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Quién teme a las encuestas

La Asamblea analiza si paga los sondeos de opinión pública que el Gobierno regional dejó de financiar cuando sus resultados no le gustaron. Desde entonces, estamos a ciegas en asuntos de gran interés social

El primer estudio sobre intención de voto del que se tiene conocimiento fue un fiasco. Lo realizó en 1824 un pequeño periódico local entre los 3.000 habitantes de Harrisburg, la capital de Pensilvania, y predijo erróneamente que Andrew Jackson derrotaría a John Quincy Adams en la lucha por la presidencia de Estados Unidos. Más recientemente, los muestreos demoscópicos fallaron también de forma estrepitosa en Reino Unido (a propósito del ‘Brexit’), en Colombia, que rechazó contra todo pronóstico un tratado de paz con la guerrilla de las FARC, y en Estados Unidos, donde las encuestas atinaron al vaticinar que Hillary Clinton sumaría más votos en términos absolutos que Donald Trump pero no tuvieron en cuenta que la preponderancia de la figura del compromisario en aquel sistema electoral terminaría abriéndole la Casa Blanca al magnate. Los desaciertos en España quedaron al descubierto durante las segundas elecciones legislativas de 2016, en las que Rajoy obtuvo 137 diputados, frente a la horquilla de 116 a 121 que fijaban los sondeos, y Ciudadanos sacó 32 escaños, lejos de los 40 que le asignaban las proyecciones.

En Murcia, la última encuesta sobre estimación de voto fue encargada y pagada por ‘La Verdad’ al Cemop (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública) en 2015. Salió publicada el 18 de mayo, una semana antes de la cita con las urnas, y auguraba que el PP, encabezado por Pedro Antonio Sánchez, perdería la mayoría absoluta. El estudio erró en la atribución de escaños a los populares, que obtuvieron 22 frente a los 18-20 que se les suponía, y en el cálculo de los que obtendría Ciudadanos (9-11, frente a los 4 que cosechó finalmente). Pero el Cemop acertó en lo sustancial:el PP perdió la mayoría absoluta, que es de 23 diputados, y desde entonces gobierna la Región a trancas y barrancas, apoyado en la muleta de Ciudadanos y ninguneado a menudo por la oposición. El cabreo de una parte de la dirección del PP con el Cemop fue tan mayúsculo que desde lo más alto del partido se acusó a los dos profesores de la Universidad que lo codirigen (Ismael Crespo, catedrático de Ciencia Política, y Juan José García Escribano, profesor de Sociología) de haber ‘cocinado’ torticeramente la encuesta para desmovilizar a su electorado en favor de Ciudadanos, algo que la realidad desmiente por sí sola: la formación de Albert Rivera logró solo 4 de los 45 parlamentarios en liza, por lo que cuesta creer que se viera beneficiada en sus magros resultados por el sondeo del Cemop. Pero el malestar en las alturas del PP, y en algún despacho noble de San Esteban, no quedó en semejante tontería, sino que llegó al extremo de cortarle la financiación al Cemop –que no puedehacer su trabajo sin ayudas públicas–, pese a formar parte del equipo, entonces y ahora, Maribel Sánchez-Mora, a quien el propio Pedro Antonio Sánchez fichó como consejera de Educación y Universidades un mes después de la encuesta. Desde entonces, hace ya tres años, estamos a ciegas en Murcia, y no solo en lo relativo a la intención de voto. Aquel sondeo revelaba también la gran inquietud que la corrupción suscitaba en el electorado y la pobre percepción que se tenía del Gobierno regional, cuya gestión era tildada como ‘mala o muy mala’ por el 41,9% de las personas preguntadas.

Y así, a ciegas, llegaremos a los triples comicios (municipales, autonómicos y europeos) de 2019, si la Asamblea Regional no lo evita antes. Los cuatro grupos parlamentarios analizarán en una próxima reunión de la Junta de Portavoces la petición que Ismael Crespo y García Escribano remitieron días atrás a la presidenta de la Cámara para que esta se encargue de financiar todos los años dos barómetros semestrales de opinión pública, a razón de 15.000 euros, y otros dos estudios más completos, antes y después de cada convocatoria electoral, que elevarían el coste total a 50.000 euros. Al cabo de varios meses jugando a la pelota por las reticencias de los populares, consta por fin la buena disposición de PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos, pendiente de que la plasmen en un acuerdo parlamentario adoptado por unanimidad, que es la condición impuesta por la presidencia de la Asamblea para embarcarse en el gasto. El Cemop plantea en su propuesta explorar la intención de voto en vísperas electorales, pero también evaluar cada seis meses la situación económica y la política, con una mirada retrospectiva y otra prospectiva a un año vista; preguntar por los problemas que aquejan a los murcianos; conocer y valorar a los líderes políticos; puntuar la gestión del Gobierno regional pero también la de la oposición, y escudriñar la confianza ciudadana en determinadas instituciones.

