La Verdad

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Categoría: hombre
¿ En qué piensas?

 

 

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Pintemos la escena. Habitación blanca, sábanas blancas. Un ambiente diáfano, brillante de luces otoñales. Una pareja hace el amor. La silueta de ambos se recorta contra el fondo de la pared. Sombras chinescas y calientes. Tras la resolución él la besa. No dice palabra. Se tumba boca arriba. Está satisfecho, feliz. Nada necesita. El blanco del techo se le antoja, insinuante, un buen lugar para perderse. Y de repente la pregunta, esa pregunta: ¿En qué piensas? Fin de la paz. Ellos siempre dicen que en nada y nosotras querríamos tener un gran destornillador, abrirles un agujero imaginario en la frente y saber, de verdad, qué tienen los hombres en la cabeza.

Probablemente los hombres no guarden en ese momento un grave secreto ni una preocupación. Probablemente exista una nada que nadea en el blanco de sus pensamientos post coitales y nosotras,descreídas, caemos rendidas a su misterio.

Ah, el misterio. Ese es el gancho más eficaz que existe para enamorar y que nos enamoren. Al menos, al principio. Al menos, hasta que llega un momento en que te das cuenta que pocos misterios se resisten a la complicidad de las miradas, de las palabras clave, ese glosario que crean los enamorados y que resumen mil sensaciones en una. No hay misterio ni falta que hace.

De niña me gustaba cavar hoyos en la arena y en la tierra huertana de mis abuelos. Esos agujeros eran el escondite de mis tesoros: un trozo de espejo roto, una canica, pétalos de rosa, una margarita, una piedra chula. Regresar al día siguiente, desenterrar los tesoros y mirarlos uno a uno era un ejercicio delicioso. Siento que, a veces, he realizado ritual con las cabezas de mis amantes y en su vacío mental he guardado palabras, momentos, olores, músicas, frases que luego ellos han recreado y desenterrado y entregado de su fosa encefálica. De entre su masa gris, un rayo de luz sembrado, germinado, cosechado. Buen trabajo, me digo.

La idea de coleccionar tesoros, de rincones secretos, de espacios sagrados donde todo es posible creo que siempre me ha obsesionado pero, además, las mujeres tenemos ese afán de llegar al final de todo, de conocer todas las piezas del rompecabezas, de escudriñar las cien mil neuronas del amante, como las cien mil estrellas del cielo hasta que uno despierta y piensa ¿Para qué? ¿Para qué lo quieres saber absolutamente todo del otro? ¿No tienes suficiente con saberlo todo de ti mismo? ¿Acaso estás seguro de saberlo todo de ti mismo? Porque yo no.

Chicas, dejemos de hacer la absurda y recurrente pregunta: ¿En qué piensas? Porque después de hacer el amor los hombres básicamente piensan: “qué agusto me quedao y qué ganas tengo de dormir”. No encontraréis filosofías trascendentes, ni frases híper románticas que guardar en vuestro hoyo excavado bajo la tierra. Además, la trepanación mental es una cosa muy fea. Casi mejor ocúpate de crearte un interior fantástico, tu cosmogonia personal en la que perderte sin ansias ni carencias de hombres que después de hacer el amor miran el techo sin palabras. Encuentra el misterio en tu interior porque, sin duda, existe, nuestro subconsciente está plagado de información genética ancestral, de tus sueños más peregrinos, esos que se perdieron en la marabunta de las obligaciones y exigencias más urgentes.

Chicas, vosotras sois el misterio. No digo que haya por el mundo un macho trascendente que tras el desahogo le venga a la mente un tratado sobre la velocidad de la luz, salvo, quizá Einstein. Y tampoco. Los hombres, por muy genios que sean,  siempre son literales y cuando dicen nada, siempre es nada.

 

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Maru

 

 

 

Los vemos a diario. Surcan nuestras playas con sus cuerpos atléticos, delgados, oscuros como el café negro. Tan sonrientes.

Uno dijo que se quería casar conmigo. Y otro aseguraba que yo debía ser rica sin ninguna duda porque era muy bonita. Son sus trucos para vender algo. Unas gafas, una gorra de marca, relojes, bolsos. Son príncipes de la arena, embajadores de tantas orillas, con un pasado a sus espaldas que quizá quieran borrar. Y construyen desde la nada.

