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Categoría: Relaciones
Ese viejo par de jeans (el buen amor)

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Me encantan los vaqueros. Sin llegar a exagerar puedo tener unos veinte: pitillos, talle alto, talle bajo, big size, blancos, azules, grises, negros ¿Al final que ocurre? Os sucederá a vosotros. Al final casi siempre te pones los mismos; algunos perecen por el excesivo uso y se rajan por lugares indiscretos, aún así te resistes a arrojarlos al contenedor de la ropa vieja. Adoras esos vaqueros. Ese instante mágico en el que encuentras al jean que te ajusta a la perfección, te hace el culo perfecto, con los que te sientes joven, feliz…

Sin saber por qué, el vaquero es esa prenda fetiche de infinitas connotaciones positivas. El día que encuentras el vaquero perfecto, lo anotas en las jornadas gloriosas de tu existencia.

El buen amor es un viejo par de jeans. No son necesariamente ni los más caros, nunca los más baratos pero se convierten en tus compañeros inseparables en invierno y verano. Puedes vestirlos horas, te han acompañado en cientos de eventos importantes, en las mejores citas y sobre todo en esos días que eres consciente de pasar la jornada entera fuera de tu casa.

¿El buen amor por fuerza ha de ser cómodo? Sí, pero no comodón ni aburrido. No darlo por sentado una vez que lo hallas. El gran esfuerzo de cada día alcanza a mantener lo conseguido. El buen trabajo diario logra de cuando en cuando un destello de inmortalidad y esto lo podemos aplicar a cualquier área de la vida, siempre y cuando no descuidemos la labor de mantenimiento. Un amigo mío lo denominaba “servicios mínimos”; cortesía, amabilidad, respeto y educación. Eso es lo mínimo, sí.

El buen amor no es un sentimiento sino un compromiso. Por muy frío que parezca, así es. Este se construye gracias a pactos, acuerdos y continuos reajustes. Cierto. Ese pálpito, la emoción, la excitación, los nervios y enamoramiento también nos hace inmortales, nos endiosa pero también puede destrozar nuestra salud. La pasión erótico-amorosa dura unos cuatro años, dicen los expertos. Nuestro corazón explotaría. Por otra parte, las turbulencias emocionales son un horror, minan nuestra autoestima y nuestro bienestar físico y emocional.

En el buen amor hay planes, hay paz, hay futuro y tranquilidad.  ¿Qué buscamos cuando el amor aparece en nuestras vidas? Por desgracia, nuestras relaciones y antepasados familiares marcan sobremanera las relaciones de pareja presentes y futuras pero — por si alguien aún no se ha enterado —somos naranjas completas o hemos de serlo. El buen amor comparte y suma cualidades no va buscando desesperadamente que el otro supla tus carencias. Igual que un buen blueyin, se adapta a ti como una segunda piel pero no te crea una extremo adicional o te añade centímetros en las piernas.

¿Qué energía preside ese amor que vives? En los amores más apasionados hay una energía de muerte. Grandes historias de amor son profundamente luctuosas. Carmen, Medea, Otello tienen en común el asesinato ¿Qué mal rollo no? Vivir contaminado de ficción nos conduce sin remedio a un concepto erróneo del amor. Incluso hay adictos a estos sentimientos de peligro, infelicidad y montaña rusa emocional. Quizá yo misma en algún momento de mi vida me he paseado por estos raíles.

El buen amor se vislumbra claro desde el principio; es rápido y suave y fácil y sigue la ley natural del mínimo esfuerzo. Igual que crece la hierba sin sacrificios aparentes o amanece cada día sin necesidad de grandes estrategias, el buen amor debe ser sencillo, natural.

Malevaje cantaba aquello de no me quieras tanto, quiéreme mejor. Una verdad absoluta. Por eso para mi, el buen amor es un viejo par de jeans.

