, también de investidura, que suscribió con Albert Rivera para seguir en La Moncloa, ¿por qué habría de respetar Sánchez el suyo de aquí con Ciudadanos? Lo haría únicamente si se dejara guiar por un sentido elevado del honor y se obligara por la palabra dada, valores estos anteriormente sólidos pero hoy evanescentes al pairo de la modernidad líquida.

Y luego está la ley. El ruido que se oye en torno al ‘caso Auditorio’ no debería hacernos olvidar la ley regional de Transparencia, que fue aprobada por unanimidad en la Asamblea Regional (también con los votos del PP), y cuyo artículo 54 emplaza a los cargos públicos imputados a dimitir; su redacción es tan farragosa y dubitativa que ni siquiera parece vinculante, pero su espíritu y la finalidad con la que se promulgó resultan más claros que el agua cristalina. El ‘terremoto PAS’ amenaza con reducir también a cenizas el Código Penal y hacernos olvidar que no solo debe respetarse la  presunción de inocencia, sino también, y con idéntico entusiasmo, la vigencia de cuantos artículos tipifican como delitos las conductas que se investigan en el ‘caso Auditorio’: prevaricación, malversación, fraude y falsedad. Al margen de lo que resuelva en su día la Sala de lo Civil y lo Penal, que es donde quedará establecida la inocencia o la culpa del presidente, debería convenirse al menos la necesidad de respetar las leyes -todas-, en lugar de fijar la raya roja en el hecho de meter la mano, como viene haciendo el PP en una dialéctica perversa de la que podría colegirse que todo vale mientras no se robe.

Perder la memoria en sede judicial está permitido, pero hacerlo desde el Gobierno, no. Faltar a la palabra dada por escrito merece un reproche democrático, y reinterpretar las leyes a gusto del consumidor, también. Más allá del desenlace judicial y político de esta situación, y por encima incluso de la erosión que sufre la imagen regional y la reputación de las instituciones (circunstancias, todas ellas, importantes pero a la postre pasajeras), haríamos bien en apuntalar los principios que cimentan una sociedad democrática, antes de que se nos caigan los palos del sombrajo. La crisis económica nos deja la enseñanza de cuán difícil resulta recuperar algunas de las conquistas y algunos de los valores que se quedaron por el camino mientras intentábamos remontar la cuesta.

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Otra victoria de PAS
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Joaquín García Cruz | 01-03-2017 | 00:17| 0

El Consejo de la Transparencia tomó ayer el camino equivocado, el que lo arrastrará a la futilidad si no remonta su encogimiento de ánimo y se convierte en el guardián de las esencias. Tal es, que sepamos, su razón de ser, de la que ayer desertó, embaucado por la zorrería del PP, que le ganó la partida antes de tirar los dados. Llegó el representante popular a la reunión acusando a José Molina, su presidente, de convertir el Consejo en su cortijo, y llamándole comisario político de PSOE y Podemos. Y se salió con la suya, a juzgar por el resultado de la sesión. Tuvo el Consejo la oportunidad de vivir su minuto de gloria, pero la marró. Más aún: tenía el deber de iluminar a la sociedad, la noble obligación de pronunciarse acerca de si el presidente de la Comunidad Autónoma incurre estos días en fraude de ley, por su interesada interpretación del artículo 54 de la ley regional de Transparencia (el que habla de los imputados por corrupción), o si es la oposición quien hace una lectura espuria de la norma. Que el PP y la oposición discrepen al respecto no aporta sino confusión. Más de lo mismo, mucho ruido. Es el Consejo de la Transparencia quien debería alumbrar en estos casos con una declaración valiente, en el sentido que tocara, y bien invitar a Pedro Antonio Sánchez a dimitir -en aplicación de la ley- o avalar su permanencia en el cargo. Porque el Consejo de la Transparencia, aunque desprovisto de competencias para desalojar al presidente, está, sin embargo, legitimado (¿quién mejor?) para alzar la voz y emplazarlo en público. Pero ayer optó por soltar al aire una filípica sobre «valores esenciales» y sobre «observancia de la ley», que para nada sirve. Ninguna virtualidad tiene una ley -la de la Transparencia- que fue aprobada por unanimidad en la Asamblea Regional -también con los votos del PP-, si nadie hay que la haga cumplir. Ninguna utilidad tiene el Consejo de la Transparencia, si el Gobierno le niega el pan y la sal, la Asamblea y los ayuntamientos le regatean la fuerza legal que reclama, los partidos se pelean en su interior para tapar la realidad con cortinas de humo, los vocales no abren la boca, quizá para no molestar, y finalmente -cuando más se esperaba un esclarecedor dictamen- se resigna a soltar una perorata de cuatro líneas sobre la ética y el buen gobierno.

