La Verdad

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Queridos baby boomers: dejen de tocar las narices millennials
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Andrea Tovar | 19-06-2017 | 07:42

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No pensaba decirles nada, de verdad que no. Era peligroso: conozco, respeto y quiero a muchos de ustedes.

Pero he cambiado de idea.

El pasado domingo 11 de junio se emitió en la 7 Región de Murcia el programa ‘Cita con Carlos Fuentes’, en el que tuve el placer de participar para debatir la Cuestión Millennial. Los invitados, sin embargo, eran personalidades de la Región, emprendedores, jefes, políticos: triunfadores. No trajeron a ningún parado ni nada por el estilo, la única pringada era yo, vamos. Gran parte de lo que escuché durante las dos horas de tertulia fueron consejos sobre cómo esforzarse mucho, porque dejarse la piel te lleva exactamente al punto que deseas.

Que eso está muy bien. La tenacidad y la pasión. No hay por qué enfadarse. Vale que no estamos prestando mucha atención a las circunstancias, al mundo real en que vivimos, pero de acuerdo.

La cosa es que luego me encuentro un artículo de la fantástica Helena Sardá contestando en Código Nuevo a Antonio Navalón de El País, sobre por qué los millennials somos una generación vacía, desprovista de propósitos, y –addirittura– ¡culpable de la llegada al poder de Trump!, y ya sí que no puedo esperar a escribir esto. Me quema la sangre, así que me desahogo en Facebook y espero a que vuelva –la sangre- a temperatura ambiente para desarrollar, punto por punto, estos argumentos que siguen. Que ya se sabe que hay que contar hasta diez, a riesgo de resultar demasiado impulsivo. Como decía Virginia Woolf en Una habitación propia, «cuando un razonador razona desapasionadamente, piensa solo en su razonamiento y el lector no puede por menos de pensar también en el razonamiento».

Así que nada, queridos baby boomers, sea o no desapasionado por entero, y con las salvedades oportunas a quien no se sienta -ni deba sentirse- aludido, esto va por ustedes.

Lo mismo no saben ni que son baby boomers, igual que no terminan de entender qué es un millennial y aun así rajan de nosotros con alegría –este refunfuñe ante lo desconocido es tónica general, quizá intergeneracional a través de los tiempos-. Pues ustedes son los nacidos entre 1946 y 1964. No, nunca pasaron hambre. No, nunca vivieron una guerra, ni mundial ni civil. Ni siquiera recuerdan, muchos de ustedes, cómo era vivir bajo la dictadura. No han trabajado con las manos ni han llegado a casa entumecidos. No les han pagado miserias en las fábricas. Nada de ese entorno hostil a lo Billy Elliot. Es curioso, porque hablan del trabajo duro como podrían hacerlo nuestros abuelos, no ustedes.

Marihuana en los 70, caballo en los 80. Salían a bailar. Crecieron en una democracia expansiva que les necesitaba. Había mucho hueco. Eso se traduce en lo siguiente: no tenían por qué ser brillantes. Solo avispados. Ustedes, los baby boomers, son una generación de espabilaos, eso es. Muchos de ustedes buscaron un puesto de trabajo de por vida en el que hacer lo menos posible, conformando la fantástica burocracia, ágil y colaborativa, que caracteriza nuestra Administración, o emprendieron un negocio y trazaron una red de contactos marronera que les ha servido siempre de sustento. Han implantado una jerarquía social subterránea que impregna todas las áreas de la sociedad. Ya no eres nadie sin los amiguitos oportunos. No eres nadie sin dinero.

Algunos de ustedes estudiaron, es verdad, pero ¿cuánto? Con la salvedad de algunos opositores, ¿una carrera de cuatro o cinco años, como mucho? Ajá, muy bien, ¿algún máster? ¿Cuántos idiomas? Y ahora, déjenme preguntar: ¿cuántos años tenían cuando empezaron a trabajar de verdad? ¿Cuánto cobraban? ¿Abandonaron la casa de sus padres con más de 30 años? ¿De verdad creen que eso es una meta en la vida de cualquier persona, no tener intimidad ni autonomía? Es que somos vagos. Claro. Somos vagos. Porque hay cantidad de trabajos disponibles. Tanto que muchos emigran a Alemania o a Inglaterra para currar, normalmente en un restaurante o haciendo de au pairs. Sí. Es que no nos apetece ponernos con ello, tienen ustedes razón. Mejor vaguear un rato, que no nos va lo de cobrar bien en un puesto de trabajo normal. ¿Se acuerdan de que hace unos años «mileurista» era sinónimo de «pobre»? Pues para nosotros es la panacea. Cuatro cifras a fin de mes, un sueño irrealizable.

Vía Tumblr (fuente @arthurchaumay)

Vía Tumblr (fuente @arthurchaumay)

 

Que hay que esforzarse. Hay que trabajar. Vale. Muy bien. Pero quizá su solución corporativista, negrera y asfixiante, denunciable incluso ante comités de derechos humanos o inspecciones de trabajo, no sea la más aconsejable. Quizá esperábamos más de la vida, y quizá la culpa también es suya. ¿Acaso no han educado a sus hijos en la creencia de que si sacaban buenas notas podrían hacer lo que quisieran? Pues era mentira. Y además, lo que hay en el mercado laboral, disponible para nosotros, son las sobras que nadie quiere, la fruta podrida que ustedes no se comerían –ni se han comido nunca, por mucho que les guste darse palmaditas en el pecho, fatigado de tanto esfuerzo, que les gusta hinchar-. Para eso se ha rediseñado la figura del becario, para tragar bazofia intragable, y cuando se le indigeste –a él o a los de arriba-, ciao becario, sin mayores contemplaciones. Y que pase el siguiente. Porque eso somos para ustedes: una masa de millennials sin rostro, sin nombre, sin apellidos. Una selfie tras otra en el espejo del baño.

