La Verdad

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Adoctríname, por favor
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Andrea Tovar | 16-10-2017 | 09:46

Nos hemos convertido en animales agresivos preparados para atacar. Vía Tumblr (fuente: mv-illustration)

Nos hemos convertido en animales agresivos preparados para atacar. Vía Tumblr (fuente: mv-illustration)

Normalmente, antes de escribir un post me paro, recopilo, resumo y extraigo algo de los últimos siete días que creo que merece la pena contar. Quiero decir que normalmente tengo donde elegir, entre una variedad de temas pendientes.

El problema es que esta semana parecía casi obligatorio escribir sobre lo mismo de lo que todo el mundo habla. Pensar en otra cosa parecería descortés, o egoísta, o yo qué sé. Sales a la calle, entras en una cafetería, cenas en familia, tomas algo con amigos, pones la tele, abres Facebook antes de irte a dormir, miras el Whatsapp… Ahí lo tienes: no existe nada más que Cataluña versus España.

Yo, para ser sinceros, estoy ya un poco cansadita del tema. Pero no porque sea aburrido, o porque prefiera aislarme de la realidad. Aunque bueno, creo que hasta Forrest Gump aburre si la pones veinte veces seguidas, y que, en el fondo, si evito el foco de la discusión últimamente, quiera o no me aíslo. Sin embargo, lo hago más por frustración que por evadirme. A veces me planteo que, si el ser humano me decepciona tanto con veinticinco, qué será de mí con setenta y cinco.

Luego miro a las personas de setenta y cinco, sobre todo a los hombres de café en la barra, y pienso que en la mayoría de casos, por desgracia, sus opiniones son tan férreas, tan de hierro, que ya no cabe espacio para la sorpresa y la curiosidad.

El otro día, en particular, desayunaba sola, junto con media docena de hombres silenciosos e igual de solitarios, que bajaban la cabeza mientras un señor soltaba la perorata a un pobre camarero que apenas conseguía responder, porque no había margen, ni silencio, para permitir esa reciprocidad que las conversaciones, por definición, necesitan –para no convertirse en soliloquios, vaya-. Además de abrasarle la oreja al camarero, el señor tampoco respetaba el silencio que, a lo mejor, los demás parroquianos ansiábamos para degustar esa tostada con tomate o ese pantumaka. Porque personas así hay en todas partes y bajo todos los credos, yo sigo empeñada en decir esto. Son personas tan enamoradas de sus criterios y sus opciones de vida, tan henchidas de sí mismas, que censuran cuanto cae fuera de ese perímetro.

Recordé que Rousseau avisaba de que no deben confundirse amour propre y amour de soi même, pues son dos pasiones muy distintas en su esencia y efectos. Así pues, mientras que el «amor a uno mismo» siempre es bueno y adecuado al orden de la propia naturaleza y al instinto de autoconservación, esto no es así por lo que al «amor propio» respecta. Este último es un sentimiento relativo, artificial, que surge en la sociedad y que induce a todo individuo a otorgarse a sí mismo un valor mayor que a cualquier otro, y por ello inspira a los hombres todos los males que mutuamente se causan.

Estas personas repletas de amour propre se han introducido en muchos medios, debates, coloquios, redes sociales. Ya empieza a palparse la animadversión y la censura: «aviso de que voy a borrar a la mitad de mis contactos ahora mismo porque estoy harto de (rellene usted el hueco con el insulto de turno)». «Tú no tienes ni idea de lo que estás diciendo». «Infórmate un poco antes de hablar, hijo/a». «Déjame que te explique por qué estás equivocado».

¿Por qué nos intentamos adoctrinar unos a otros? ¿Por qué todos pensamos que nuestra opinión vale más que la ajena?

¿Por qué no nos callamos, a ver si aprendemos algo?