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Mi yo superior

 

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Desde hace unos días me voy a la cama esperando la cita con mi otro yo, mi yo cuántico. Quiero respuestas y las quiero ya. Así que con estudiado respeto me dirijo a este otro elemento superior que es la mejor versión de mi misma, la más adelantada, la que toma las decisiones correctas y le suplico, por favor, por favor, (espejito, espejito) muéstrame cual será el mejor de mis futuros posibles. Lamentablemente, los sueños no me devuelven respuestas muy claras, imagino que tendré que depurar la técnica. Es lo que toda la vida Dios se ha denominado “consultarlo con la almohada”

A Malet, premio Nobel 20106, físico y experto en la mecánica de los fluidos, por fin le han reconocido sus teorías pero muchos lo tomaron por un iluminado no hace tanto. ¿Conocen la Ley del desdoblamiento? Malet sostiene que tenemos dos tiempos diferentes a la misma vez. Un segundo en un tiempo consciente y miles de millones de segundos en otro tiempo imperceptible, en el que hacemos cosas cuya experiencia pasamos luego al consciente. Esta teoría explica de un modo científico —que me costaría horrores reproducir aquí—el por qué de los “Dejà vu”, las premoniciones, las intuiciones e incluso los flechazos. Ese alguien te impacta porque tu yo cuántico ya lo ha vivido todo antes que tú, porque, aunque tu memoria consciente lo haya olvidado, tu memoria subconsciente tiene muy presente los besos, los olores, las sábanas, los coitos, las promesas de amor y casi también todo el caos que sobreviene después: el desengaño, el dolor, las lágrimas y la depresión.  No es flechazo, es que te vas de cabeza a vivir lo que ya conoces. Como nos gusta lo malo conocido.

En el 2006 la revista American Institute of Physics de Nueva York y su comité científico validaron la teoría de Malet. Llevo días escuchando a este francés quien asegura que existen infinitos planos de realidad. Existen cientos de “yoes” pululando alrededor. No los vemos, pero están ahí. Hay una miríada de opciones y de mundos posibles que coexisten en otros cientos de planos y tu yo cuántico te las acerca en sueños para que aceptes, por ejemplo,  que lo mejor que pudo ocurrir fue la ruptura. Y así le das una oportunidad a tu yo consciente de abrirse a otros caminos. El yo cuántico te dice, mira tonta, esto es lo que te hubiese pasado si hubieras seguido con fulanito. Y como un fantasma de las navidades futuras, te ves a ti misma, onírica, atrapada en un bucle de frustración y aburrimiento.

Imagino a Puigdemont desde hace meses escondido tras su flequillo cuántico y preguntándose por el mejor de los futuros posibles. Las greñas no le dejan ver el bosque, está claro. Por mucho que Malet haya desarrollado esta maravillosa teoría con la que todos podemos auto ayudarnos, hay seres atrapados en un enorme ego. Ese ego que crea el fantasma de la dualidad. Ellos son malos, yo soy el bueno. Ese ego que te engaña y te lleva siempre al desastre.

Despertemos. No hay otros. No hay enemigos imaginarios. Asumamos la responsabilidad. Nosotros somos los auténticos creadores de nuestra vida. Quien siembra vientos, recoge tempestades. Es lógico que en ocasiones uno se sienta perdido. En ese caso, escuchen a su intuición más que a su razón. Piensen en Malet. Pongan a dialogar a su consciente con su yo cuántico y se producirá un intercambio de información que —si su ego lo permite—le anticiparán el mejor presente posible.  Y no es magia, sostiene Jean Pierre: “en física se llama hiperincusión y está perfectamente demostrada”.

 

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 Saturno

 

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Tu historia es mi historia. Las vidas se parecen tanto las unas a las otras que se sorprenderían. Y todo el mundo quieren que cuenten la suya. Cuántas personas se han acercado a mi y me han dicho la famosa frase: si te cuento mi historia, escribes un libro. Y con algo de cinismo y mala leche les contesto que no es menester.

En los últimos siete años me han despedido injustamente de un trabajo que me encantaba, han muerto familiares que quería, ha fallecido mi mejor amigo, me han traicionado personas que amaba y me he divorciado. Les ahorro los detalles porque, efectivamente, daría para escribir un libro, pero, sobre todo, porque mi biografía y la de casi cualquiera es semejante y más con el terremoto de la crisis a nuestras espaldas.

 

Escucho la nueva canción de Pablo Alborán, “Saturno”, y pienso que vaya una suerte que tenemos los que contamos con una vena creativa porque el desamor nos viene de perlas. Cualquiera que haya sufrido una o varias rupturas puede deducir que esa canción cuenta, efectivamente, su vida. Los cadáveres del abandono, de los amores rotos, siempre son los mismos: los hijos que no se tuvieron, los lugares que no se visitaron juntos, tantas y tantas fotos que quedaron por hacerse, la casa que se hubiese compartido.

El aborto del amor es el más cruel de los destinos. Es matar a un niño no nacido. O sea, matar la esperanza, el futuro. Aunque claro, como canta Pablo: “tuve tantos momentos felices que olvido lo triste que fue darte de mi alma, lo que tú echaste a perder”.

