La Verdad

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Categoría: obituarios
Gandolfini es Tony Soprano


Que muera Gandolfini con 51 años es una putada. Le quedaba mucho por interpretar sin duda. Recuerdo la primera vez que comencé a ver Los Soprano. El primer capítulo me parecía algo raro. Ese silencio inmenso entre un gordo, Tony Soprano, y su psiquiatra, la doctora Melfi, resultaba incómodo pero a la vez, hipnótico. Me zampé los Soprano de golpe, sin anestesia, un mes de agosto. Cuando todo el mundo se acostaba, encendía el ordenador y me pasaba la noche sudando, con un litro de té frío y enganchada a esos personajes contradictorios: amantes de la familia, de la paz (de esa cierta paz que se busca entre los tuyos) y a la vez tan salvajes, tan despiadados cuando llega el momento de la venganza. Hay cosas en la vida que hay que hacer y ya está. Cuanto antes mejor. Sin sentimentalismos, con eficacia.
Los Soprano eran cotidianos, eran caseros, como de toda la vida y tenían esa faceta de la brutalidad humana encarnada en Tony. Un ogro que es capaz de asesinar a sangre de su sangre y que se enamora como un tonto de la psiquiatra. Melfi era la madre buena, frente a la propia, su despiadada madre mala: rencorosa, experta en el chantaje emocional. La madre ejemplificaba esa zona oscura que habita en algunas mujeres mediterráneas. Lo mismo te traen comida para la semana que te apuñalan por la espalda. Pero eso, eso tiene otra reflexión. Y hoy, los fans de los Soprano estamos de luto y estupefactos.

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Isla: mito y realidad





Athina Onassis se ha deshecho de Skorpios, la isla donde se broncearan algunos cuerpos gloriosos en una década que se nos antoja ideal y perfecta desde este preapocalíptico siglo XXI. 


El hecho de que el paraíso se venda por 200 millones de dólares y que lo compre un millonetis ruso es hortera, vulgar. Ni el sueño más edénico escapa de la atroz realidad. Skorpios acogió los amoríos confesables e inconfesables de aquel tipo algo excesivo, frío, villano incluso, que alcanzó todas las cotas de poder imaginables por un niño pobre y que se llamaba Aristóteles. Ari para los amigos. Ari para María Callas, que lo adoró siempre a pesar de portarse de modo tan lamentable con ella. Ari se casó con la viuda de Kennedy alcanzando el caché que siempre le faltó a este nuevo rico. Un hombre hecho de la nada que labró su fortuna traficando con tabaco en los puertos de Grecia. Y así, del tabaco pasó al mundo de los barcos y a convertirse en uno de los hombres más influyentes del mundo. Lo tenía todo: dinero, posesiones y a ella; a Jackie. 

Ari también consiguió su isla. ¿Acaso no todos soñamos todos ella? Un paraíso remoto de aguas cristalinas, palmeras, brisa veraniega, cálida temperatura y, acaso, un amor para compartir los días, como robinsones de nuestra cosmogonia particular. Pero claro, todo eso está muy bien en nuestra cabeza. En la realidad, mantener una isla es un gastazo que pocas almas en el mundo se pueden permitir. Vivir como lo hacía Brooke Shields en el “Lago Azul” o el propio Crusoe es tan romántico como poco práctico, para qué nos vamos a engañar. Y acabar como los pringaos de la serie “Perdidos” tampoco seduce demasiado. En resumen, que todos nos pasamos la vida con el rollo de irnos a una isla desierta pero llegado el momento ¿Quién se atrevería a vivir sin ADSL? ¿Sin microondas? ¿Sin televisión? ¿Sin libros? ¿Sin cama?¿Sin agua corriente? ¿Sin electricidad? 

 Pa volverse locos. 