Las encuestas han sido incorporadas a la vida pública por las comunidades de Aragón, Baleares, Andalucía, Valencia, Canarias, Castilla y León, Navarra, Galicia y País Vasco, conscientes sus dirigentes de que aportan calidad democrática. También ponen de los nervios a los partidos, que suelen moverse a golpe de sondeos, como se aprecia estos días en la política nacional. Ciudadanos navega con viento de cola, y lo sabe por su triunfo en Cataluña pero también porque lo señalan todas las encuestas, tanto las que confeccionan empresas privadas como las que publica el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas). Sucede, sin embargo, que ni las unas ni las otras ofrecen información particularizada sobre el estado de ánimo en las distintas regiones, y cuando, de uvas a peras, los investigadores del CIS aterrizan en una autonomía como Murcia para rastrear la intención devoto, preguntan a 400 personas (600, a lo sumo), que son la mitad de las sondeadas por el Cemop en sus barómetros.

Las encuestas permiten a gobiernos y fuerzas opositoras orientar sus políticas, y a veces incluso reconducirlas. Basta recordar el esfuerzo del PP regional por adaptarse a una nueva realidad social con la celebración en marzo de las primeras elecciones primarias que el partido de Rajoy ensayará en España, en forma de un congreso extraordinario que tendrá por objeto reafirmar el liderazgo de Fernando López Miras, a quien su mentor Pedro Antonio Sánchez designó en su momento sin que a los 37.000 afiliados se les diera la oportunidad de legitimarlo. Pero estudios barométricos como los que el Cemop propone encierran otra virtualidad aún más importante para el común de los ciudadanos, porque no se limitan a aventurar cómo las distintas candidaturas se repartirán el voto, sino que reflejan también el sentir de la población respecto de asuntos polémicos que están en boca de todos. Nos permitirían, por ejemplo, saber si la Plataforma pro Soterramiento goza de un apoyo mayoritario en su reivindicación de que el AVEno llegue a Murcia hasta completarse el enterramiento de las vías, cómo delimitar en el Mar Menor el interés de los agricultores y la necesaria protección medioambiental de la laguna, hasta dónde nos parece que organizaciones como Podemos y Ciudadanos han satisfecho las expectativas que alimentaron en 2015, o si las primarias del PP responden a un intento sincero de profundización democrática o más bien a una operación cosmética.

Carecemos de respuestas para estas y otras preguntas, por lo que, mientras no haya encuestas confiables que nos ayuden, seguiremos corriendo el riesgo de que los mensajes interesados de los partidos terminen por engatusarnos o el ruido de las redes sociales nos ensordezca del todo.

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En los ojos de Urralburu

La radicalidad de su discurso le ocasiona miradas torvas y antipatías del lado más conservador, pero lo que peor lleva el secretario general de Podemos es que lo ataquen porque no es murciano

Que una y otra vez le recuerden que no nació en Murcia es lo que peor lleva Óscar Urralburu desde que se alzó con la secretaría general de Podemos, en febrero de 2015. De todos los improperios que el presidente de las cooperativas agrarias, Santiago Martínez, le soltó en la Asamblea Regional el pasado día 1, minutos antes de que la oposición aprobara en bloque las exigentes enmiendas a la ley de medidas urgentes para el Mar Menor, a Urralburu se le clavó, más honda que ninguna otra, la exclamación «¡ni siquiera eres murciano!», que Santiago Martínez repitió después en un corrillo con el presidente López Miras, sin que este se inmutara ante lo que Urralburu considera que fue una manifestación de naturaleza xenófoba.

El dirigente agrario espetó también a Urralburu, cara con cara y el índice levantado, que «estás jugando con la olla de mis hijos», que «cobras un sueldo de la Universidad, a veces dos al mes», y que «tú has dirigido todo esto», para insinuar que, si PSOE y Ciudadanos iban a suscribir las enmiendas -como finalmente sucedió-, lo harían empujados por Podemos, el partido que pretendía «cargarse» el sector agrícola. El vídeo de ‘La Verdad’ con este rifirrafe refleja uno de los momentos más tensos que se han vivido en el interior del Parlamento autónomo, con el líder de Podemos y la diputada María Giménez aguantando estoicamente las andanadas de Santiago Martínez, a quien Urralburu se limitó a contestar que dejara de hacer «teatrillo», pero reconcomido por dentro por el reproche de no ser murciano, que tantas veces ha escuchado en los tres últimos años.

Quienes presenciaron aquello aseguran que el portavoz del PP, Víctor Manuel Martínez, se alejó sabiamente del foco, y se sabe que Lucas Jiménez, el presidente del Sindicato Central de Regantes del Tajo-Segura, a quien las enmiendas de la oposición hacen la misma gracia (ninguna) que al presidente de las cooperativas agrarias, telefoneó al día siguiente a Óscar Urralburu para desmarcarse de Santiago Martínez. El secretario general de Podemos, docente de Secundaria en excedencia y profesor asociado en la Universidad de Murcia hasta que se liberó para dedicarse por completo a la política, mantiene fijado aún en su cuenta de Twitter el vídeo, por su contenido didáctico e ilustrativo de las malas artes. Después no ha vuelto a verse con el representante de las cooperativas, ni a pronunciarse públicamente al respecto de lo sucedido en la Asamblea, pero en privado cuenta que Santiago Martínez figura en el Registro Mercantil como administrador en varias empresas distribuidoras de nitratos y como apoderado en otras, una maldad sembrada ya en las redes sociales.

