La Verdad
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Autor: Miguel Rubio
150 familias
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Miguel Rubio | 20-01-2018 | 10:34| 2

Esta no es la Historia de nombres ilustres; ni tampoco de grandes batallas que forjan imperios. Pero no por ello deja de ser importante. Una reciente investigación acaba de poner rostro a 150 genealogías de familias mazarroneras que a principios del siglo XX se vieron obligadas a escapar del hambre que trajo la crisis minera. Buscaron un futuro en Cataluña, y su soltura en el laboreo dentro de las entrañas de la tierra les valió a muchos de estos emigrantes como la mejor carta de recomendación para trabajar en la construcción del Metro de Barcelona y de la red de alcantarillado.

El estudio del historiador local, de raíces mazarroneras, Joaquín Ruiz y la demógrafa Cristina López, titulado ‘Redes migratorias mazarroneras en Collblanc-La Torrasa 1924’, pone nombres y apellidos a esa oleada de emigrantes de las primeras dos décadas del siglo pasado que se establecieron en ese barrio de L’Hospitalet de Llobregat, en el área metropolitana de Barcelona. Ese asentamiento llegó a conocerse como la ‘Murcia chica’ debido a que casi uno de cada cuatro residentes tenía sus orígenes en esta región. Como recuerda Ruiz, Collblanc-La Torrasa, donde nació y reside, surgió casi de la nada gracias a ese fenómeno migratorio. Según el estudio, en 1900 allí vivían 301 personas, frente a los 21.185 que se contabilizaron treinta años después. En 1924, del total de población murciana en ese núcleo, el 8,27% procedía de Mazarrón. «La emigración forma parte de la historia reciente de los mazarroneros en el primer tercio del siglo XX, y, además, es uno de los factores clave para entender los itinerarios posteriores de muchos de ellos ante la represión franquista, el exilio y la deportación», reflexiona el autor.

Esos flujos interiores de población movidos por la crisis industrial han sido objeto de numerosas investigaciones. Pero el trabajo de Ruiz y López arroja luz sobre dos singularidades que caracterizan estas oleadas de mazarroneros con destino al cinturón urbano de Barcelona. La primera, que es «un proyecto migratorio familiar extenso». Esto quiere decir que se marchaba la saga al completo (como demuestra la presencia incluso de mujeres mayores, a menudo viudas), y no solo aquellos miembros productivos, capaces de trabajar y de generar ingresos, como ocurre en otros fenómenos migratorios. La otra singularidad se refiere a que era un itinerario por etapas. El éxodo de muchas de estas familias se inicia a finales del XIX en Cuevas de Vera coincidiendo con el hundimiento de las explotaciones mineras de esa comarca almeriense vecina de la Región de Murcia. Esos clanes se trasladan entonces a Mazarrón, donde el negocio del metal aún se mantiene fuerte y encuentran trabajo. Cuando en el primer lustro de 1900 este distrito también entra en crisis, entonces se trasladan a los cotos de La Unión, donde la minería sigue activa hasta 1916. Y desde allí dan el salto hasta L’Hospitalet, arrastrados por el desempleo que trajo el desmantelamiento del negocio de la minería en la Región. Este es el caso de los Collado-Pérez, una de las 150 familias estudiadas por Ruiz y Pérez.

Fotografía de la familia Collado-Pérez, realizada en el año 1920, cedida por Andrés y Francesc Collado y que aparece en la publicación de Joaquín Ruiz y Cristina López.

Fotografía de la familia Collado-Pérez, realizada en el año 1920, cedida por Andrés y Francesc Collado y que aparece en la publicación de Joaquín Ruiz y Cristina López.

La investigación ya ha sido presentada en Mazarrón y L’Hospitalet de Llobregat. Se trata del primer estudio publicado en papel por la asociación Alumbra Alumbre, historia y memoria. Enhorabuena, pues. Y felicidades por descubrir esas raíces que son la esencia de nosotros mismos.

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Elogio al espacio público
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Miguel Rubio | 22-11-2017 | 6:01| 2