El otro día Julia y yo nos tomábamos una caña en El Pirata cuando apareció él. Se llamaba Maru. Todo era color. Camiseta verde, dientes blancos, labios rosados y un abanico de bagatelas en su manga y en sus brazos. No me quedaba dinero, casi todo lo habíamos gastado en el aperitivo y con esa pena y sinceridad concluimos nuestra breve transacción. Ya se marchaba: “Maru, espero que lo vendas todo”. Me levanté. Cogí su cabeza con las manos y le planté un beso en cada carrillo. Maru no se lo esperaba. Yo tampoco, a decir verdad. Juraría que amenazaba con escaparse una lágrima de sus ojos anonadados.

Creo que volví a ver a Maru por la Manga, pero no estaba segura de si sería él. E imaginé todos los Marus que atraviesan kilómetros de costa a grandes zancadas con sus historias tras ellos. Sus amores, sus hermanos, sus padres, su familia. Sus dramas, sus hambres, sus sueños, sus desvelos… ¿Cómo llegaron a este Guiriland? ¿Qué esperan de la vida? ¿Qué piensan en verdad de nosotros que casi los vemos ya como parte del paisaje sin inmutarnos? ¿Cuánto dinero les costó llegar hasta aquí? ¿Cuánta ingenuidad han sacrificado cada día que amanecen en una playa diferente, en una orilla desconocida?¿Hasta donde están dispuestos a luchar?

Incluso, me gustaría saber cuántos de ellos se han rendido y se conforman con ver el sol cada mañana, poder resguardarse de la lluvia, comer un plato al día y tener un jergón donde dormir. Porque cuando se sufre demasiado ya no se espera demasiado de nadie, ni de los días. Quizá en su lengua se repitan aquello de: “virgencia, que me quede como estoy”.

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Besos que alimentan

 



Seguro que tenéis en la mente más de un beso. En vuestra cabeza aparecen con todo lujo de detalles el lugar, los olores que lo acompañaban, el ruido que rodeaba aquel momento; la temperatura corporal; quizá el rubor, la sudoración excesiva y la adrenalina –como un rayo– que atravesaba vuestras venas. Rápido, un pitillo. Rápido, aire fresco. Los besos son una bomba de relojería. De efectos imprevisibles. Besos en los bares, en coches, sobre una moto, en un taxi, en barco, en hoteles, en el umbral de una casa. Besos en la calle,  bajo la luna, besos campestres,  en los ascensores, sobre la arena de la playa, bajo el portalón de alguna iglesia…

Hay muchos primeros besos ¿Por qué quedarse sólo con uno? Todos son importantes porque abren la puerta a una relación con otra persona. Todas nos enriquecen.  Podría contaros las calorías que quemamos al besarnos; los efectos que tienen sobre nuestra autoestima; la liberación de dopamina y deoxitocina  que generan bienestar; que nos engancha incluso al sabor, a la saliva, al roce de esos labios y esa lengua ajenas. Podría hacerlo, pero todo eso sería demasiado intelectual.

Os podría narrar que ya en el 1.000 A.C el poema épico Mahabharata reproduce escenas de personas que unen sus labios en señal de afecto. Que el “que se besen” con el que torturamos a los recién casados, procede de los romanos, que ya utilizaban esta demostración pública para sellar una unión. Os podría recordar el uso del beso mágico al que recurrían Shakespeare (los riesgos de besar a la persona equivocada que nos conducirán indefectiblemente al desastre) y que recuperarían de forma magistral los Hermanos Grimm para que Blancanieves despertase del sueño de la muerte o para que la rana se tornase en  príncipe. Incluso podría realizar un paralelismo entre el beso y la mordedura del vampiro. Porque, sí, es verdad, los besos tienen algo vampírico. Un poco de nuestra alma se escapa por la boca. Con un buen beso podemos meternos en el bolsillo a ese guapísimo al que echamos el ojo (y luego el diente). De nuevo, sería demasiado intelectual.

