La Verdad

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Autor: Andrea Tovar
De la tiranía del sexo: cortesanas o madres
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Andrea Tovar | 16-10-2017 | 11:15| 0

Portada de la revista Squire (que significa «caballero») en 1965, sobre la «masculinización» de la mujer

Portada de la revista Squire (que significa «caballero») en 1965, sobre la «masculinización» de la mujer

 

Una de las cosas buenas que tiene el sur es que la playa no caduca hasta mediados de noviembre. Así pues, uno de estos días de descanso, aproveché para darme un baño en el mar después de hacer ejercicio. Paseaba por la orilla cuando escuché estos gritos:

— ¡Joe, Antonio, esa está mejor que tú!

— ¡Como pa’ no estarlo!

— ¡Yo la cambiaba por ti sin pensarlo!

Me quedé inmóvil. Las voces procedían de dos señores que me doblaban la edad, montados en sendas bicicletas por el paseo marítimo. Se reían y me miraban con descaro.

Me gustaría decir que respondí algo, pero la verdad es que enmudecí. Como nos suele pasar. ¿Qué dices ante algo así?

A algunos hombres les gusta soltar improperios en voz alta. Tienes que acostumbrarte a este hecho desde los trece o catorce años. Al principio te perturba, luego casi te insensibilizas. Usan condicionales para narrarte con pobre prosa lo que les gustaría hacer contigo. Lo que les sugiere tu cabeza, tu tronco, tus extremidades -porque es así, al fin y al cabo es un cuerpo, que digiere, que excreta, que respira, aunque ellos se permitan el prisma lascivo-. Además, ese cuerpo alberga ideas y sentimientos. Ellos no lo tienen en cuenta. Tú no les has preguntado, oye, ¿te parezco atractiva?, pero ellos se sienten con la libertad de contestar a eso igualmente. Y si te ofendes, eres una arisca. No es más que un piropo, ¿no es cierto? Deberías agradecerlos, porque un día se te caerán las tetas y el culo y nadie volverá a mirarte. ¿No es así?

Imaginar la situación inversa es sencillamente imposible: un par de cincuentonas gritando a un chiquillo de veintipocos, ¿os lo imagináis? No. Porque en ese niño, las mujeres ven a un hijo, no a un objeto sexual.

¿Por qué los hombres se permiten estos lujos? ¿Por qué se los permitimos? Les censuramos la violencia, aunque por desgracia nunca conseguimos erradicarla. Sin embargo, el sustrato del mundo sigue cimentado sobre concepciones bastante tolerantes con la testosterona, y lo que es peor, con la legitimación tácita de cierta supremacía. ¿Por qué, para designar a la especie humana, se usa el término hombres? ¿Por qué el plural mixto tiene el lexema masculino?

En origen, la respuesta va anclada a la función reproductiva. En los animales, y a pesar de las variadas especies, puede llegarse a la conclusión general de que, mientras el macho aporta una chispa esporádica, en muchas ocasiones a través de la dominación y el sometimiento de la hembra, es esta última la que queda vinculada en mayor medida a la descendencia a través del mantenimiento de su vida, máxime cuando los alberga en su interior, como es el caso de los seres humanos. La madre suele estar atada a sus hijos. Incluso en los hormigueros o las colmenas, con un aparente matriarcado, la sujeción de la hembra a la especie es máxima: los machos actúan con libertad hasta que mueren, con un despliegue relativo de sus capacidades individuales, pero la hembra no (El segundo sexo, Simone de Beauvoir).

Curiosamente, el bebé humano es, de todos los animales, la cría que nace menos independiente, la que durante más tiempo requiere de cuidados externos. Esto se potenció con la bipedestación: al erguirnos, las caderas se estrecharon, la capacidad de expulsar un cráneo más grande se vio mermada, por lo que los partos tenían que producirse en un momento aún más prematuro (Sapiens, de animales a dioses, Yuval Noah Harari). Sin embargo, la bipedestación favoreció a su vez el desarrollo cognitivo. A mayor inteligencia y por tanto, mayor deseo de libertad individual, más fuerte es la resistencia física a la alienación de la especie, más grande el conflicto entre la evolución personal y la función reproductiva: las mujeres son las hembras que paren con más dolor, las que más complicaciones sufren durante el embarazo. Da que pensar.

La frecuente maternidad, que perturbaba la salud de la mujer, así como la natural menor potencia muscular, supusieron que en un principio el reparto de tareas se efectuara de ese modo: la mujer atendía las labores domésticas y el hombre, las que tuvieran que ver con la fuerza física y el exterior. Sin embargo, el progreso técnico supuso un vaciamiento de las labores de la mujer  y así quedó confinada en el ámbito familiar. El hombre, en cambio, siguió ocupándose de lo de fuera: trabajar, relacionarse, progresar, inventar. Establecer las estructuras del mundo. Con la propiedad privada, el hombre se convirtió en el amo y señor de las tierras, de otros hombres y mujeres –los esclavos-, y de la mujer propia (Engels). El dueño del mundo. Con sus prostitutas y sus entretenimientos.

