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Histeria

 

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Resulta enternecedor que en la época victoriana los médicos confundiesen el orgasmo con el paroxismo histérico. Las mujeres, por supuesto, carecían del sentido del placer en la zona genital. El sexo era cosa de hombres en el viejo orden. Esto también ocurría en tiempos de Platón e Hypócrates: la Histeria es tan antigua que figura en los papiros egipcios.

Histeria significa literalmente útero. Los antiguos tenían la fantástica teoría de que el útero viajaba por el cuerpo de la mujer, a su bola, causando todo tipo de estropicios, sobre todo si llegaba al pecho.

Desfallecimientos, insomnio, retención de fluidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, “tendencia a causar problemas” y dolores de cabeza. Esos eran los genéricos síntomas de la Histeria. Todas éramos y somos unas histéricas porque ¿Quién se libra de algunas de estas dolencias? Por esta misma regla de tres, todos vosotros, hombres del mundo, sois también unos histéricos.

En la época victoriana la abstinencia sexual tenía a las mujeres subiéndose por las paredes y a los médicos diagnosticando lo mismo: Histeria. Pero también ocurría en el medievo. Galeno, en el siglo II, lo encontraba especialmente preocupante en viudas, monjas y vírgenes. Mujeres de poderoso fuego interior que corrían el peligro de volverse locas si no se aliviaban con un buen polvo hasta lograr el paroxismo histérico.

El tratamiento prescrito en el XIX era el denominado “masaje pélvico”. Lo que viene a ser una masturbación en toda regla. O sea, estimulación manual en los genitales de la mujer por parte del médico, eso sí, pudorosamente tapados por una cortinilla a modo de telón. Una deliciosa película titulada “Hysteria” narra estos aconteceres, y como un joven y apuesto médico acaba con tendinitis en la muñeca debido a que la mitad de la población femenina londinense pasaba por su camilla con el fin de terminar con tales dolencias. ¿La solución para lograr paroxismos sin que ninguna mano doctoril corriese peligro? El vibrador.

Sí, queridos, hemos visto dildos en piedra desde el tiempo de los romanos, pero es en la época victoriana de puritanismo a ultranza cuando surge el vibrador. En lujosos balnearios e incluso asilos, se utilizaban como método sofisticado de sanación y, de esta forma, los médicos pudieron seguir aliviando la histeria de sus pacientes sin perder clientela y salvaguardar su integridad física.

Es retorcido comprobar las vueltas que dieron doctores y sociedad para eludir que la auténtica utilidad del aparatito era la de calmar los ardores. Podrían ser castas, puras y virginales, pero con necesidades fisiológicas. También es triste comprobar como la insatisfacción sexual era algo no contemplado en ningún manual de medicina y aún menos asociado —Oh, horror— a las lindas y delicadas damiselas.

Lo cierto es que el famoso vibrador llegó a los hogares antes que las planchas eléctricas o los aspiradores eléctricos. Vamos, que casi es el primer chisme eléctrico que entró en las casas y que la histeria dejó de considerarse enfermedad en el año 1952.

Negarle a la mujer la posibilidad de un orgasmo, de sentir placer estaba en consonancia con el papel que jugaba en la sociedad. La fémina era un mero instrumento reproductor, ajena a las decisiones políticas y avances varios. Y la que se salía de ese encuadre era una histérica, adjetivo que, por cierto, aún subsiste.

La libertad y la fiesta del cuerpo engarza con la inteligencia, el estallido creativo, el resplandor de la innovación y las infinitas posibilidades de desarrollo.

Negarse al placer es negarse a la vida, es amputar aquello que nos hace humanos y divinos.

El orgasmo, nada de paroxismo histérico, bien vale la libertad gloriosa de mujeres y hombres.