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Un calvario por recorrer
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Joaquín García Cruz | 22-02-2017 | 16:12| 0

El respaldo del PP a Sánchez topará, en los próximos días, con nuevas dificultades

Debió de incomodar a Rajoy que le preguntaran el lunes por la imputación del presidente de Murcia en la rueda de prensa que compartía con François Hollande durante la cumbre hispano-francesa de Málaga. Pero se habría llegado a sonrojar si algún periodista bien informado le hubiera vuelto a interpelar después de que el presidente del Gobierno repitiera, por enésima vez, que Pedro Antonio Sánchez (PAS) «ha tenido 16 archivos en los últimos dos o tres años».

Esta intervención de Rajoy en una reunión internacional sirve para visibilizar hasta qué punto llega ya la ola expansiva del ‘caso PAS’, que en apenas una semana se ha adueñado de la escena política, a escasa distancia de la sentencia del ‘caso Nóos’ y el desafío separatista de Cataluña. Nunca como ahora se habló tanto de Murcia. Es posible que ningún dirigente político de primera fila falte ya por sumarse al coro declarativo en torno a PAS y, desde luego, ningún otro jefe del Gobierno regional recibió antes desde Madrid un apoyo tan ruidoso a su persona como el que el PP y el Gobierno de España brindan estos días a PAS. Pero el martilleo va para largo. Un vistazo al calendario de las próximas semanas deja entrever un viacrucis doloroso, en el que las hojas están señaladas con una muy probable exposición razonada que el juez de la ‘Púnica’ enviará al TSJ (con la consiguiente posibilidad de que se le abra una segunda investigación penal), el ultimátum de una semana marcado ayer por Albert Rivera para que PAS dimita, las inminentes comparecencias en el Senado y el Congreso del ministro de Justicia y del fiscal general del Estado -para responder de la orden que se transmitió a las dos fiscales del caso para no acusar a PAS en la ‘Púnica’-, la declaración del propio presidente ante el TSJ en calidad de investigado, fijada para el 6 de marzo, y las iniciativas parlamentarias registradas por la oposición, en Madrid y Murcia.

Difícil congreso del PP

La encrucijada que tiene ante sí el PP, mientras sostenga a su hombre fuerte en la Región, no termina ahí. Los populares celebrarán los días 18 y 19 de marzo el congreso regional que debe elevar a Sánchez a la presidencia del partido, en lugar de Ramón Luis Valcárcel, y los tiempos habituales de la Justicia convierten en una entelequia pensar que PAS llegará a esa fecha libre de la imputación por el ‘caso Auditorio’, que acaba de incoarse. No hay tiempo para acelerar un sobreseimiento. Más razonable parece imaginar que para entonces pueda pesar sobre él una segunda investigación, la de ‘Púnica’. ¿Se aceptará desde Madrid que el PP encumbre a la cima del partido en Murcia a un candidato con tan pesada carga?

Albert Rivera dejó claro ayer que Ciudadanos va en serio cuando exige al PP un relevo en la presidencia de Murcia. Si no lo hiciera, se dejaría por el camino la bandera de la regeneración, que constituye su principal activo, y perdería la legitimación para exigir el cese del presidente, pues incumpliría su pacto de investidura en la misma medida que lo haría el PP. Aunque la moción de censura con la que amaga Podemos en la Asamblea Regional tiene pocos visos de prosperar, por la complicación que entrañaría ponerse de acuerdo con PSOE y Ciudadanos para consensuar un candidato alternativo, es posible que, llegados a este punto, Rivera quiera cobrarse la cabeza política de PAS a cambio de apoyar al PP en los Presupuestos Generales del Estado. En el mejor de los casos para el presidente de Murcia, ahí estaría la línea roja que llevaría a dimitir a Pedro Antonio Sánchez: en los apoyos parlamentarios que Rajoy necesita para mantener la gobernabilidad de España.