Es gracioso que se lamenten de la poca voluntad de trabajo duro, de la escasa conciencia social, cuando se nos atraganta cada día la comida con un escándalo de corrupción distinto. Simplemente porque ahora se tira de la manta y sale la realidad de cómo se han hecho las cosas en este país. Ninguno de ustedes, baby boomers, cree realmente en el Estado del Bienestar. Y si lo hacen, no se nota, porque defraudan a la mínima oportunidad que tienen. Que el fontanero viene a arreglarme el bote sifónico y me pregunta si A o B, como si fuera un problema de mates. No sé dónde está ese espíritu cívico del que nosotros carecemos, en teoría, y que a ustedes les sobra. Yo no lo veo por ninguna parte. Ustedes recibieron la democracia y la pervirtieron, y se mueven entre los escasos márgenes de izquierda-derecha sin ver más allá ni aceptar alternativas. Seguirían ustedes votando lo mismo aunque los políticos de su partido predilecto vinieran a sus hogares encañonando un fusil y les robaran hasta el último candelabro teñido de pan de oro.

Pero se las darán de que sí. De que el cambio es bueno, de que mola. No son ustedes tontos, para nada, ya hemos dicho que espabilaos lo son un rato. A muchos de ustedes no les convence eso de que dos personas del mismo sexo se den la mano por la calle o se besen delante de ustedes, o que adopten bebés, pero evitarán, si son mínimamente inteligentes, hacer declaraciones muy bruscas en este sentido. Aquí han aprendido que mejor callar. Por dentro, muchos no lo tienen claro: ese sigue siendo un maricón porque le gusta maquillarse y ponerse tacones, y la bisexualidad es puro vicio, y eso de ahí qué es, un hombre o una mujer. ¿Y las razas? Pues bueno. Ahí seguimos con lo mismo, ya se sabe. Vienen a robarnos el trabajo y tal. Pero que luego somos nosotros, ¿eh, Navalón, baby boomer?, los que invitamos a Trump a la palestra. No hace falta que repita que a Trump le votaron, en su mayoría, los señores mayores como usted. Igual que el Brexit o Marine Le Pen: son la consecuencia de un montón de baby boomers cabreados porque ahora hay más competencia, más gente, sus trabajos no están asegurados como siempre lo habían estado; y aunque de puertas para afuera decían apoyar la globalización y el libre mercado y la fraternidad universal, en la práctica piensan: pues mira, no. Que se vayan a su país, que nosotros queremos el nuestro.

Es posible, queridos baby boomers, que a falta de propiedades y expectativa de adquirirlas por nuestros medios, lo único que nosotros, los millennials, tengamos -y ustedes no- sea eso: un montón de ideales en los que creemos, y espero que no solo debido a la juventud. Puede deberse a varios factores, entre ellos la propia educación que nos proporcionaron ustedes, ¿se acuerdan? Los viajes, conocer a gente diferente. La presencia de Internet que acerca los extremos del mundo, que expande el saber a través de redes sociales, mediante todo tipo de medios artísticos de expresión e intercambio…

En cualquier caso, es un hecho. Nosotros no vamos a vivir la vida que proponen, porque el modelo que sirvió de cota de sus vidas se ha quedado obsoleto y no compensa. No nos han dejado ustedes un solar donde cultivar con libertad y pasión, como sí recibieron el mundo de nuestros abuelos; sino un terreno híper poblado, a reventar de edificios, de hormigón, asfalto, humo y gente. Ustedes quieren conservarlo así, porque tienen su red de contactos, sus posesiones, la hipoteca, el coche, los gin-tónics, todo eso. Tienen sus matrimonios longevos –o no- y sus amantes –o no-; y no comprenden otras formas de poseer, de estructurar la vida, de amar.

No hace falta que adopten nuestra mentalidad, ni que entiendan esta manera de pensar. Basta con que se bajen de la atalaya de superioridad que les confiere la edad y las circunstancias ventajosas que han vivido, y reconozcan la realidad de la situación actual. Un poco de humildad y de autocrítica no les vendría nada mal. Así quizá nos ahorremos leer y oír la tanda de sandeces sobre lo perezosos y narcisistas que somos porque nos gusta hacernos selfies y ver Netflix tumbados en la cama. Dennos espacio, una voz, unas alas. Y si no lo hacen, no se preocupen, que con los instrumentos que ustedes no entienden y por tanto, denostan, nos ocuparemos de construir un mundo más sostenible, respetuoso, homogéneo en estratos sociales y conectado de manera real, y no por vínculos de conveniencia.

Sobre el autor Andrea Tovar
De momento, veinticinco primaveras o un cuarto de siglo, según se mire. Me resulta complicado pitar cuando conduzco, así que vuelco esa ira sobrante aquí. Sin embargo, me gustan más cosas de las que me disgustan: me gusta gesticular cuando hablo, la gente que se sienta en el suelo y los helados de Stracciatella, por ejemplo. El pelo me cambia de color según los posts que escribo. Puedes leer mis relatos en la web de la revista literaria RSC (Relatos Sin Contrato). Para más info de lo que hago, sígueme en Instagram: @atovv

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