Defienden el espacio público y la participación espontánea de los ciudadanos en sus proyectos. Dos aspectos que están muy presentes en la obra con la que han ganado el Premio Regional de Arquitectura: ‘La misteriosa historia del jardín que produce agua’, en Cehegín. Los madrileños Mónica García y Javier Rubio, del estudio Cómo crear historias, derrochan imaginación en su reto de “hacer una ciudad más amable, que te reconforte cuando lo necesites”. Con motivo de la entrega del galardón (el 4 de diciembre, a las 19 horas, en el Archivo General de Murcia), recuperamos la entrevista concedida a ‘La Verdad’.
–Su proyecto ganador en los Premios de Arquitectura de la Región es un jardín. ¿No puede parecer una contradicción?
–Donde hay espacio para ser vivido, hay arquitectura. Este jardín es un espacio público que además esconde en un bolsillo un edificio destinado a vivero de empresas. Aunque no llevase este edificio, seguiría siendo arquitectura.
–De hecho, es una obra viva, porque aún debe crecer toda esa vegetación para alcanzar la imagen que ustedes idearon.
–Sí, se trata de una obra en continua transformación sujeta a la acción vegetal, del paso de las estaciones y del tiempo. Es una delicia disfrutar de cómo este espacio sigue construyéndose, nosotros tan solo sembramos la semilla.
–A la hora de pensar en esta nueva imagen para El Coso de Cehegín, tuvieron muy en cuenta los senderos que habían creado los propios vecinos, casi de una forma natural, con el paso del tiempo. ¿Hasta qué punto es importante la participación de los usuarios/ciudadanos en sus diseños?
–El solar de El Coso era una gran herida en la ciudad iniciada como consecuencia de una nevada en los 50. Las calles que daban a este espacio quedaron desconectadas, pero los habitantes necesitaban atravesarlo para pasar al otro lado, así que comenzaron a trazar sus propios caminos, eligiendo los más cómodos, es lo que se conoce como “desire paths”, caminos creados con los pasos de las personas que decidieron su trazado. En nuestro estudio este tipo de mecanismo de participación espontánea es esencial y lo incorporamos al diseño de nuestros proyectos, es un tipo de participación pura y efectiva, tan solo hay que escucharla.
–Ahora, buena parte de los proyectos de ciudad suelen pasar antes por una consulta ciudadana. Pero existe la posibilidad de que los vecinos, por diferentes motivos e intereses, se equivoquen. ¿No es jugar con fuego, ya que puede conducir a errores o fallos esta “arquitectura democrática”?
–Es posible que se juegue con fuego si no se emplea de manera adecuada esa participación. ¿Someteríais a consulta ciudadana cómo realizar una operación de corazón? No, ¿verdad? Pues en la arquitectura es lo mismo. Sin embargo, lo que sí que es necesario es detectar los síntomas para que un profesional diseñe el procedimiento a seguir o cómo realizarlo de manera específica. Los ciudadanos tienen su conocimiento basado en el uso y necesitan apoyo de expertos para poder profundizar más.
–Esta ha sido una edición de los premios marcada por la ecología, la sostenibilidad y el ahorro; también alejada de proyectos faraónicos y preocupada por lo que desean y necesitan sus futuros usuarios. ¿Es esta la arquitectura de un nuevo tiempo, de nuestro tiempo?
–Hace años que lleva siendo así. De hecho la reflexión en torno a la ecología, sostenibilidad y ahorro o eficiencia en arquitectura existe desde hace mucho tiempo. Nosotros creemos que todos los proyectos deben contar desde sus planteamientos iniciales con estos tres aspectos, que se apoyan mutuamente. No considerarlos por el motivo que sea nos parece ir en contra de la realidad.
–Comparten profesión, comparten estudio y, también, un proyecto de vida [su hija Violeta nació en 2011]. ¿Resulta más fácil así el proceso creativo?
–Sí, para nosotros fue algo natural que fuese así. Hacemos largas sesiones de ensoñaciones donde vamos encajando las ideas de los proyectos. Se trata de un proceso creativo artesanal basado en el diálogo, la investigación y el trazado a mano sucesivo. Cuando dibujamos, pensamos en todo el conjunto de experiencias que rodean y acogen el espacio, entramos en un proceso circular de dibujo vinculado al trazado y a la manera de contar las cosas que va encontrando su lugar a base de sucesivas capas superpuestas.
–Defienden el espacio público, que en los últimos años ha perdido terreno en favor del negocio privado en muchas urbes, como Murcia. ¿Es posible alcanzar un equilibrio que satisfaga a todos?
–Siempre defendemos el espacio público o de uso público donde se desarrollan gran parte de nuestras acciones sociales. Además de posible, sería muy necesario cambiar el equilibrio que tenemos actualmente, porque en realidad satisface a muy pocos, salvo en contadas excepciones. Estamos condicionados por la ciudad en la que vivimos porque determina en gran medida las relaciones entre las personas que la habitan y nuestro bienestar.
Según Jan Gehl [el arquitecto danés impulsor de la peatonalización de Broadway], en las ciudades se producen tres tipos de actividades básicas en lo que él llama espacio entre los edificios: las actividades necesarias que son obligatorias; las opcionales que te apetece hacer y disfrutas haciéndolas; y las sociales que dependen de la presencia de personas en el espacio público y, por tanto, de las actividades necesarias y opcionales. Si el negocio privado nos quita esta posibilidad de relación o nos hace pagar un precio para poder disfrutarla, entonces no es posible ese equilibrio.