El líder de Podemos asegura que el propio presidente de la Comunidad Autónoma, de formas siempre blandas, le ha comentado en alguna ocasión que «tú no entiendes bien lo que pasa porque no eres de aquí». Sin acritud, pero dejándosela caer. Óscar Urralburu (Pamplona, 1971) vive en Murcia desde hace 25 años, tiene dos hijos nacidos en Murcia, en Murcia se doctoró en Bellas Artes y en Murcia se lanzó a la vida pública dirigiendo el sindicato asambleario Sterm, que en los años noventa agitaba con éxito las aulas contra las políticas educativas del PP. A la vista de su personal ‘curriculum vitae’, Urralburu no entiende cómo se le puede denegar su murcianía y por qué se le intenta desacreditar reprochándosele su origen navarro, salvo que sea, como parece, con la finalidad de desautorizar subrepticiamente su predicado político, por lo demás bien conocido: izquierdista del todo, de verbo mordaz, instalado en la radicalidad, provocador de biempensantes y engarzado en un partido de discurso frecuentemente agrio al que un 20% de los españoles mantienen su intención de votar, según la última encuesta del CIS, pero al que una buena parte del 80% restante ve como una amenaza para la democracia.

Cabría pensar que incluso en el terreno personal debe de ser incómoda la empresa de capitanear Podemos en una región que desde 1995 vota al PP mayoritariamente (y hasta 2015, con apoyos superiores al 60%) y en la que Podemos no se cansa de denunciar la existencia de ‘lobbies’ que supuestamente maniatan a los gobiernos de turno. Sorpresa. La pelotera con Santiago Martínez es el único episodio avinagrado de cierta intensidad que Óscar Urralburu ha sufrido en su relación con la patronal, los sindicatos, las otras fuerzas políticas -incluido el PP- y los numerosos colectivos e instituciones que discrepan abiertamente de Podemos y rechazan sus posiciones, pero sin llegar más lejos ni recurrir al oprobio personal en lo que podría llamarse una cordial disidencia. Uno de los cargos públicos más importantes del PP en la Región -y su familia- viven desde hace meses con protección policial porque los Cuerpos de Seguridad entienden que podrían ser presa fácil de algún desalmado, no viene al caso por qué. Urralburu no se ha visto ni por asomo en una coyuntura semejante, y de ahí que no salga de su asombro por el encaramiento que hubo de aguantar el día de las enmiendas a la ley del Mar Menor. Otra cosa es lo que sucede en los pueblos, donde Podemos se queja de que algunos alcaldes les niegan locales, de actitudes belicosas individuales en absoluto generalizables, y de poco más…, con una grave salvedad: al secretario general del partido en una localidad pequeña le envenenaron los perros en su casa de campo y le dejaron un aviso: «Tú serás el siguiente». Dimitió, asustado.

Urralburu tiene, por tanto, razones sobradas para proclamar el carácter tolerante y hospitalario de una región en la que observa conductas caciquiles aisladas y residuos de un feudalismo minador del progreso, pero a la vez una región en la que -asegura- se les escucha con respeto, a él y a su gente, pese al radicalismo de sus postulados y a la visión que de Murcia proyectan, nada complaciente con el poder establecido y en la que Podemos señala una peligrosa dualización social derivada de un reparto desigual de las rentas, inferiores a mil euros para el 53% de la población activa; un Instituto de Crédito y Finanzas poco útil para el reflotamiento de empresas en apuros; un Instituto de Fomento que identifica con un mercado persa en el que las ayudas «van siempre a las mismas manos», en lugar de impulsar una movilización social de la economía; una Administración endeudada hasta las cejas; una agricultura obligada a teñirse de verde «por su propio bien, porque no se trata de un capricho de ‘hippies’ o ecologistas, sino de una exigencia de Europa»; una economía sumergida que alcanza al 25% del PIB (unos 10.000 millones de euros) y explica -en opinión de Urralburu- que vuelvan a comprarse «tantos cochazos»; una legión de buenos investigadores sin los recursos necesarios para sacar adelante sus proyectos; y un Gobierno que se niega a habilitar la Oficina Antifraude que esta misma semana ha vuelto a reclamar Podemos en la Asamblea y ha caído otra vez en saco roto por falta de aliados parlamentarios.

Esta es, más o menos, la Murcia vista con los ojos de Urralburu. Una visión radical, para muchos apocalíptica, que le reporta miradas torvas y antipatías del lado más conservador, aunque nada tan doloroso personalmente para él como que lo ataquen por no ser murciano.

