La Verdad
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¡Viva el coche!
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Joaquín García Cruz | 10-12-2017 | 13:29

El concejal de Tráfico pidió que se usara menos el coche en Murcia, para rebajar la contaminación. Pero no parece que el tráfico se haya reducido, salvo en el macropuente, porque casi todos nos fuimos (en coche) a contaminar a otros lugares

¿Alguien pensaba que encontraría eco la recomendación del Ayuntamiento de Murcia para dejar el coche en casa y rebajar así la contaminación atmosférica procedente de los atascos de tráfico? El llamamiento, hace dos semanas, del concejal Antonio Navarro llevaba aparejada la orden de que la Policía Local se volcara en prevenir los embotellamientos, y fue publicado al constatarse que la estación de San Basilio que mide la calidad del aire en Murcia había rebasado durante seis días consecutivos los niveles legalmente admisibles de PM10, partículas contaminantes liberadas por las emisiones del tráfico rodado y, en menor medida, por las quemas agrícolas. Aunque no hace al caso hurgar aquí en la polémica, sí conviene recordar que aquello fue «un grave episodio de contaminación, de consecuencias para la salud pública», según el experto de Ecologistas en Acción Pedro Belmonte, mientras que para Juan Madrigal, el director general de Medio Ambiente de la Comunidad Autónoma, «los ciudadanos podemos estar tranquilos porque los parámetros del aire que respiramos están controlados». Queda a juicio del lector discernir cuál de estos dos diagnósticos, tan dispares, merece su confianza.

Sea como fuere, el tráfico no se ha reducido en Murcia, salvo durante el macropuente, que lógicamente no cuenta porque casi todos nos fuimos (con el coche) a contaminar a otros lugares. El Ayuntamiento se muestra optimista acerca de la evolución del tráfico y la contaminación en los quince días transcurridos desde su petición a los ciudadanos, pero mi observación personal es que no he visto, en mis cuatro trayectos cotidianos de ida y vuelta al trabajo, más policías locales regulando la circulación para aliviar la congestión de mediodía en Teniente Flomesta o evitar las retenciones en Reino de Murcia y Miguel Indurain, incesantes desde que ambas avenidas se estrangularon para dejar hueco a carriles bici que nadie utiliza porque a ningún sitio conducen. Tampoco me ha parecido apreciar en los días posteriores a la recomendación municipal una mayor ocupación del tranvía y de los autobuses, hechos incontestables de los que no puedo sino colegir que, una vez más, los políticos van por un lado y el personal, por otro. Me he registrado -para que no se diga- en la web municipal que fomenta el uso compartido del coche, pero aún espero -cuatro días después- una respuesta a mi intento de contribuir modestamente a una ciudad más limpia y menos ruidosa. Respecto a los índices de contaminación, mi ceguera es total, por más que he intentado suplir mi desconocimiento de lo que se esconde tras las partículas PM10 con las preguntas pertinentes a quien sí lo sabe y tiene además la obligación (incluso por ley) de explicarlo a la opinión pública, con el fin de que los ciudadanos sepamos si conviene agenciarse una mascarilla o nos enfrentamos a otra exageración de los malvados ecologistas. La página web de la Comunidad Autónoma que contabiliza las incidencias en la calidad del aire (sinqlair.carm.es) no hay quien la entienda sin un máster previo de educación medioambiental, más allá de percibirse frecuentes concentraciones de PM10 en los medidores de San Basilio y Alcantarilla superiores a las que la ley permite, con el añadido de un mensaje tan poco tranquilizador como inescrutable acerca de una ‘intrusión sahariana confirmada’.

Cualquiera diría que Murcia es una ciudad tranquila, sin los inconvenientes de las grandes urbes, quizá porque los 439.000 habitantes que la sitúan como la séptima metrópoli más poblada de España viven dispersados en 52 pedanías que se reparten a lo largo y ancho de 885 km2, de tal suerte que configuran una de las capitales con menos densidad de población (500 habitantes/km2). Esta morfología municipal ayuda a que no suframos aquí las aglomeraciones de las grandes ciudades, sus atascos perennes y los episodios de contaminación que obligan a limitar ocasionalmente la velocidad de los coches, la circulación en momentos puntuales y el estacionamiento en el centro para los no residentes. El apiñamiento ha alcanzado en Madrid tal magnitud que el equipo de Manuela Carmena ha ordenado a los peatones (bajo pena de multa) que caminen en sentido único por las aceras de las calles Carmen y Preciados, el cogollo comercial, siempre que la Policía Local considere que la marea humana lo hace intransitable.

Pero esta Murcia de apariencia tranquila, y en la que tanto nos gusta vivir, empieza a reproducir las molestias de las grandes ciudades dentro de los 13 km2 de su casco urbano, ensartado de arterias estrechas y atestadas de autobuses concurrentes, una zona de convivencia difícil con la bicicleta (pese a la llanura y a la bondad climática), con un tranvía que solo te lleva de compras y una estación de autobuses de imposible peor ubicación.

Parece llegado el momento de adoptar decisiones valientes para evitar que Murcia se transmute a medio plazo en un lugar asfixiante, y eso al margen del riesgo que para la salud pública pudieran deparar las dichosas partículas PM10. No hace falta ser un experto para percatarse de que existe mucho margen en este terreno, desde una mejor sincronización de los semáforos hasta la implantación de una red de carriles bici que sea útil, la devolución de su tercera vía a las nuevas rondas de circunvalación, la prolongación del tranvía hacia El Carmen y La Arrixaca, aparcamientos disuasorios bien cuidados a las afueras, subterráneos más baratos para capuzar el vehículo, una conexión más operativa de los autobuses con las pedanías… y más calles peatonales, de las que me confieso muy fan. Aún recuerdo la polvareda que se levantó por la peatonalización de la avenida de la Libertad, ahora un espacio amable y sin tubos de escape que disfrutan vecinos y comerciantes. O la zapatiesta que se armó cuando el Ayuntamiento sacó para siempre los coches de la plaza de Belluga y luego levantó allí el edificio Moneo, cuya modernidad parecía chirriar con la Catedral y desmerecer el barroquismo de la plaza, convertida hoy, sin embargo, en uno de los iconos de Murcia, si no en su imagen más representativa.

Si el Ayuntamiento quiere reducir el tráfico y la contaminación, mejor será que se olvide de la colaboración vecinal, impulse por fin un transporte público atractivo, consiga que moverse en bici deje de ser en Murcia una actividad de riesgo y aplique medidas que resultan inicialmente impopulares pero se consolidan después como positivas. No será necesario poner a los peatones en fila de a uno para caminar por Trapería y Platería, pero algo más de lo que se hace tendrá que hacerse para acabar con los atascos y los malos humos que a ratos recuerdan en Murcia lo peor de las grandes ciudades.

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