Una isla es fantástica para disfrutar un par de días con un ligue, como hacía Ari, que sería algo cabrón pero muy listo, y gozar de todas las comodidades que ya había en los 60. Después regresas al mundo real relajado y feliz. Ya sabéis: bien comido, bien dormido y bien de lo otro ¿Pero os imagináis de por vida recluidos en ella? Yo estuve seis meses viviendo en una isla, en Puerto Rico. Todos sus habitantes adolecían del mismo mal: la claustrofobia. 
Skorpios apenas cuenta con ocho kilómetros cuadrados, está situada en el mar Jónico y para colmo, separada unos 50 kilómetros de la mítica Ítaca. Ya sabéis, el hogar de Ulises. Cuenta con todos los ingredientes para que este paraíso natural sea una especie de Shangri-La. Algo fantasmagórico, eso sí.No olvidemos que algunos de los Onassis, incluido el armador griego y Christina, están enterrados allí

Lo paradójico de Skorpios es que el viejo Ari lo convirtió en un símbolo de poder, del amor por su tierra y de su recién estrenado estatus como rico respetable, ya que eligió la isla para casarse con Jackie. Digo paradójico porque,de un plumazo, la nieta pija le ha arrebatado todos sus galones, 38 años después de su muerte. SKorpios regresa a las manos de un nuevo rico y tiene todas papeletas para lo conviertan en un mall de súper lujo. Imagino al viejo Ari –con esa dentadura algo tiburonesca, la mirada malévola– revolviéndose en su tumba, bramando contra la desagradecida de Athina, quien lo ha heredado todo de un país y una familia de la que reniega por completo.

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Sara






Sara era una reina por derecho propio. Apenas la conocí (un día, charlé con ella en una entrega de Los Goya, todavía existía Pepe Tous) pero por estas cosas de la vida conozco muchos detalles de la suya.

Mi existencia ha sido siempre muy peliculera. El cine me ha rodeado sin tocarme. Por azarosas cuestiones mi madre fue la pupila de una  de las grandes patronistas de Cifesa. Se llamaba Pepita. Incluso me dejó su casa de renta antigua para vivir mis primeros meses en Madrid y no sólo eso, me contaba sabrosas anéctodas de las más grandes: Lola Flores, Sofía Loren, Carmen Sevilla y por supuesto Sara.

Sara, que era tan hermosa, tenía un gran complejo. Ella no se tenía por una buena actriz y arrastraba una pasmosa timidez ante la cámara. La timidez la dejó en los camerinos pero convivió toda su vida diversas inseguridades. Por ejemplo, odiaba tener la piel muy seca. Le decía a mi amiga: “Pepa, qué rápido me voy a arrugar. Me voy a quedar hecha una pasita”. Reía lo menos posible para evitar las patas de gallo y por eso la veis en esas poses algo hieráticas pero majestuosas por la fuerza de su belleza, de ese lóbulo alto, de los labios perfectos. Recordemos que entonces no existían rellenos ni nada parecido. Todo era natural. Desde los dientes hasta los pechos.


Durante mucho tiempo guardé un corsé confeccionado en piel de ángel que había sido de Saritísima. Cierta vez intenté colocármelo: ¡¡Señor!! nuestras madres se han ganado el cielo calzando semejantes prendas. Un buen día, desapareció. Quizá la mía (mi madre) consideró que ya estaba harta de verlo dar vueltas por mi armario juvenil donde sólo había un par de Levis 501 y muchas camisetas.


Sara, como la mayoría de artistas de su generación, era encantadora con los periodistas. Realmente eran estrellas; increíblemente gentiles y bien educadas. Profesionales y divas; abnegadas y rutilantes. Combinaciones que escasean hoy día.



Cierta mañana me la tropecé saliendo de una farmacia.  Por supuesto, en Madrid. Pertenecía a ese grupo de población que acuden a la botica como a un templo sagrado donde encontrar todo lo que les falta. Y en sus últimos años a Sara le faltaba casi de todo. España es así con sus grandes leyendas: desagradecida y hasta cruel. 
Sarita quizá bese esta noche a Gary Cooper y le prepare unos huevos fritos a Marlon Brando


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Compás de silencio

“Ay, corazón ¿Por qué no amas”
(Ranchera “La cama de piedra”)
Son unos días extraños. Nos refugiamos en el pasado ante una realidad oscura. Volvemos al hogar y supervisamos a nuestros mayores. Entonces aparecen aquellas pequeñas cosas que una creía amortajadas para la eternidad. Sube Lolita, la vecina del primero. 88 años de resuelta viveza: “pero es sólo fachada. Sé que ya estoy de despedida”. Le recuerdo los polos de café que me hacía cuando bajaba a jugar con Maria Luisa. “¿Ves? A mi no me suena nada de eso”.