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Cien días con Diego Conesa

Puede que no sea un líder carismático, pero el nuevo secretario general de los socialistas se ha ganado en tres meses el respeto del partido, incluso por parte de quienes perdieron el congreso y se mantienen, aún, al acecho

Escuchar, escuchar, escuchar. Desde que ganó las primarias frente a la diputada María González Veracruz, el secretario general del PSOE ha conjugado el verbo escuchar por encima de cualquier otro, y esta inclinación inmanente a prestar atención es con certeza el santo y seña de su mandato en los cien días de luces y alguna sombra transcurridos desde aquel 30 de septiembre de 2017 en que Diego Conesa se llevó el gato al agua por 2.485 votos frente a los 2.265 de su adversaria, que parecía tener ventaja pero se quedó con el regusto amargo de una derrota inesperada y la sospecha de que la Comisión Ejecutiva Federal (CEF) se había entremetido en favor del alcalde de Alhama.

No es Diego Conesa un líder carismático al que no quepa discutir sus decisiones, pero la carencia de ‘sex appeal’ político se ve suplida en su caso por altas dosis de sentido común. El hálito que su trayectoria desprende al cabo de tres meses dibuja una estela de coherencia y de mucho trabajo, más que una personalidad fulgurante, de la que tampoco pueden presumir los otros mandatarios de la Región, todos los cuales adolecen por igual de lo mismo -la falta de unanimidad entre los suyos-, quizá porque acaban de salir del nido y no terminan de cuajar, o porque los caudillajes se acabaron con Valcárcel y esto es lo que hay.

La bisoñez hizo que Conesa se dejara ningunear por el palacio de San Esteban cuando el nuevo presidente de la Comunidad Autónoma lo puso a la cola, por detrás de Ciudadanos y Podemos, en su primera ronda de audiencias a los dirigentes de los partidos con representación parlamentaria. Y una imprudencia -error inhabitual en él- le llevó a hablar de ‘socialistos’ para referirse a sus antecesores en el PSOE, en lugar de decir, simplemente, lo que quería decir: que se acabó el tiempo en el que un grupo reducido de la Ejecutiva regional decidía por los afiliados. La adjetivación, más propia de contrincantes que de compañeros, era innecesaria y estuvo a punto de incendiar el ánimo de muchos de los militantes que habían perdido su apuesta por María González y se mantenían, leales, en el letargo orgánico. Ahí siguen, por cierto, a la expectativa de lo que haga el secretario general. La primera prueba de fuego está cerca ya. Las elecciones que las trece agrupaciones locales de Murcia celebrarán en abril para elegir una ejecutiva municipal permitirán saber si la mitad del partido que en septiembre arropó a la diputada (50,64% de los votos) decide ajustar cuentas, o no, con la otra mitad que prefirió a Diego Conesa (48,8%). Todo dependerá de cómo el secretario general aborde el proceso, cuyo diseño ha encargado al veterano José Ignacio Gras y al que María González no piensa -hoy por hoy- concurrir personalmente, pero para el que exige una solución de consenso que respete su mayor influencia en el municipio, la misma demanda que planteará cuando las primarias para confeccionar las candidaturas municipales de 2019 lleguen a Cartagena y Lorca, feudos también de la diputada y donde Conesa se ha anticipado ya a garantizar la continuidad de los actuales responsables socialistas, en una señal inequívoca de su deseo de contribuir a la paz interna.

El caso es que el PSRM está tranquilo, en parte por el agotamiento derivado de contiendas aún recientes que le entumecieron las ganas de pelea, pero también y en gran medida porque el secretario general se ha ganado su respeto, más allá de algunas consideraciones críticas, como que le falta genio político, que el partido socialista no termina de imponerse como líder que es de la oposición, acogotado por un protagonismo superior de Podemos y Ciudadanos en la Asamblea Regional, y que quien está llamado a disputarle la presidencia autonómica al PP todavía no le ha puesto a Fernando López Miras los pavos a la sombra con mensajes de calado que entusiasmen al electorado. Pero estas sombras no alcanzan a oscurecer los primeros cien días de Diego Conesa, en los que el PSOE ha hablado de agua más que en veinte años, sabedor de que el agua da y quita votos en Murcia y de que está en condiciones, ayudado por los estragos de la sequía, de cogerle la delantera al PP. Diego Conesa se ha reunido con antiguos responsables socialistas de agricultura como Fuentes Zorita y José Luis Albacete, ha estudiado el legado que dejó el malogrado exconsejero Antonio León, ha debatido la situación al detalle con los sindicatos de agricultores, los regantes del Trasvase y los exportadores de frutas y hortalizas, ha montado una conferencia abierta del agua, y del agua debatirá el Comité Regional en su próxima reunión del 10 de febrero, a la que Conesa ha invitado a todos los ex secretarios generales del partido para que también ellos colaboren en la reconstrucción de un programa socialista plausible en materia de recursos hídricos.

Escuchar, escuchar y escuchar. Más de ochenta reuniones ha mantenido en este tiempo el mandatario del PSOE con grupos de la sociedad civil, entre los que ha encontrado un fuerte desencanto con las políticas del PP en la Región (donde gobierna desde hace 23 años), y a los que ha dejado, por lo general, la impresión de un político abierto, congruente y capaz. La Ejecutiva federal ha situado a Murcia entre sus objetivos prioritarios de cara a la triple convocatoria electoral de 2019 (municipales, autonómicas y europeas), convencida de que esta es una de las regiones con más posibilidades de reconquista, y en las que Pedro Sánchez más se volcará también personalmente para empujar a su gente hacia el poder.