«Dado que solo la gente que sabe escuchar sabe algo, y poca gente sabe escuchar, muy poca gente sabe algo», Mike Lipsey. Vía Tumblr (fuente stoicmike)

«Dado que solo la gente que sabe escuchar sabe algo, y poca gente sabe escuchar, muy poca gente sabe algo». Vía Tumblr (fuente stoicmike)

Yo me auto-contesto en este soliloquio. Porque, querida Andrea, pocas veces se dice algo interesante. Nos movemos en los mismos círculos de pensamiento y rara vez alguien se desmarca de la opinión mayoritaria. Si el señor de la barra hubiera estado medio millar de kilómetros más lejos, lo mismo se habría pensado un par de veces si podía hablar tan alto y tan rotundo. E incluso, si tenemos la suerte de recibir influencias de pensamiento dispares, comprobamos a menudo que suelen repetirse los argumentos, como si estuvieran leyendo panfletos distintos. No somos originales, porque no tomamos el tiempo para meditar por nosotros mismos el asunto, sino que nos adherimos o elaboramos un popurrí de lo que dice este y el otro, en el mejor de los casos. Una vez que hemos asentado la opinión, no contemplamos siquiera la posibilidad de que el interlocutor nuevo tenga su parte de razón, y ampliar el espectro y crecer, al fin y al cabo.

Como digo, tales tendencias suelen acrecentarse con la edad. Sin embargo, a cambio de esta rigidez, las personas mayores ganan la experiencia necesaria para juzgar, con mejor o peor tino, las situaciones. Les suenan de algo, digámoslo así. Y hace unas cuantas noches, ante las palabras graves que ya empezaban a oírse, yo presté atención a las de mi abuelo:

—Así empiezan las guerras civiles.

—¿Cómo?— pregunté yo.

—Con hermanos enfrentados. Padres e hijos, vecinos, amigos enfrentados.

Y me choca, ¡dejará de chocarme!, que los abuelos estén muertos de miedo, o le vean las orejas al lobo al menos, y aun así sigan ladrando al tomar el café en la barra, sin ningún apuro. Que sepan, en muchos casos, que ese enroque no servirá de nada más que de base para el conflicto y, eventualmente, la tragedia. La violencia y la incomprensión no trae más que desolación, sufrimiento, eso lo recuerdan las poblaciones una vez que el terreno ha sido devastado. Y si todavía les perduran estos detalles en la memoria, ¿cómo es posible que no cambien, al menos, su actitud y su disposición inicial a la hora de afrontar un problema potencialmente peligroso?

Son cosas que aturden. La efervescencia de los jóvenes es más comprensible, porque es edad de apasionarse, pero exaspera igualmente, porque además la gente que está en un extremo u otro suele equivocarse de plano. Además, las aún tiernas estructuras mentales y del mundo deberían permitir esa mayor flexibilidad, digo yo.

Hay de todo en la viña del Señor, imagino.

Pues eso. Privada de la libertad conceptual de escribir de nada que no sea eso, banderas y nacionalismos y Cataluña y España –aunque me he salido por la tangente cuanto he podido, se apreciará-, aviso de que, si puedo evitarlo, es la última semana que hablo de ese tema. Se acabó. Y me despido con esta cita del Dalai Lama, que es más sabio que yo y que tú y que todos juntos, y él sí que debería tener el amour propre como para tenerlo claro y callarnos la boca. Solo que él, claro, como es un sabio, no le callaría la boca a nadie.

 Cuando hablas, solo repites lo que ya sabes. Pero si escuchas, puedes aprender algo nuevo.

 

Sobre el autor Andrea Tovar
De momento, veinticinco primaveras o un cuarto de siglo, según se mire. Me resulta complicado pitar cuando conduzco, así que vuelco esa ira sobrante aquí. Sin embargo, me gustan más cosas de las que me disgustan: me gusta gesticular cuando hablo, la gente que se sienta en el suelo y los helados de Stracciatella, por ejemplo. El pelo me cambia de color según los posts que escribo. Para más info sobre actualizaciones del blog, escritos y otras tonterías, sígueme si quieres en Instagram: @atovv

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