Medias verdades y mentiras

Es precisamente la estabilidad institucional lo que más inquieta hoy -aunque se mantenga mudo- al empresariado de la Región: que el rifirrafe se prolongue mucho más, con el buen nombre de Murcia ligado a la corrupción, a un cambio traumático de gobierno y a términos como crisis e inestabilidad, sus demonios tradicionales. La frustración, ayer mismo, del acuerdo que debía adoptar el Consejo de Administración de Aena para cerrar el aeropuerto de San Javier, paso previo para licitar Corvera, bien podría interpretarse como una primera consecuencia tangible de este enrarecido clima que se respira en Murcia.

La desatinada intervención de Rajoy en Málaga en favor de PAS encarna igualmente la ofuscación por disfrazar la realidad -cuando esta se tuerce- con un mantra que acoge legítimos argumentarios partidistas, medias verdades y también alguna mentira. Los ‘16 archivos’ mencionados por Rajoy para invocar la presunción de inocencia y el acoso judicial de la oposición al presidente de Murcia abarcan -aunque esto no lo dicen los dirigentes del PP- desde una misma causa archivada y recurrida después -pero contada como si fueran dos distintas- hasta cuatro viejas denuncias ante la Junta Electoral (en 2007) y tres recursos contencioso-administrativos.

No es esta la única posverdad que el PP trata de construir. El pacto de investidura firmado con Ciudadanos para sostener a PAS en el Gobierno es muy claro en el compromiso mutuo de «separar de inmediato de cualquier cargo, público o de partido, a imputados por corrupción política hasta la resolución completa del procedimiento judicial». Tan claro que, para posibilitar su investidura, y en aplicación del mismo acuerdo escrito con Ciudadanos que ahora discute, el PP dejó caer a su delegado del Gobierno, Joaquín Bascuñana, a su alcalde de Murcia, Miguel Ángel Cámara, y a la alcaldesa de Torre Pacheco, Fina Marín. El intento de redefinir el término ‘imputación política’, como último escudo para PAS, parece también condenado al fracaso. El Consejo General del Poder Judicial tiene dicho que la prevaricación sí es un delito de corrupción política, y la ley regional de Transparencia hace lo propio en su artículo 54, donde estipula que «en el momento en que un cargo público electo o sujeto a nombramiento de libre designación conozca, de forma fehaciente, que un juzgado o tribunal competente ha adoptado un auto estableciendo su situación procesal de imputado o figura legal equivalente, por la presunta comisión de los delitos contemplados en los artículos 404 a 444 o 472 a 509 del Código Penal actualmente vigente, entenderá que su permanencia en el cargo es incompatible con la confianza que se debe trasladar a la ciudadanía sobre la vigencia de los principios éticos y con la obligación de preservar el prestigio de las instituciones». Aunque esta norma tenga efectos jurídicos discutibles, se trata de una ley en vigor, cuyo incumplimiento podría provocar un reproche social -o una denuncia ante los tribunales- del Consejo Regional de la Transparencia.

Las apelaciones constantes a la presunción de inocencia, también en boca de Rajoy, están fuera de lugar. Cualquiera sabe que se trata de un derecho individual que nada tiene que ver con la política y que acompañará a Pedro Antonio Sánchez mientras no recaiga contra él, no ya una imputación -ni dos ni tres-, sino una condena judicial firme, algo que, hoy por hoy, no se atisba en el horizonte.

Es la política, no la Constitución ni los tribunales, lo que aprieta al presidente. La presión agobiante de Ciudadanos, el riesgo de poner en jaque la gobernabilidad de España y de Murcia, la paciencia de Rajoy, y el pacto suscrito de su puño y letra para asegurarse el poder. Y también la palabra que dio, que era la palabra del presidente de todos los murcianos.

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