Y el legado perdura, el mundo es de los hombres. Si dices algo así en el siglo XXI te acusan de feminazi, que es un término peyorativo que evoca pelos en los sobacos y mujeres soltando baba con sus gritos. Es una palabra que asusta y coarta a las propias mujeres, no quieren ser eso, no quieren ser tildadas de eso. Los vínculos afectivos que nos unen con los hombres –papá, el amigo, el hermano, el novio- nos impiden apreciar en conjunto la mayor obviedad de la Historia: hace miles de años que somos la mitad sometida del planeta. El segundo sexo, como decía Simone de Beauvoir.

Vía Tumblr (fuente: a-real-feminist)

Vía Tumblr (fuente: a-real-feminist)

Cada colectivo lleva su batalla en la asunción clara de ser dominado por causas de raza, religión, identidad sexual o condición económico-laboral. Sin embargo, la mujer no ha protestado mucho. Hasta el siglo XIX ni siquiera escribían. Eso quiere decir que hace doscientos años nadie habría podido leer ni una de estas palabras. No hay ni una sola voz femenina que relate todos estos siglos de Historia, hasta hace bien poquito.

Aunque se esté dando una progresiva emancipación de la mujer hacia su realización personal, desligando su destino de la descendencia, los esquemas masculinos siguen vivos. Pensemos, por ejemplo, en las secciones del telediario. ¿Alguien se ha dado cuenta de que durante más de quince minutos del reporte diario de información general se habla exclusivamente de fútbol -y más concretamente, de Cristiano Ronaldo-? Imaginemos, por seguir los clichés típicos, que durante ese tiempo se hablara de moda. Y si esto parece absurdo, pensemos en cómo se ha conciliado la maternidad y el trabajo de la mujer. Pensemos en quién sigue recayendo el trabajo doméstico y familiar. Pensemos en sus condiciones laborales. Aquí van los datos: de media, las mujeres cobramos un 23,25% menos que los hombres (noticia de enero de 2017).

A veces, cuando estamos atentas y denunciamos los dictados silenciosos de la sociedad, nos llaman feminazis con rapidez, nos acusan de radicales, nos dicen que la igualdad impera y que estamos desfasadas. Pero la realidad está ahí: cuando paseas por la playa en otoño, cuando pones el telediario, cuando te contratan, cuando tienes un bebé. Si estamos de acuerdo en que queremos evolucionar hacia una sociedad más civilizada, más justa y equitativa, no podemos negar que hay diferencias en los sexos, pero estas diferencias no amparan la jerarquía que ha existido y que hay que erradicar. La fuerza física de unos o la maternidad de otros son criterios obsoletos. Las mujeres no somos eso: cortesanas o madres. Objetos que conciben o paren. Objetos sobre los que disponer. Somos universos, como cada ser humano, y cada universo merece todo el espacio para desarrollarse como necesite.

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Adoctríname, por favor
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Andrea Tovar | 09-10-2017 | 10:59| 0

Nos hemos convertido en animales agresivos preparados para atacar. Vía Tumblr (fuente: mv-illustration)

Nos hemos convertido en animales agresivos preparados para atacar. Vía Tumblr (fuente: mv-illustration)

Normalmente, antes de escribir un post me paro, recopilo, resumo y extraigo algo de los últimos siete días que creo que merece la pena contar. Quiero decir que normalmente tengo donde elegir, entre una variedad de temas pendientes.

El problema es que esta semana parecía casi obligatorio escribir sobre lo mismo de lo que todo el mundo habla. Pensar en otra cosa parecería descortés, o egoísta, o yo qué sé. Sales a la calle, entras en una cafetería, cenas en familia, tomas algo con amigos, pones la tele, abres Facebook antes de irte a dormir, miras el Whatsapp… Ahí lo tienes: no existe nada más que Cataluña versus España.

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Lo que nos une
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Andrea Tovar | 02-10-2017 | 10:39| 0

Instantánea tomada en el Café Hugo, en Place des Vosges

Instantánea tomada en el Café Hugo, en Place des Vosges

Estaba yo el pasado viernes almorzando un sándwich mixto y una ensalada de mariscos en el Café Hugo, en Place des Vosges. No podía dejar de escrutar cada uno de los rostros cercanos, las maneras de moverse de los parisinos, sus ropas, sus cigarrillos, la conversación susurrante y melódica. A mi lado, un rockero rubio de pelo largo y camisa de flores, cubierto de anillos de plata hasta las cejas; enfrente, un par de viejecitas estilosísimas. Estaba rodeada de un glamour casual y apabullante que me hacía sentir incluso andrajosa. ¿Qué tienen los franceses que sea tan distinto? La lengua, la cultura, la bandera, sí. ¿Pero por qué desprenden ese savoir faire excluyente y envidiable? ¿Qué tienen ellos que no tengamos nosotros?