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Mi yo superior

 

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Desde hace unos días me voy a la cama esperando la cita con mi otro yo, mi yo cuántico. Quiero respuestas y las quiero ya. Así que con estudiado respeto me dirijo a este otro elemento superior que es la mejor versión de mi misma, la más adelantada, la que toma las decisiones correctas y le suplico, por favor, por favor, (espejito, espejito) muéstrame cual será el mejor de mis futuros posibles. Lamentablemente, los sueños no me devuelven respuestas muy claras, imagino que tendré que depurar la técnica. Es lo que toda la vida Dios se ha denominado “consultarlo con la almohada”

A Malet, premio Nobel 20106, físico y experto en la mecánica de los fluidos, por fin le han reconocido sus teorías pero muchos lo tomaron por un iluminado no hace tanto. ¿Conocen la Ley del desdoblamiento? Malet sostiene que tenemos dos tiempos diferentes a la misma vez. Un segundo en un tiempo consciente y miles de millones de segundos en otro tiempo imperceptible, en el que hacemos cosas cuya experiencia pasamos luego al consciente. Esta teoría explica de un modo científico —que me costaría horrores reproducir aquí—el por qué de los “Dejà vu”, las premoniciones, las intuiciones e incluso los flechazos. Ese alguien te impacta porque tu yo cuántico ya lo ha vivido todo antes que tú, porque, aunque tu memoria consciente lo haya olvidado, tu memoria subconsciente tiene muy presente los besos, los olores, las sábanas, los coitos, las promesas de amor y casi también todo el caos que sobreviene después: el desengaño, el dolor, las lágrimas y la depresión.  No es flechazo, es que te vas de cabeza a vivir lo que ya conoces. Como nos gusta lo malo conocido.

En el 2006 la revista American Institute of Physics de Nueva York y su comité científico validaron la teoría de Malet. Llevo días escuchando a este francés quien asegura que existen infinitos planos de realidad. Existen cientos de “yoes” pululando alrededor. No los vemos, pero están ahí. Hay una miríada de opciones y de mundos posibles que coexisten en otros cientos de planos y tu yo cuántico te las acerca en sueños para que aceptes, por ejemplo,  que lo mejor que pudo ocurrir fue la ruptura. Y así le das una oportunidad a tu yo consciente de abrirse a otros caminos. El yo cuántico te dice, mira tonta, esto es lo que te hubiese pasado si hubieras seguido con fulanito. Y como un fantasma de las navidades futuras, te ves a ti misma, onírica, atrapada en un bucle de frustración y aburrimiento.

Imagino a Puigdemont desde hace meses escondido tras su flequillo cuántico y preguntándose por el mejor de los futuros posibles. Las greñas no le dejan ver el bosque, está claro. Por mucho que Malet haya desarrollado esta maravillosa teoría con la que todos podemos auto ayudarnos, hay seres atrapados en un enorme ego. Ese ego que crea el fantasma de la dualidad. Ellos son malos, yo soy el bueno. Ese ego que te engaña y te lleva siempre al desastre.

Despertemos. No hay otros. No hay enemigos imaginarios. Asumamos la responsabilidad. Nosotros somos los auténticos creadores de nuestra vida. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Es lógico que en ocasiones uno se sienta perdido. En ese caso, escuchen a su intuición más que a su razón. Piensen en Malet. Pongan a dialogar a su consciente con su yo cuántico y se producirá un intercambio de información que —si su ego lo permite—le anticiparán el mejor presente posible.  Y no es magia, sostiene Jean Pierre: “en física se llama hiperincusión y está perfectamente demostrada”.

 

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La bestia sutil

 

 

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Siempre sucede del mismo modo. Ellos son hombres poderosos, ellas mujeres vulnerables en pos de un sueño, metidas en carreras de máxima competitividad. Quien no haya sentido la viscosidad del acoso en sus carnes que levante la mano, porque a mi ya me faltan dedos de la mía. Ese superior responsable que te toca el culo, ese señor de altísimo rango que aprovecha cuando te sientas a su lado para tomar notas y deja caer su mano distraída pero férrea en tu pierna, aquel que te pide que seas su novia aunque seas treinta años menor y él más feo que una alpargata, o aquel que, ya que estás de viaje de trabajo, te llevo de vinos y te pido que me des un piquito una y otra vez, una  y otra vez, y te someto a una persecución persistente la semana que estás fuera de casa.

Esto ocurre a diario sin más, de un modo inexorable. Por eso la igualdad de la mujer en los puestos de trabajo sigue siendo una falacia. Porque nosotras queremos prosperar y ellos lo saben. Porque hasta Gwyneth Paltrow guardó silencio cuando Harvey Weinstein se propasaba en sus muestras de afecto. No quería perder su papel en Emma y, no sólo eso, el ogro le dio su rol protagonista en Shakespeare in love y ella lo recordó durante el minuto de agradecimientos cuando recogió su Oscar, así, tan digna. Porque algunas tienen claro que han de pagar un peaje por llegar a lo más alto. O incluso por sobrevivir. Porque ellos saben medir. Weinstein recibía en bata a sus estrellas, completamente desnudo, o las invitaba a un hotel para una reunión y lo que se terciara, pero con algunas llegó un poco más lejos: A Ashley Jud le pidió un masaje.  A otras las violó, como sucedió con Asia Argento. Fin del camino.