El armario despensero que escondía la tableta de chocolate Elgorriaga, un Everest de baldas ocupado por comestibles, hoy es mísero, ajado y triste.

Había un triciclo rojo, una mujer con delantal, hecha siempre un brazo de mar. Hoy está menos brava que de costumbre. Y no me la creo. Y se lo recrimino como si fuese su culpa: “Eres una quejica”. Nos negamos a creer que nuestros padres, esos bastiones que nos enderezaron con las guías de la disciplina y algo de cariño, dejen de serlo. No queremos que envejezcan, que dejen de ser el sostén invisible de nuestras vidas.


También niego la muerte de mi amigo Juan Carlos. Que fue mi hogar tantas veces. Ese puerto abrigado, esa nana para los días difíciles.Si le daban un premio en cualquier lugar del planeta, me dejaba un mensaje. Y yo le reñía porque la cuenta de teléfono nos daría un palo a ambos. Y me acunaba con paciencia y tocaba “Laura” cuando llegaba mi cumpleaños. 

No había porqués ni lógica en aquella relación.

Juan Carlos sabía que la muerte le rondaba. Yo le decía igual que a mi madre: “Eres un gruñón”. Pero una cama de piedra presidía algunos de nuestros encuentros. Y, contradictorio como él sólo, no he conocido a nadie más vitalista.

“Me siento una traidora dando de bajas sus líneas” me cuenta su hija, Teresa. Y el amor es un hilo conductor que la deja a ella menos huérfana. A mi menos sola. Traidora me siento hoy cuando le escamoteé conversaciones, visitas, risas. Porque ya sólo hay presente. Me agarro a sus palabras: “Eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor es una chorrada”. Cierto, mi madre trabajó en una fábrica desde los doce años. Mi padre, ídem de lo mismo: “cocinero, cocinero, enciende bien la candela”. Mucho se han de torcer las cosas para que mi hijo no siga jugando a la Wii con la edad en que sus abuelos se echaban a la vida.

Calderón, genio de la composición, un ángel y un demonio travieso de la guarda, era también muy sabio. El pentagrama en el que bailamos hoy es un Re menor. Llegará el tiempo del Sol sostenido. Pero siempre habrá un compás de silencio. Ese espacio donde ya no suena su voz, ni las teclas de su piano, ni el terciopelo de su risa. Y que nadie podrá llenar.

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Alocados y hambrientos hasta la tumba

 

 

Cuando Steve Jobs dijo aquello de “permaneced alocados y hambrientos” se refería a nosotros. A los hijos del Baby Boom. Él no lo sabía pero, aquel día que inauguró el curso enla Universidad de Stanford, tuvo una visión. Se le apareció, sin percatarse, este país en crisis. Y nos contempló, entre asombrado y deleitado, a todos nosotros, alocados y hambrientos hasta el final de nuestras vidas.

Steve que estás en los cielos, podías habernos deseado otra cosa ¿No? “Permaneced millonetis y sexualmente satisfechos”, por ejemplo. Habría sido un detalle por tu parte. Al permanecer alocada y hambrienta no me puedo permitir el Iphone5 ni el Ipad mini. Aunque a ti que más te dará. Estarás en tu cielo tecnológico, aséptico, blanco, lleno de manzanitas mordidas, de Evas cachondas y Adanes apolíneos.

 

“Lo siento por tu chica, la vida es frágil” Dicen que le contestó a un anónimo de los cientos de miles de e-mails que leía y respondía a pesar de ser un genio en la cumbre. La chica acababa de morir de cáncer. Así que, sin quererlo, también fue premonitorio consigo mismo con esta sencilla y contundente frase. Seguro que usted ha pensado y verbalizado eso mismo: “la vida es frágil”. Y por eso hemos de permanecer incandescentes, llenos de luz, de esa energía adolescente de la sorpresa y el entusiasmo. Porque la vida es hoy. Lo sé, una perogrullada; pero ¡cuántas veces lo olvidamos!