Javier Rubio y Mónica García, en su estudio. / Luis García Craus ("Rivas al día")

Javier Rubio y Mónica García, en su estudio. / Luis García Craus (“Rivas al día”)

–¿Tienen su propia receta para una ciudad más habitable? ¿Cuál sería?
–Si el entorno no es agradable o las distancias son muy largas y además no disfrutas del paseo, realizas el mínimo de actividades necesarias y las haces lo más rápido posible. Esto obliga en muchos casos a usar el coche hasta para ir a comprar el pan. Los espacios exteriores de poca calidad tienen el mínimo de actividad y por lo tanto crean pocas conexiones entre sus habitantes, son lugares que no nos reconfortan.
En una ciudad sana, habitable, conviven una gran cantidad de actividades necesarias, opcionales y sociales. En una ciudad sana, el espacio público es el lugar de encuentro, y no los centros comerciales. Si el medio físico no facilita el disfrute de pasear o de ir en bicicleta, se tiene que recurrir al coche para realizar los desplazamientos y esto deteriora la calidad urbana, pues además de contaminar, disminuye su posibilidad de acoger actividades, vacía las calles, las hace más inseguras y poco apetecibles para disfrutarlas.
Nuestro reto es revertir esta situación y recuperar el espacio público para hacer ciudad, una ciudad más amable, que te ayude en el día a día, que te reconforte cuando lo necesites y que contribuya a crear conexiones entre sus habitantes. Los edificios y su relación con el espacio público son la clave para conseguirlo. Eso es precisamente lo que intentamos conseguir en “La misteriosa historia del jardín que produce agua”.
–Su estudio parece un gran contenedor de ideas: viviendas, acciones urbanas, escaparates, comunicación gráfica, espacios de juego, arte sonoro… ¿Tuvieron que diversificar para sobrevivir o forma parte de su filosofía profesional?
–Forma parte de nuestra filosofía. Lo que más nos gusta hacer es crear y vemos patrones similares de creación en diferentes ámbitos. A lo largo de los años hemos desarrollado un conocimiento basado en la investigación en diferentes ámbitos unidos por la creatividad. Posiblemente sea una estrategia equivocada, son muchos los que apuntan a la especialización para sobrevivir, pero no podemos evitarlo, nos gusta lo que hacemos en diferentes ámbitos.

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Cementerios con historia
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Miguel Rubio | 29-10-2017 | 1:39| 2

Los cementerios, lugares de visita obligada estos días, se prestan a la melancolía y al recuerdo. Son espacios con una profunda carga sentimental; tristes por los lazos que nos unen a quienes allí reposan. Sin embargo, también forman parte de la historia; ayudan a comprender mejor el devenir de los pueblos a los que sirven. Es más, contienen retazos del patrimonio cultural. El camposanto de Mazarrón no es la excepción, y al Ayuntamiento se le ha presentado una oportunidad de oro (¿la sabrá aprovechar?) para reconocer todos los valores artísticos e inmateriales que atesora. A raíz de una solicitud ciudadana, la Consejería de Cultura ha sugerido al Consistorio que proteja tres de las sepulturas del recinto. Por algo se empieza. Ahora solo cabe confiar en que la propuesta no caiga en el olvido.

Una de las tumbas infantiles del cementerio de Mazarrón. P. RUBIO

Una de las tumbas infantiles del cementerio de Mazarrón.
P. RUBIO

Los técnicos de Patrimonio Histórico se refieren a los panteones de los Martínez-Oliva  y de Francisco Povo (ambos atribuidos al arquitecto modernista Víctor Beltrí) y a la tumba de Norberto Morales Gallego, una pieza de metal única, datada en 1905, con una elaborada decoración a base de dragones, filigranas y elementos vegetales. El camposanto municipal de Mazarrón entró en servicio el 5 de junio de 1900, el mismo día que se clausuró oficialmente el cementerio eclesial. Responde a un diseño de un grande de la época: el arquitecto Justo Millán Espinosa, autor, entre otras conocidas obras, de la plaza de toros de La Condomina. En la calle principal se localizan los panteones de las familias adineradas, símbolos de su poder. Y a la izquierda, según se accede, varios de los enterramientos más antiguos. Entre las losas de mármol, nombres distinguidos, como el del médico Filomeno Hostench, principal impulsor del antiguo hospital, al que nunca le faltan flores pese al tiempo transcurrido. A unos pocos metros, el espacio reservado para dar sepultura a los párvulos, con epitafios desgarradores y rejas con formas de corazones y azucenas de frío metal. Los nichos que rodean la tapia también acercan el pasado reciente. En uno de ellos descansan los restos de aquel alcalde muerto a manos de un minero al que le dijo que si no tenía trabajo con el que poder alimentar a su familia, que comieran “piedras de la rambla”.