No me sorprende el caso de Weinstein, su frente lleva el letrero de “soy un puto acosador. Lo verdaderamente  chocante es el silencio cómplice que les ha permitido a personas como él jugar a ser los poderosos y tu la pringada. Así durante décadas.  Como si formase parte de una convención no escrita. Una regla subyacente en las relaciones labores de determinados hombres con mujeres.

Hemos conocido recientemente las 368 víctimas de acoso sexual de gimnastas rítmicas en Estados Unidos. Las atletas Jessica Howard y Jamie Dantzscher o Mac Kayla Maroney contra Larry Nassar. O el de la gimnasta ucraniana Tatiana Gutsu violada por el campeón olímpico Vitaly Sherboa alos 15 años, quien asegura haberse sentido en una cárcel los 27 que ha permanecido callada.

Este es un círculo vicioso interminable. Dudo que alguna vez llegue a su fin. Tú me necesitas para subir, así que harás lo que sea necesario, y yo pienso sacar tajada de ello. No me vas a denunciar porque no tienes pruebas, pero como me has rechazado una y otra vez, te voy a joder todo lo que pueda el resto de tu vida.

Ellos son culpables, por supuesto, pero hacer la vista gorda es aún peor. De hecho, me sonrojo al recordar algunos casos vividos y me siento incapaz de hacer daño, no al agresor, sino a sus familias. Me digo, total no fue nada, una tontería.

El agresor listo es una bestia sutil, conoce los métodos para que parezca, efectivamente, que no es nada, que es una tontería pero ¿Por qué hemos de aguantar aún semejantes situaciones? ¿Qué culpabilidad o complejo de inferioridad subsiste en nosotras para todavía  tolerar palabras y manoseos fuera de tono ?

 Mujeres del mundo, despertad. El peaje a pagar sólo está en vuestra cabezas.

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Hey, Jude móntatelo mejor

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Y el mundo se paró  para hablar de amor. Así comienza el último capítulo de la recomendable serie: “El papa joven”, protagonizada por un perturbador, extraño y seductor Jude Law; no apto para mujeres solas porque comenzarán a fantasear con esa cara, esas manos, ese cigarrillo y ese, ejem, alzacuellos, las 24 horas del día.

Se descubren unas cartas que el joven papa, antes sacerdote, escribiese a alguien de quien se enamoró y a quien renunció por su vocación. El locutor de Radio Vaticana repite: Y el mundo se detuvo para hablar de amor. Por una vez, la noticia no es el terrorismo si no las conmovedoras letras de Su Santidad.

Qué bonito sería ¿Verdad? Y eso que el amor, aparte de ser bonito y limpio y un milagro, el amor es nuestra esencia aunque en ocasiones los atascos, las facturas, los conatos independentistas, los informativos, lo campeonatos del mundo, hasta la perturbadora belleza de Jude Law nos empujen a olvidarlo.

Una vez, Jorge Bucay me pidió delante de 600 personas que relatase una anécdota familiar. Yo nunca he sido muy familiar, ni tan siquiera por aquel entonces, casada y con un niño pequeño. Aquello no iba conmigo. Viví durante años sumergida en una brutal estupidez de la que Jorge, sin quererlo, me despertó.

La anécdota: mi abuelo hacía un teatrillo encantador por las mañanas y le llevaba el café a mi abuela a la cama. No sé cómo me vino la imagen a la cabeza. Pero el mundo se detiene para hablar de amor. Lola y Antonio, con sus más y sus menos, durmiendo ya décadas en camas separadas, me mostraron  una ternura que jamás  vi entre mis padres. Jamás. Mi abuelo tocaba la puerta y preguntaba ¿Da su permiso la señora? Ella me miraba y sonreía: pasa, pasa. El café con leche, humeante y delicioso,  entraba con una magdalena que reposaba en un simple platillo. El abuelo lo colocaba en su mesilla. Esperaba a que ella lo probase ¿Está al gusto de la señora? Y entonces siempre sucedía del mismo modo. Ella debía regresar la taza a la mesa porque no podía parar de reir.