 

En vísperas de “los muertos”, me siento como Pe (Raimunda) en “Volver”. Acudo, alocada y hambrienta, con mi madre, a limpiar la tumba del Marchena, mi padre. Regreso siempre al infausto recuerdo de aquella tarde en que le dijimos adiós para siempre. Al principio odiaba todo este ritual de cubos de agua, lejía y claveles pero he ido entrando en la serenidad que proporciona la costumbre. En el orden de las cosas, en la sinfonía de los actos: con sus silencios, sus blancas y negras. Con sus fugas. Y veo mucho amor en las mujeres que van con ropa humilde a fregotear el mármol. Mandiles y trapos. Sacar brillo para retar a la muerte. Un paso natural en el equilibrio precario, en ese alambre sobre el que paseamos tan inconscientemente. A veces, me siento poseída por esas palabras de Jobs, y al llegar a este punto del año, ya no me indigno porque muchas veces adoramos a los muertos y maltratamos a los vivos. No repito chistes sobre epitafios, ni pienso en los gusanos que me comerán, que harán polvo de este cuerpo mortal. Pienso, inevitablemente, en el regalo del presente y en provocar la felicidad a cada paso. En otras palabras, a permanecer alocada y hambrienta, a pelear con uñas y dientes por los que quiero y por lo que quiero. Porque Jobs tuvo la visión, sin él saberlo, de una generación despojada de futuro pero llena de un hoy intenso, orgulloso, valiente, tenaz. Un hoy fabricado con el perfume de los sueños.

(escena de la película “Volver” de Pedro Almodóvar. Raimunda su hermana y su hija limpian la tumba de su madre)

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Marilyn era el sexo

Dicen que a Marilyn le practicaron 60 abortos. O era una inconsciente o era una romántica. Su relación con la maternidad marcó su vida. Ser madre no es obligatorio en la mujer pero cuando ella quiso no pudo. Y cuando pudo, no quiso. O su carrera se lo impedía. Marilyn es la mujer a la que sus “grandes amantes” dejaron para después. Hasta que murió, claro. Un juguete para Kennedy, una tonta para Miller. No sé yo quién era más tonto de los dos.

La miro en esta foto, con un libro, con una sonrisa cómplice que en poco se parece al icono que ha traspasado la barrera del tiempo. Es una Marilyn natural, guapa, cansada, irónica, inteligente. Podemos pensar que fue una rubia estúpida o que fue la más lista de todas, aunque le pudo el sentimentalismo ¿Cómo es posible generar semejante adoración en el gran público y acabar muerta en desnuda, sola, muy sola, como sólo lo están los suicidas?. Y se fue. Un acto de inteligencia. Obrar ante el absurdo de la vida no dejándose abatir ni un segundo por las dudas.
Su minúscula tumba en L.A., siempre con monedas y flores. La caja registradora que no deja de sonar cuando su nombre aparece en la portada de un libro, de un disco; como pretexto para una colección de fotos; como reclamo de un museo casposo de cine en Vine donde podemos leer su acta de defunción ¿Y qué? Lo adorable son sus adorables fotos con Di Maggio, su ropa de la talla 42-44 que reivindica una mujer natural, normal, sexual como un icono de la fertilidad.

Marilyn no era sexy, era el sexo. Y el sexo en realidad es pura inteligencia. Aparte de olores y hormonas, lo que entra en juego son los cerebros, las mentes de los amantes. Para que el sexo se convierta en amor, o viceversa, todo tiene que confluir armoniosamente. Quizá su único amor de verdad, el que amó las curvas, amó la hembra, amó la mujer y amó la mente de esta rubia fue Di Maggio. Los demás se quedaron en el fotograma. Miller la ridiculizaba. Sí, estaba casado con la mujer más deseada ¡Que todos le envidiasen!. Kennedy igualmente. Sexo salvaje en las sábanas de Roosevelt Hotel. Hoy, un habitación lleva el nombre de Marilyn. Está en el segundo piso. La piscina lanza sus reflejos a la ventana y si uno se acuesta en la cama encuentra un gran espejo en el techo ¿Lo tendría en vida?

Acaso Marilyn se estaba volviendo loca y antes de acabar como su madre, prefirió matarse con somníferos sobre una cama, en un cuerpo que quedaría helado para siempre. Quizá no quería envejecer o quizá, sencillamente, se encontraba sola, tan sólo como se puede estar en L.A. Una ciudad tan francamente falsa como Holly Golightly. Acaso sólo quería atravesar el espejo y enredarse en un bosque de palabras. El último refugio de todos los solitarios e incomprendidos. El consuelo leve de la mortalidad triste.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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