Los socialistas de su pueblo conocen bien la tenacidad de Diego Conesa y la exigencia que imprime a sus proyectos. La candidatura a las municipales de Alhama que ganó en 2015 se formó después de seis meses en los que todos los afiliados que aspiraban inicialmente a integrarla tuvieron que asistir cada sábado a clases básicas de formación y comprometerse a patear la calle para buzonear puerta a puerta la propaganda socialista; un cordón sanitario que alumbró, en opinión de Conesa, la mejor lista posible. A eso se refería el secretario general del PSRM cuando torpemente habló de ‘socialistos’: «¿Cómo va a ser lo mismo que todos los afiliados participen, trabajen y dispongan de idénticas opciones para salir elegidos que una decisión tomada desde arriba por unos pocos dirigentes?». De ahí también su empeño en restituir mediante primarias la agrupación municipal de Murcia, que la Ejecutiva anterior troceó para evitar reinos de taifas que resultaran ingobernables. Diego Conesa tiene una máxima para explicar su acusada devoción por hacer primarias para todo: «Mil doscientos compañeros tienen más posibilidades de acertar que media docena de dirigentes».

Lo de escuchar es casi una obsesión para Diego Conesa, que se apunta una sorprendente frustración personal cuando se le pregunta por lo peor de su gestión al cabo de estos primeros cien días: «Quizá no he escuchado lo suficiente».

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Ballesta, dos por el precio de uno

Domingo por la tarde, en casa de Roque Ortiz. «Si te vas tú, me voy yo». El alcalde de Murcia estuvo a un tris de plantearle a su partido el órdago de Felipe González al PSOE, cuando estalló el escándalo de Juan Guerra. Pero la cabeza le ganó finalmente al corazón

Martes, 23. Estaba insomne. Cambió la cama por el salón y leyó en la edición digital de ‘La Verdad’ la filípica de Fernando López Miras en los maitines del PP, la reunión semanal del Comité de Dirección del partido: «Si Roque Ortiz fuera un miembro de mi Gobierno, ya habría dimitido». Se repitió entonces la pregunta que le aullaba en la cabeza desde el domingo por la tarde: «¿Vale la pena seguir así?». De esta forma empezaba el día más largo y doloroso de la carrera política de José Ballesta, la jornada en la que debía servir en bandeja al PP la cabeza de su amigo y más estrecho colaborador en los últimos 25 años.

Domingo, 21. No era la primera vez que el alcalde de Murcia se entregaba a la duda. La tarde del domingo la pasaron juntos, en la casa del concejal, deshojando margaritas. Aún barajaban las opciones a su alcance para salir de la ratonera en la que ambos estaban atrapados por la baladronada de Roque Ortiz ante los pedáneos del PP, a los que transmitió sin pudor -y en presencia del alcalde, enmudecido- un estilo caciquil de hacer política, una exhortación a practicar el clientelismo para ganar votos a costa de los concursos públicos y de la libre concurrencia para entrar a trabajar en las empresas contratistas del Ayuntamiento. Un audio escandaloso. Transcurridos ya tres días desde la filtración de la arenga de Ortiz, la presión de la opinión pública y de la oposición se hacía insostenible. Las opciones eran, en aquel momento, cuatro: que dimitiera Roque Ortiz, que lo hiciera José Ballesta, que no se fuera ninguno o que se fueran los dos. Dos por el precio de uno. Con este órdago del 2×1 frenó Felipe González al PSOE cuando media España y la otra también le exigían que destituyera a Alfonso Guerra, su ‘número dos’, tras destaparse el escándalo del despacho oficial que su hermano Juan ocupaba en la Delegación del Gobierno de Sevilla sin merecimiento ni pasaporte. Del 2×1 de Felipe González hablaron también Ballesta y Ortiz en la tarde del domingo. El alcalde le ofreció su inmolación al amigo, quien lo frenó en seco: «Ni se te ocurra. Me voy yo y ya está». Pero Ballesta, una vez asumido que algún precio habría que pagar por la fanfarronada de su concejal, todavía no había descartado otra de las opciones posibles: la de irse él también. Fue cuando empezó a preguntarse: «¿Vale la pena seguir así?».

Lunes, 22. Las horas se le fueron al alcalde de las manos entre las muchas dudas y la pelea de la cabeza con su corazón desgarrado. Terminó agotado, pero apenas durmió, y en la vigilia se acordó de Flaubert: «Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo». A lo largo del día, nadie le había puesto al tanto de la advertencia de López Miras en los maitines del PP, a los que asisten varios alcaldes, el delegado del Gobierno, los vicesecretarios del partido y Maruja Pelegrín, quien a su condición de secretaria general del PP une la de teniente de alcalde en el equipo de Ballesta. Nada le comentó, sin embargo, acerca de la reprimenda de López Miras. He aquí una clave interesante del costurón abierto en el PP por el ‘caso Ortiz’, que es consecuencia, para muchos observadores y algún que otro protagonista, del fuego amigo. Maruja Pelegrín era del equipo del anterior alcalde, forma parte de lo que podría denominarse la cuota camarista impuesta por el partido en la candidatura de Ballesta.