Es bonito recorrer el mundo del arte en busca de besos que merezcan la pena. Hay muchos. Desde las lesbianas de Toulousse-Lautrec, al que nos muestra Edison en la película de 1896 “The kiss”; De las esculturas inigualables de Camille Claudel y su novio-amante, Rodin, al friki de Hans Baldung; ¿Qué decir de Hércules y Onfale de François Boucher? Un cuadro lascivo, con tocamiento incluido. ¿Qué decir del precioso homenaje que hace Cinema Paradiso a los besos del celuloide? Nada que añadir y, aún así, toda esta singladura es demasiado intelectual.

Hay frases que esclarecedoras acerca del arte de besar: “Un mundo nace cuando dos se besan” (Octavio Paz); “Un beso es como el agua, no se le niega a nadie.”(Anthony Padilla). Asimismo, el beso es un termómetro infalible. Un intercambio eficaz de feromonas para saber ipso-facto el grado de compatibilidad sexual con el otro. No falla. Como escribió el periodista alemán Robert Lempcke: “Un beso es una encuesta en la planta alta para saber si la planta baja está libre.”
El beso nos sorbe el seso por cientos de motivos que me niego a enumerar.  Me quedo con la frase de mi amigo Antonio Rentero: “Los besos no se piden, se roban” y con la imagen de mi padre dando de comer a una cavernera directamente de su boca. Los buenos besos son así: nos alimentan. Hay algo tierno y primitivo en ellos. Pero sobre todo, los buenos besos nos hacen sentir de puta madre.

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Corinna, el regreso de la “Ex”

 



Los ex siempre vuelven. La mayoría, a desestabilizarte.  A joder, vamos. La testosterona les empuja al regreso, a conquistar el terreno perdido,  a sembrar una batalla campal en tus sábanas, en tu vida. Después de cuatro o cinco encuentros de sexo reconciliatorio, la que se arrepiente de verdad eres tú. No lo pueden evitar, lo llevan en los genes.  Es el tango de los días. Cuatro whatsapp después de un encuentro fortuito por la calle y, hala, toda tu paz se escapa ¿Qué consigues tú? Nada ¿Qué consigue él? Salvaguardar su ego.
Corinna es mujer, así que sus estrategias son diferentes.  Protagoniza una segunda parte desde las portadas de los tabloides. Es como aquella canción de Marta Sánchez: “mírame bien y di lo que ves, esa mujer que perdiste una vez”. Pero como todos los ex, vuelve a joder y en el peor momento.  Cierto, es una ex con clase. Guapa y perfecta en sus fotos de estudio. Con cuatro joyones  impresionantes que contrastan con la simplicidad de una camisa blanca o un jersey negro. “Esto es caro, muy caro”, parecen decir. Con el botox repartido estratégicamente. Ni mucho ni poco. A punto de sobrepasar esa línea de mujer a topo Gigio. (Haré un inciso:  amigos del botox de todos los sexos, esos pinchazos que os dáis para eliminar el rictus nasogeniano os quedan fatal. Se os pone cara de roedor hinchado. Vosotros mismos).
Lo mejor de este personaje es su contradicción absoluta. Y ese descaro algo mari con el que nos dice: “Mirad qué buena que estoy, mirad qué señora tan estupenda”. Vamos, como aquello del Tomate: “Qué guapa soy y qué tipo tengo”. Si no fuera por la distinción que le otorgan sus cremas, sus títulos y sus relaciones ¿Quién sería Corinna?. Si no hubiese aparecido en una instantánea tomada en Bostwana ¿Qué carajo nos importaría?
Como todos los ex, Corinna no regresa por amor.  Nadie se cree su aviesa discreción, vociferada a voz en grito desde una portada del colorín, ni sus maneras de hada buena: “¡Eh, que yo no cobro!”, “¡Eh, que yo sólo quería ayudar!”. Corinna vuelve a por lo que es suyo, Corinna reclama su cetro porque es evidente que lo ha perdido. Ella es todo menos desinteresada.
Como los hombres,  ella busca otra cosa. Un gesto que le recomponga la autoestima y, quizá, las finanzas. Detrás de la mirada lánguida hay un afán de reconquista, igual que el de los machos cuando se encuentran con su ex por la calle, un día cualquiera, de forma fortuita, y les sueltan aquello de: “Qué guapa estás, cabrona”. Pero ella va más allá. Como escribí en una ocasión, las mujeres lo queremos todo. Ni bueno, ni malo. Así son las cosas. Corinna no se conformará con un polvo por los viejos tiempos. Ella busca nuestra aprobación puesto que no la encuentra en quien debería hallarla. Corinna quiere sacar matrícula y si hace algo de caja, mejor que mejor, que los tiempos están muy chungos, incluso para la nobleza.
¿Tiene derecho a resarcirse? Claro, cómo no. ¿Nos creemos sus estrategias? En absoluto. Los flashes de las cámaras, la perfecta luz, su sonrisa de Monna Lisa no nos engañan. Corinna es un mujer desesperada y, sobre todo, es una mujer que está hasta las meninges del papel que eligió en la vida. Ahora quiere ser prota, ahora quiere ser la reina, aunque sea del folletín. El capítulo I ha resultado sabroso y contiene todos los ingredientes de un buen guión. El leit motiv es claro: a chula no me gana nadie.