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Arquitectura para un nuevo tiempo
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Miguel Rubio | 11-10-2017 | 6:40| 2

Si los premios regionales de arquitectura sirven de termómetro acerca de cómo anda el sector, la sensación es que atrás queda una etapa gris. En esta edición (la número XIX)) de los galardones, que se convocan cada dos años, la nueva edificación (con diecisiete proyectos, la mayoría son viviendas) se impone a la rehabilitación (doce actuaciones); la iniciativa privada gana terreno frente a la promoción pública; y están algunos de los nombres más veteranos pero también nuevos valores; además, con una destacada presencia femenina. Sesenta proyectos compiten en las cinco modalidades que recogen las bases. El jurado tendrá la última palabra el 18 de octubre y anunciará a los nueve ganadores: uno por cada categoría, más un premio a la sostenibilidad, otro a la accesibilidad, un reconocimiento a la labor profesional y, por supuesto, el más importante, el premio regional.

Un repaso (muy por encima) de los trabajos presentados (están disponibles en la web opweb.carm.es/premiosarquitectura) deja la sensación de que estamos ante una arquitectura refrescante, alejada de las obras faraónicas y, por tanto, ajustada al presupuesto, vinculada a su entorno, preocupada por la ecología pero también por conocer qué necesitan y qué desean sus usuarios, hecha con materiales ‘puros’, de líneas rectas o con una volumetria extraterrestre. Techos y paredes de materiales reciclados; obras que no generan escombros. Dominan los espacios abiertos, el disfrute al aire libre, los grandes huecos para que entre la luz natural y las corrientes de aire, en un esfuerzo por ahorrar energía. Estancias para vivir en el campo, la playa o la ciudad, y también para crear. Viejos edificios para un nuevo uso, aunque manteniendo su esencia; proyectos efímeros de los que gozar por un tiempo limitado, construcciones industriales aunque con estilo. Y también arquitectura funeraria. Porque en esta convocatoria no falta ni un panteón.

Algunos de los proyectos presentados.

Algunos de los proyectos presentados.

En resumen, una arquitectura para un nuevo tiempo, participativa, sostenible, pegada a la tierra y más austera, sin perder su belleza. Enhorabuena a todos.

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Oro fenicio
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Miguel Rubio | 24-09-2017 | 6:29| 2

Hace unos 2.700 años, la playa de La Isla no era un simple fondeadero para la carga de mineral procedente de los cerros volcánicos que salpican la geografía de Mazarrón. Los resultados de la última campaña del curso de arqueología subacuática de la Universidad de Murcia apuntan a que este enclave de la costa, resguardado por la isla de Adentro, albergaba un complejo portuario de importancia, con una intensa actividad comercial. El hallazgo de un colgante de oro vendría a apuntalar esa hipótesis, que ya rondaba por la cabeza de los investigadores. La pieza es similar a otra encontrada en la necrópolis fenicia de Trayamar, en Veléz Málaga, del siglo VI antes de Cristo, y demostraría la existencia de una asentamiento “con residencia de aristócratas de la época”, según Juan Pinedo, coordinador del curso. Tanto la joya como algunos de los materiales cerámicos localizados en esta última campaña se podrán contemplar en el museo de la factoría romana de salazones del Puerto de Mazarrón, una vez los restaurados acaben su trabajo en el laboratorio.

Colgante de oro hallado en La Isla. / AYTO

Colgante de oro hallado en La Isla. / AYTO

De la relevancia de Mazarrón como asentamiento fenicio ya dieron cuenta los dos barcos hallados bajos las aguas de la playa de La Isla hace tres décadas. Los restos de uno de ellos se exponen en el Arqua de Cartagena; el otro pecio, mejor conservado, todavía aguarda su puesta en valor, ante la falta de interés de las distintas administraciones. Todos los proyectos anunciados hasta ahora solo han sido humo, y ni la comisión de expertos convocada bajo la presidencia de la alcaldesa Alicia Jiménez ha conseguida darle el impulso que necesita la recuperación de este bien patrimonial.
Si algo puede diferenciar a Mazarrón de otros destinos de sol y playa es su historia. Y su pasado fenicio puede convertirse en un gancho para atraer a turistas; también a investigadores y estudiantes interesados en esta civilización. Ese puede ser un buen filón, más valioso que el dorado metal; solo falta que los políticos así lo crean y todos se pongan a remar en la misma dirección.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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