Martes, 23. El día más largo. Decisión tomada. Roque Ortiz se encierra en su despacho a las diez de la mañana, se pone al ordenador y redacta su carta de renuncia, precedida de media docena de borradores mil veces retocados. Encabeza su misiva con un manuscrito ‘Querido Jóse’ (el apelativo familiar de José Ballesta, con tilde en la primera sílaba del nombre de pila), y en ella abjura de ‘la nueva política’, por el atosigamiento incesante de los partidos de la oposición y el ruido ensordecedor de las redes sociales, al tiempo que reprocha al PP, aunque sin una mención expresa, que le obligue a dimitir en apenas cuatro días sin estar imputado, «no como otros», en alusión clarísima a Pilar Barreiro, que sigue en el Senado con sus cinco imputaciones judiciales a cuestas, y a Pedro Antonio Sánchez, que castigó al partido con una larga y estéril agonía antes de tirar la toalla.

Cinco de la tarde, más o menos. El alcalde convoca de urgencia por WhatsApp a sus once concejales en la sala municipal de la Junta de Gobierno. Roque Ortiz también acude, pero se niega a sentarse en su silla de siempre, a la derecha de Ballesta. «Ya no soy el primer teniente de alcalde». Aquello parecía un velatorio, con lágrimas incluidas. Ballesta lloró.

Ya de noche, abandonaron la casa consistorial en procesión que parecía la del silencio. Todos dejaron a Roque Ortiz a la puerta de su casa y, después, hicieron lo propio con José Ballesta. Antes, hubo que llamar al 061 porque Antonio Navarro, el edil de Urbanismo, se desvaneció a mitad de la reunión, sin mayores consecuencias. El WhatsApp del alcalde lo sacó de la cama, y no estaba para funerales.

Miércoles, 24. Suena el teléfono de la alcaldía. Llaman de la secretaría del presidente de la Comunidad Autónoma (y del partido), Fernando López Miras. Ballesta no se pone. Está muy ocupado preparando el Pleno del jueves, que la oposición iba a convertir, y se sabía, en un juicio sumarísimo (y justísimo) a Roque Ortiz por sus malas prácticas verbales, eso que su amigo el alcalde justifica con una apelación constante a su «carácter volcánico».

Roque Ortiz sí se ve con el presidente, que lo ha citado en San Esteban, quizá en un intento de humanizar su defenestración. Altos cargos del PP no terminan de explicarse el por qué del encuentro, que debio de ser un trago amargo para el uno y para el otro.

Allegados al exconcejal cuentan que a este, zaherido por la situación, se le ha pasado por la imaginación darse de baja en el partido. No hay constancia oficial.

Jueves, 25. Ha pasado una semana y Fernando López Miras y José Ballesta siguen sin hablar del asunto, desde que ambos se echaron las manos a la cabeza cuando el petardo les explotó en la cara, activado a distancia mientras ellos se paseaban por Fitur. Entonces, apenas tuvieron tiempo más que para tratar de digerir el susto.

El presidente se deshace en elogios públicamente hacia el alcalde de Murcia. «Es nuestro principal activo, y deseo que siga siendo el alcalde muchos años más». Desde el Ayuntamiento, sin embargo, se pone sordina a los reiterados llamamientos del Gobierno regional a la normalidad y a la negación de la crisis. No se responde con el mismo entusiasmo. Porque resulta evidente que ha habido una crisis y que ha sido de las peores posibles, una crisis de confianza entre los moradores de los dos despachos institucionales más influyentes de la Región.

La desconfianza venía de lejos. El paso de Ballesta por dos consejerías no chirrió en el PP, pero, ya en La Glorieta, el alcalde desplegó sus personalísimos modos; uno de ellos, la esquivez hacia los usos y costumbres de la vida orgánica de las formaciones políticas, que se nutre de reuniones sin fuste, visitas a los pueblos, doctrinarios y ordeno y mando. Ballesta no pertenece a ese mundo, y la primera y desagradable constatación de ello que se tuvo en el partido fue la negociación que acometió con Rafael González Tovar, sin encomendarse a nadie, para desbloquear los Presupuestos municipales de 2017. González Tovar ocupaba en aquel momento la secretaría general del PSOE, y tenía su escaño en la Asamblea Regional, no en el Ayuntamiento, por lo que, desde un punto de vista formal, no era el interlocutor apropiado para sacar adelante las cuentas municipales. Ballesta no informó a su partido de que se reuniría en un hotel con Tovar, a la sazón una bestia negra para el PP, y el partido tomó nota, como hizo meses después, cuando cientos de militantes y casi todos los cargos públicos populares pusieron en circulación el #yoconPedroAntonio, para acompañar en sus horas bajas al todopoderoso Pedro Antonio Sánchez, y Ballesta -cuentan- no se retrató.