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El efecto ketchup





Sólo creo en dos cosas. En la estupidez humana que, como decía Einstein, es infinita, y en el efecto ketchup. Es una ley universal aplicable a todo lo acontecible. Uno está ahí que no sabe si toca las maracas o intenta comer, dale que te pego al bote, y sólo obtiene flatulencias plasticosas frente al plato. Hasta que, de pronto, todo tu afán se concentra en un último zamarrazo y, hala, ¡el desparrame!. Cae un pegotón de ketchup. Una cordillera roja y blanda que baña la carne, que surca las patatas como un volga desbordado. Masa blandiblub que se reparte, de forma artera y certera, en la pechera de tu camisa, en la pernera de tu vaquero limpio. No sabes si estás en la cocina, en un bar, o en una procesión de Semana Santa con sus Ecce Homo.

El efecto ketchup es una acepción danesa en su origen, de inevitable connotación sexual, que me preocupa . Así es la vida, queridos. Uno lo intenta y lo intenta. De pronto, todo sucede de una vez. Sin control; a veces, a nuestro deseo cumplido se suman avatares inesperados. Si nos cuesta lograr algo, trabajamos sin descanso hasta conseguirlo. Y cuándo llega ¿Qué? Pues que nunca es como lo imaginábamos.


Alguien nos ama con desesperación. Un día te caes del burro, decides abrir los ojos, te enamoras de ese amante tuyo en la sombra y, entonces, va y se acojona. Porque la inversión siempre es proporcional al resultado. Las semillitas nunca caen en saco roto. El amante quería una maceta y se encuentra con un jardín de rosas. Y a ver cómo gestiona eso. No way. Sale pitando.

Incrédulos del mundo: los sueños se cumplen. Por tanto, como dicen por ahí, cuidado con lo que soñamos. Cierto que la vida real se aleja de nuestro ideal. Nuestros deseos son órdenes pero salen de nuestra nebulosa, de nuestras coordenadas cartesianas de bueno/malo. Los deseos se cumplen pero de forma tramposa. Como aquel que está en un desierto, se encuentra a un genio de lámpara y le pide tener agua y ver muchos culos. El genio lo transforma en váter.

Hoy hemos de luchar y luchar. Nada de fluir, nada de dejarse arrastrar por la vida. Eso es muy zen pero imaginaos los resultados de dejarse llevar “con la que está cayendo”. Fluir es un lujo que sólo podemos practicar en las clases de yoga. Y ahí estamos nosotros, en esta vida tan tonta, matándonos por conseguir nuestros ideales, trabajando 15 horas al día, hasta que ¡Zas! “ello” ocurre, oye. Pero a lo bestia. Buscas un trabajo y te salen tres de golpe. Y a nada dices que “no” porque “con la que está cayendo” ¿ Quién se lo puede permitir? (recordad, sólo en las clases de yoga) Y vuelves a trabajar 15 horas al día pero no juegas con tu hijo, ni sales de tu mundo de fechas, horas, letras, compromisos, twitter y redes sociales.