Ya no era el detalle de llevarle el café, era lo jodidamente gracioso que siempre fue mi abuelo. Creo que ahí empecé mi relación amor-odio con los sosos. Porque los sosos te dan seguridad, te llevan el café con leche pero nunca te hacen reír ni tocar las estrellas. La risa es volátil, intermitente, sin garantías. La seguridad es fiable pero también lo es el peso del mundo sobre tus hombros durante toda una vida.

Como en la violencia, en el amor todo son grados. Es violencia el abucheo, el escrache, los gritos, los insultos, la invasión y también la agresión física por supuesto. Es amor un gesto de cortesía, devolver un cumplido, crear un momento eterno entre tus amigos y tus amores; Demostrar el afecto en vez de esconderlo, disculpar las torpezas incluso ver en ello algo encantador que define a quien amamos y nos hace desearlo un poco más.

La anécdota de mis abuelos me obligó a aterrrizar en  mi estúpida vida.  No había en ella un amor como el de Lola y Antonio. Luego viví  ese amor con mayúsculas de un modo hermoso pero dolorosamente fugaz. Y las muestras de afecto recibidas son monstruosos fantasmas intangibles, sobrealimentados en estos años del hastío y la soledad.

Sorrentino me hizo llorar en el último capítulo del Papa Joven. Porque el mundo se tiene que parar, porque el amor es lo único importante y porque Jude Law te traspasa el corazón con la fragilidad de su personaje.

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Mosso bueno, mosso malo

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Me ha caído la del pulpo. Se me ha ocurrido decir que Trapero me pone y, madre mía, como se ha puesto el personal en las redes sociales. Eso sí, las señoras, la mayoría de ellas, me han dado la razón porque, por muy independentista que sea, por muy de saltarse las normas a la torera que sea, Trapote está bueno. Tiene ese punto viril, masculino, basto y algo animal que, por lo menos, a mi me encanta.

Queridos míos, con algo hemos desengrasar este panorama que nos tiene a todos de los nervios. Esta tensión insostenible entre los que queremos el AVE soterrado aunque las obras sean molestas y los que no se creen que las obras sean transitorias y entre los que amamos este país crujiente, caliente, diverso y plural que se llama España y aquellos que no se sienten españoles. La mayoría de ellos son jóvenes, incluso de mi quinta. Sus antepasados son de Jaén o Calatayud o Jumilla o Cáceres pero, quien sabe porqué, sólo se sienten catalanes y no quieren sentirse otra cosa. Imagino que quitarse la etiqueta de charnego ha sido imperativo para algunos, así como pronunciar y escribir un correcto catalán (al final muchos de ellos no escriben bien ni el castellano ni el catalán). ¿Es una cuestión de complejos? ¿De dorarles la píldora a todos esos nombres que desde el feudalismo les han jodido y bien jodidos?¿Por qué se empeñan en buscar fuera al enemigo? El enemigo siempre ha estado dentro y son esos poderosos que siempre lo fueron y que gracias a proceder de una familia de sangre pura ostentan un cargo con sueldos de muchos ceros. Y sé de lo que hablo. Conozco casos concretos, con nombres y apellidos. Y de los otros, también.

Queridos míos, amo el catalán, a sus autores, su lengua, sus campos, sus vinos, sus costumbres, sus playas pero es que eso forma parte de nuestra maravillosa España. Yo no quiero ser sólo murciana. Quiero ser catalana y vasca y gallega y castellano-manchega y valenciana y puertorriqueña y neoyorquina y parisina. Quiero tener siete nacionalidades en vez de una y un piso franco en cada ciudad del mundo de la que me he enamorado ¡Pero qué manía de encerrarse en el terruño!

Quiero decir que Trapote me pone —menudo apellido catalán, por cierto — y que nos peguemos unas risas y no montemos en cólera. Nos estamos tomando la vida demasiado en serio y la vida es un sueño, es una broma que se termina y que se termina pronto y Puigdemont es ridículo, con su chuleria y su pelo estilo perezoso y ojillos de mofeta ¿Y esas urnas para votar compradas en los chinos que parecen un tupper gigante? Todo es de chicha y nabo, aunque quedan semanas tensas y terribles y me consta que muchas amigos que viven allí lo están pasando mal. Sobre todo aquellos que ya vivieron una posguerra de mierda como la que tuvimos. No hay derecho. Porque yo soy también de donde son mis amigos.