Es difícil aventurar qué rumbo tomarán a partir de ahora las relaciones del alcalde de Murcia con la dirección del PP, más allá de las declaraciones de cortesía obligada. Hoy por hoy, Ballesta se muestra dolido, consciente de que no ha entrado aún en la fase de superación, y lo único cierto es que por su cabeza rondó, durante muchas horas de insomnio, la idea del ‘dos por el precio de uno’ y una pregunta que llegó a machacarle las sienes: «¿Vale la pena seguir así?».

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El alcalde inaprensible

José Ballesta. | Ilustración: Álex

José Ballesta. | Ilustración: Álex

Nadie en el PP pidió a José Ballesta que dejara su ego en la puerta, cuando fue invitado en 2015 a encabezar la candidatura a la alcaldía de Murcia. Eso fue lo que sí hizo el productor musical que reunió a los mejores divos de los ochenta para grabar el maravilloso ‘We are the world’: tomó precauciones para que las vanidades de Ray Charles, Stevie Wonder, Bob Dylan, Bruce Springsteen y otras estrellas no chocaran en el estudio. La sinfonía contra la hambruna en África sonó perfecta debido en parte a la advertencia que Quincy Jones incluyó en sus cartas de invitación a los solistas participantes: «Dejen su ego en la puerta». Pero el PP no avisó a Ballesta de que para ser alcalde convenía tocar al unísono la misma partitura, de tal suerte que el candidato se lanzó a la carrera electoral con todos sus pertrechos: catedrático, humanista, linajudo, académico de número, más dado a estar en el salón que en la trastienda, un verso suelto en el partido e inaprensible en la doble acepción léxica del término, imposible de asir y, a veces, imposible también de comprender. De sobra conocía el PP estos atributos, y de hecho los puso en valor para empacar la imagen pública de su alcaldable, que, dos años y medio después, concita (salta a la vista) más simpatías fuera que dentro del partido, y que esta semana desató entre dirigentes populares el temor casi atávico a que el personalismo de Ballesta hiciera añicos el nuevo PP de Fernando López Miras.

La última vez que hablé con Ballesta me sacó en un momento a relucir (que yo recuerde) a Umberto Eco, Marguerite Yourcenar, Gustave Flaubert y el Real Madrid, y era de política de lo que hablábamos. El miércoles pasado, caliente aún en los telediarios la renuncia de Roque Ortiz, humeantes las redes sociales, y la oposición municipal afilando ya las uñas para repudiar al exconcejal por su alegato caciquil y de paso reprobar al alcalde en el Pleno del día siguiente (dicho de otra forma: con el Ayuntamiento, patas arriba), Ballesta recibió a participantes de doce países en un encuentro internacional sobre gobernanza local, y tranquilamente, como si nada estuviera sucediendo, evocó a Jorge Guillén y habló a sus invitados europeos (en inglés) de «la atmósfera de felicidad» que se respira en Murcia.

Que nadie lo espere en el obrador del partido donde se cuecen y se amasan las estrategias, las zancadillas y los mensajes de campaña. Y mítines, los justos y sin prisas por acabar. Ballesta va por libre y toca su propia partitura, entone o no en la sinfonía. Pero pasará el duelo y las distancias entre La Glorieta y San Esteban se acortarán. Ni José Francisco Ballesta Germán encontraría para su carrera otro acomodo político tan de su agrado como la alcaldía de Murcia ni el PP hallaría un candidato mejor que él.

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Ciudadanos, tres al día

El partido naranja, que sigue subiendo en afiliación como un suflé, encarga a Miguel López Bachero el papel de cazatalentos, prescriptores sociales de prestigio que ya trabajan como expertos

Lo verdaderamente emocionante de la cadena de oro, aquella estafa piramidal que en los años ochenta reportó pingües ganancias a los más espabilados del juego (a costa de otros muchos pardillos), era llegar cada mañana al banco, actualizar la cartilla y constatar un día más el crecimiento fulgurante de la cuenta corriente a base de imposiciones anónimas de mil pesetas, que entraban por remesas y proporcionaban un chute de adrenalina similar al que Ciudadanos experimenta cada vez que consulta su base de afiliados y contempla nuevas incorporaciones. De los 22.000 inscritos que el partido de Albert Rivera registraba en España en noviembre pasado, 1.047 eran de Murcia, la segunda región con un mayor aumento de la militancia (22%), solo por detrás de Cataluña, donde Ciudadanos es la primera fuerza en votos gracias al triunfo de Inés Arrimadas en las elecciones del 21-D. El censo va ya por los 1.210 militantes (dato del viernes pasado), lo que confirma un goteo constante, a razón de tres altas al día, y dibuja una tendencia que parece destinada a consolidarse y está directamente relacionada con el desencanto creciente hacia el PP, sin duda el caladero donde más papeletas pescarán Ciudadanos y el nuevo partido de Alberto Garre.