Vuelves a tu nebulosa interior y te sientes como antes ¿Por qué? Porque aunque no lo sepamos, en el fondo, nuestro auténtico sueño es salir de nosotros y que nos quieran. Porque somos pobres mamíferos a la búsqueda de un arrullo. De uno sólo, o de dos, no de una manada. Por eso el fenómeno fan no consuela a tanto artista inseguro y deseoso de amor. Por eso, todas las cifras significan la nada si detrás no hay algo de calor humano. En el fondo ¡Somos tan simples!. Ya lo decía Kafka: “todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se concentran en el perro”.

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De Sosoman a Peter Pan







Adoro a los inmaduros. Tal y como está el patio, los prefiero. Sabes a lo que atenerte. Son alocados Peter Pan pero les gusta arriesgar. Desconocen el sentido del compromiso pero te entretienen. A estas alturas de mi vida sólo quiero reírme. ¿Y vosotras? ¿Y vosotros? Esto es un suspiro. Mañana estás en la decrepitud: sarmentoso, matusalénico, con el tembleque propio de los años. ¿Y cuántos momentos de felicidad te llevas? Ese es el balance que cuenta.



Además, Peter Pan nunca ha tenido malicia. Nunca podría ser un Bárcenas y quedarse con el botín. Eso es más propio del capitán Garfio. Peter siempre estará enamorado de Wendy. Irrumpirá en su mundo para enamorarla, para enseñarla a volar. Tonteará con las sirenas, se entretendrá con los niños perdidos, pero regresará a ella, una y otra vez. Realiza esa tarea titánica de intentar entrar en la vida de otros. Por eso enamorar es tan trabajoso, tan digno de admiración. Alguien deja a un lado sus inquietudes para ocuparse de las tuyas. Lo explicaba muy bien Girard: “aquel al que empiezas a amar pertenece siempre a otros; tú eres el extraño, eres el ladrón que viene a llevarse lo que no te pertenece y puedes ser rechazado por esos otros y por el mismo objeto de tu amor”. 



En este mundo sin tiempo, de pronto, alguien, decide emplear el suyo para descubrirte, para instalarse en tu espacio (aunque sea por unas horas). De acuerdo, no lo hace gratis. Si es hábil, tú también perderás algo, o mucho, de tu valioso tiempo pero, a la postre, lo ganarás.

Por eso, en el fondo, muchas siguen enamoradas de Peter Pan. Aunque sepan que es un tipo con el que no llegarán a nada; aunque le presupongan aventurillas, aunque tengan que cuidar de él en muchas ocasiones y no porque se sientan sus madres. Es simple agradecimiento.



La inocencia es un bien tan escaso que hay que preservarlo. Nos tomamos tan en serio a nosotros mismos que olvidamos el sentido lúdico de la vida. Y sin eso, queridas, queridos, estamos perdidos.

Harta estoy de esos tipos tan responsables. De los sosoman que jamás han roto un plato, ni un huevo, ni un corazón, ni nada de nada; que perpetran un sabor neutro en las vidas ajenas. En otras palabras: ni chicha, ni limoná.



Harta de los pretenciosos y grandilocuentes, de los sacabarrigas de coche caro que siempre es del banco; de los trascendentes, de los divinos, de los grandes hombres de mundo. Creedme; hoy todo es mentira. Vivimos en el mundo de las apariencias. 



Me engancha la gente sin pretensiones. Son transparentes. Son lo que ves.

Por eso, Peter Pan siempre es irresistible. Sólo quiere volar. Ni hacerte reina de Saba, ni ser el padre de tus hijos, ni ponerte un piso (qué cosa tan antigua, tan machista pero es lo que hizo Julián Muñoz con la Pantoja, no lo olvidéis), ni besar el suelo que pisas. Vamos, que un tío que bese el suelo me dará mucho asco. Qué decir de los pelotas irredentos, los sumisos mugrientos. Me provocan primero el bostezo, la ira después.



Si estáis enamorados en San Valentín: mis felicitaciones, es un estado de gracia imposible de mantener en el tiempo pero maravilloso mientras dura. Alberoni lo explica así de bonito: “el enamoramiento profundo es la única situación donde la experiencia de lo sagrado está omnipresente en la vida cotidiana. Los celebrantes, al unirse, encienden ese fuego sagrado, invadidos por la divinidad”. Grandioso ¿verdad? Pues no, yo creo que tener a Peter Pan es aún mejor: la diversión está garantizada.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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