A esto daba yo vueltas cuando ocurrieron dos cosas. La primera de ellas es que el rockero pidió una botella de agua mineral, en lugar de una copa de algo -como podría esperarse de un alma salvaje como la suya- y la misma comida que yo. El rockero y yo, diferentes hasta la médula, menos por el color del pelo, estábamos engullendo idéntico alimento, en  mesas contiguas, aquel último viernes del mes de septiembre del año 2017. Me pareció increíble, no sé por qué. Él seguiría con su rumbo después de aquello, cada uno pagaría la cuenta y retomaría su camino, a saber cuál era el suyo. Y ambos lo haríamos con un sándwich mixto y una ensalada de mariscos en el estómago, regado por abundante agua mineral. Fantástico.

La segunda cosa transcurrió apenas en un segundo. Al volver la cabeza para contemplar a las señoras estilosas, descubrí a una de ellas hurgándose la nariz. No pude evitar sonreír.

Ahí está: lo que nos une. Comemos, tenemos mocos, cagamos. Gritamos, lloramos. Amamos. Razonamos. Dialogamos. Este sinfín de –amos que nos convierte en los amos, los amos del mundo, si sabemos conjugar y elegir bien los verbos.

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Primera pregunta: ¿Cómo suena tu voz?
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Andrea Tovar | 25-09-2017 | 10:43| 0

«Sed vosotros mismos», del libro «Todos los hijos de puta del mundo» de Antonio González Vázquez, Caramba, 2016

«Sed vosotros mismos», del libro «Todos los hijos de puta del mundo» de Antonio González Vázquez, Caramba, 2016

 

Nos sorprende que ahora la gente esté tan perdida. Que se consuman en masa libros de autoayuda con recetas para el alivio de espíritu. Que nadie sepa bien cómo relacionarse con la propia vida. Nos extraña, pero no debería. ¿Acaso se nos da permiso para ser, en las tiernas edades en las que las preguntas van tomando forma de manera natural? ¿Nos animan a investigar las respuestas, a profundizar en la creatividad, a trabajar con nuestro propio universo de conceptos e inquietudes? Los adultos parecen haber llegado a la conclusión de que el alma de un niño no es escenario de tales representaciones. Les trabajan la memoria y la mecanización para que puedan producir, si acaso con un mínimo -muy mínimo- de cultura. Por supuesto, nada de detenerse en el pasado reciente, nunca hay tiempo para analizar el siglo XX en Historia ni en Arte ni en Literatura. Quieren loritos que almacenen datos sin ton ni son y sean capaces de vomitarlos en un papel.

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Estoy triste. (Buf, ya lo he dicho)
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Andrea Tovar | 18-09-2017 | 10:32| 0

Vía Tumblr (fuente: karlafqblog)

Vía Tumblr (fuente: karlafqblog)

Estoy… triste.

Buf. Ya lo he dicho.

Qué difícil llegar a este punto. Cuando uno se rinde a la tristeza tiene una sensación previa parecida a la de detonar una bomba de destrucción masiva. Durante unos segundos, teme que el mundo se venga abajo. En cambio, sucede que no sucede eso. Los pajaritos siguen cantando, si es que en ese momento había pajaritos y cantaban, y el sol sigue en el cielo y se va a la hora que le toca, y entonces sale la luna y el ciclo se regenera. Esta es la verdad de la tristeza: el universo no peligra porque un individuo decida abrazarla. Ni siquiera el universo del individuo.

Incluso, si se me permite la observación, nace de ahí un sentimiento insospechado, que fluía en corrientes subterráneas esperando con paciencia su turno para salir a la superficie: un alivio extraño.

¿Y este alivio? No me aliviaba la causa, el origen de mi tristeza. ¿Por qué alivio, entonces? No hallaba el motivo. Y entonces empecé a notar cosas.

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Sobre el autor Andrea Tovar
De momento, veinticinco primaveras o un cuarto de siglo, según se mire. Me resulta complicado pitar cuando conduzco, así que vuelco esa ira sobrante aquí. Sin embargo, me gustan más cosas de las que me disgustan: me gusta gesticular cuando hablo, la gente que se sienta en el suelo y los helados de Stracciatella, por ejemplo. El pelo me cambia de color según los posts que escribo. Para más info sobre actualizaciones del blog, escritos y otras tonterías, sígueme si quieres en Instagram: @atovv

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