La identificación de Rivera con la unidad nacional, cuando –y donde– más amenazada se veía esta por el independentismo, y la frescura de su candidata Arrimadas, explican un éxito cuyas razones resultan de difícil extrapolación a Murcia. De hecho, habrá que esperar a mayo de 2019 para verificar si las urnas confirman también aquí el robustecimiento de Ciudadanos que anticipan las encuestas, pero la subida de la afiliación es ya un hecho –especialmente llamativo en Murcia, Molina de Segura y Alcantarilla–, al igual que el aterrizaje en el partido de destacados miembros de la sociedad civil, algunos situados en puestos de responsabilidad dentro de los ámbitos de la Región en los que se mueven. Ciudadanos prevé darlos a conocer en breve, envueltos en la vitola de grupos de expertos en economía, sanidad, justicia, educación y cultura. Algunos de ellos han llegado a la casa de la mano de Miguel López Bachero, profesor de la UMU y ex director gerente del Círculo de Economía, cuyo alistamiento en octubre pasado como secretario de Programas y Áreas Sectoriales insufla al proyecto autonómico de Albert Rivera una pátina de rigor y seriedad que viene a contrarrestar la idea primigenia de que Ciudadanos se nutre en parte de advenedizos y desechos de tienta, una imagen que hoy ya no se sostiene. López Bachero es el cazatalentos del partido, un ‘fichador’ de caras reconocibles en Murcia, por el momento colaboradores (no todos se han afiliado), entre los que hay personas a las que se asociará con el PSOE y otras vinculadas en mayor o menor medida al PP, si bien el perfil que se busca desde el Comité Autonómico responde a un dibujo distinto: influyentes, profesionales, clase media e independientes, etiquetas todas ellas muy queridas por los liberales, que también se enorgullecen de estar recibiendo un aluvión de mujeres.

A diferencia de Podemos, donde sus círculos asamblearios no impiden saber quién lleva la batuta (Óscar Urralburu), y de los partidos tradicionales, representados en el PP por un presidente (Fernando López Miras), y en el PSOE por un secretario general (Diego Conesa), en Ciudadanos se hace difícil localizar entre sus dirigentes a un líder omnímodo, alineados como están en una extraña estructura horizontal de mando en la que Albert Rivera sobresale por encima de las nubes, pero sin que haya un referente regional nítido. Miguel Sánchez tiene más visibilidad que nadie debido al altavoz que le da su doble faceta de portavoz en la Asamblea Regional y en el partido, pero en la parcela orgánica se sienta casi a la misma altura, aunque con voto de calidad, que Valle Miguélez (secretaria de Organización), López Bachero (Programas y Áreas Sectoriales), José Luis Ros (Comunicación), Francisco Álvarez (Acción Institucional) y María Dolores Jiménez (Relaciones Institucionales). Todos ellos son secretarios ejecutivos, junto con Miguel Garaulet (diputado al Congreso), Juan José Molina (diputado regional) y los portavoces municipales de Murcia (Mario Gómez), Cartagena (Manuel Padín) y Yecla (Antonio Puche). Ciudadanos cerrará la semana próxima la composición de siete comités territoriales, y sus respectivos coordinadores se sumarán al Comité Autonómico, que quedará formado por un total de dieciocho dirigentes y funcionará de forma parecida al Comité Ejecutivo en el PP o a la Comisión Ejecutiva del PSOE.
Miguel Sánchez figura como ‘primus inter pares’, pero ¿puede hablarse de él como un líder indiscutible de Ciudadanos? ¿Goza del respaldo mayoritario de los afiliados para superar las primarias del partido –a las que se presentará–, y de la confianza social necesaria para ganar las elecciones autonómicas? Hay quienes dudan de su liderazgo, pero él se ve fuerte, y convencido de sus opciones para vencer en las primarias que la formación naranja celebrará, probablemente a la vuelta del verano, para elegir a los candidatos a la Comunidad Autónoma y –atención– a las 45 alcaldías de la Región. El notable crecimiento de afiliados, y su certeza de que la política regional asiste ya a un cambio de ciclo, alimentan el entusiasmo de Ciudadanos, que tiene ya decidido un cambio sustancial con respecto a los comicios de 2015:el partido de Albert Rivera no volverá a suscribir un pacto de investidura. Si otro partido necesita a sus diputados, deberá compartir el poder con Ciudadanos, y pactar un programa de gobierno. Ciudadanos se ha cansado ya de estar en la oposición.

La pregunta era otra

López Miras se hace mayor con la imputación de Pilar Barreiro

La ceremoniosa rueda de prensa en la que Fernando López Miras (FER) anunció una rebaja del IRPFen el tramo autonómico, con todos sus consejeros esperando sentados a que el jefe descendiera por las escaleras del palacio de San Esteban, tuvo su miga. Puso de manifiesto que el presidente autonómico más joven de España se está haciendo mayor. Se le preguntó si permitirá, en su condición de presidente regional del PP, que Pilar Barreiro retenga su escaño en el Senado pese a que mañana comparecerá ante el Tribunal Supremo como imputada por sus relaciones con la trama ‘Púnica’, y FER contestó: «Si tengo que echar a patadas a alguien de mi proyecto, será cuando lo diga un juez». Pero esa no era la respuesta que se esperaba de él, no la que debió dar, porque la pregunta era otra, y la respondió como si llevara toda la vida al frente del PP.

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