Pero volviendo a Trapero, el físico es el físico y Trapero es un señor que se cuida, no tiene michelines a sus 52 años y lleva las cejas perfectamente depiladas (con cera, diría yo) y en todo este invento del referéndum, ese cuerpo y cara de mosso, es lo único capaz de quitarme un poco el estupor. Lo otro, es lo otro, que diríamos aquí.

El murciano no es tan proteccionista con lo suyo porque somos así: universalistas y adoptamos a quien haga falta. A Trapero, mismamente, si cambia de parecer político, me lo quedo yo.

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Los espejos de Atwood

 

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Dice Margaret Atwood que un país sin historias sería un país sin espejos. “¿Quién soy? se preguntarán los ciudadanos”. No, no, olvidadlo. No pienso dedicar ni una línea al omnipresente referéndum fantasma pero, qué duda cabe, que hay mucha ficción y fantasía alrededor del nacionalismo.

La reflexión de esta semana se acerca a la sempiterna bipolaridad del ser humano. He empezado por la más recurrente entre los creadores: el binomio ficción-realidad.

Según Barthes, un hecho real de más de cinco líneas se convierte en ficción. El ser humano es una máquina de reinterpretar los datos. Al final, las vivencias son secuencias de datos que se graban en nuestro subconsciente y los recuerdos (esos datos muertos, porque el pasado es algo muerto, no lo olvidéis) son una recreación de la verdad, verdadera que se adaptará a nuestros patrones perceptivos. Nuestra experiencia es única, personal e intransferible, casi como una huella digital. Miranda en “La Tempestad” de Shakespeare se preguntaba “¿Es cosa mía ver lo que veo?” para concluir “Sólo puedo ver lo que veo”. El dramaturgo británico se adelantó al psicoanálisis unos cuantos siglos. Cosa de genios.

Así que, con unas sutiles pinzas, dejo colgada esta duda ¿Hasta qué punto los datos que duermen en nuestro cerebro, transmitidos de generación en generación por el subconsciente colectivo familiar distorsionan mi percepción de la realidad?

El otro binomio que me apabulla es el de la necesidad de los recuerdos que teje el tapiz patrimonial de los pueblos (el espejo de Atwood) y por otro, la necesidad del auténtico vacío para volver a crear y generar innovación y avance. Este binomio: lleno-vacio, historia-futuro es un puro nudo contradictorio. La maravillosa Margaret  afirma que todo ser humano es intrínsecamente creativo y la materia prima de esa creación son los recuerdos (“Cuando estas palabras se le hayan ido de la cabeza, se perderán para siempre”). El arte es el corazón de la civilización y la escritura es el arte de las emociones pero, maldita sea, todos los escritores necesitan esa materia prima: la realidad acontecida en el pasado. O sea, los recuerdos. Y los recuerdos dice el profesor  Hew Len, son datos muertos. Imaginaos el hedor terrible. Lo muerto al final se pudre pero al narrador, al creador de ficciones no le queda otro remedio que hacer incursiones en su vida muerta. O sea, en su pasado.

Un exceso de recuerdos provoca un atasco emocional. Y eso sentí el otro día. No depresión ni ansiedad sino un monumental atasco. En mi afán recolector para poder escribir historias nuevas me he topado con una laguna tumefacta de pasado muerto que ya no sirve para nada. Atwood sostiene que el arte para el artista es una tubería hueca, un amplificador, incluso un truco para llevarse a alguien a la cama pero, ojo, si la tubería está atascada ¿Qué obtendremos? Ya sabéis lo mal que huelen los desagües.

A veces creo que el subconsciente colectivo de nuestra querida España, esta España mía, esta España nuestra, es como esa tubería y es imperativo que el agua circule. Lo mismo que es deseable para mi, para cualquiera — en especial  para los creadores de todo tipo— eliminar todos los datos viejos, llegar al Nirvana, a la página en blanco de Shakespeare, porque sólo desde ahí, desde el vacío absoluto, surge la más genial de las inspiraciones. La magia inexplicable de Giocondas y Quijotes. Si nuestra vasija está llena, la abundancia pasará por nuestro lado y nada podrá caer en ella.

Esta España bipolar pide a gritos uno o varios instantes de vacío creador. Y un poco de silencio blanco entre tanto berrinche.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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