Si vives en misma ciudad que te enamoraste y te despreciaron todo es un recordatorio permanente: aún se oyen los gritos de amor, no en Plutón, sino en el viejo barrio, en una playa; besos en la calle o en la ladera de un monte…Uno quiere pasar página pero hay demasiados cadáveres aún calientes por todos los rincones.

 

Alborán dice que se interesó por la leyenda de Saturno, el que se comía a sus hijos. Las historias de desamor tienen eso en común: en ocasiones sientes como alguien monstruoso te desolla las entrañas para comerte crudo. ¿A quién se come Saturno? a su propio hijo no nacido.

Los rompeamores son Saturnos. Unos monstruos sin corazón.

No empieces algo si no estás convencido de ello. No utilices.

 

Por otro lado, todos los que somos del signo Sagitario hemos tenido al puto Saturno retrógrado durante 3 años haciéndonos la puñeta. Con todas mis amigas Sagitario lo comento: hemos sufrido debacles increíbles. Unas más que otras. Aún cruzo los dedos para llegar a final de año con vida.

 

Los astrólogos, sin embargo, coinciden en señalar que Saturno es el maestro del Karma: el pasado que regresa a tu vida, conflictos no resueltos y la imperiosa necesidad de ejecutar lo que tantos años atrás has ido posponiendo. Los procastinadores perecen. Saturno te obliga a ordenarte, estructurarte y te da lecciones imposibles de olvidar.

Saturno te pone a los pies de los caballos y a los pies de tus citas a esos tipos que no te convienen —una amiga los denomina follapavas —para que aprendas a esquivar de una jodida vez ese pedrusco.

Todos hemos sufrido“saturnos” en nuestra vida. Esas vivencias que dejan cicatrices en vez de huellas. Todos hemos querido perdernos en la galaxia de los futuros hermosos y hemos dado con los pies en el polvo, sin una ilusión con fundamento que llevarse a la boca.

Lo dicho: tu historia es mi historia y con todas, efectivamente, se escriben muchos, muchos libros.

 

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Relaciones no monógamas

Harry, Hermione and Ron are spotted by Deatheaters. They hide and Harry sends Patronus. Hogsmeade. (SC210)

El padre de mi amigo Juan siempre le decía: “hijo mío, esta vida es un saco de cuernos y cuanto antes lo asumas, mejor”

Esta frase sin duda pertenece al último siglo XX, incluso al antepenúltimo siglo XIX. Hoy la cosa es distinta.

Los estudiosos del mundo relacional del siglo XXI proponen un mapa de relaciones a la carta en la que cabe el engaño pero en un grado muy mínimo. El planteamiento general es el siguiente: esto de la monogamia consecutiva suele acabar en divorcios consecutivos, así que, para qué narices nos vamos a complicar la vida con contratos y reglas inmovilistas.

Como en todas las relaciones, la base de esta nueva forma de intercambiar fluidos, pieles y sentimientos (o no) tienen como base un pacto, incluso una definición o una etiqueta.

Hoy día tenemos estructuras familiares antiguas como el sol: la poligamia religiosa (soy mormón o soy el líder de una secta y como tal tengo derecho a un harén) y la poligamia social (se muere mi hermano y me quedo con la propia y con la suya, que no se diga que dejamos tirada a la familia). Pongamos también que a mi me disgusta el Sado Maso pero a él le apasiona, pues yo, como soy tan moderna, le permito que tenga una ama —siempre y cuando le dé latigazos y patadas en la espinilla por ser tan gilipollas— que esa pene sólo se mete en un lugar, en mi lugar para ser exactos. Que yo podría ser ama, pero el latex, el cuero y las fustas me dan repelús.

Luego pasamos a un término que se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos: las relaciones abiertas, dentro de este apartado encontramos el ya conocido y polémico poliamor. ¿Para qué vivir con el remordimiento de la infidelidad? Es una inutilidad. Apostemos por la honestidad caníbal:

“Hola Hermenegildo, resulta que me he enamorado de Tomás, pero que os amo a los dos por igual y él me quiere tanto que no le importa compartirme. Además, si en el fondo tenéis muchas cosas en común ¡¡verás que bien lo vamos a pasar los tres!!”. Aquí no hay cuernos, aquí no hay engaño. Eso sí, hay que tener un estómago del Cañón del Colorado para afrontar la situación, e incluso la convivencia  ante semejante panorama. Lo reconozco, debo ser muy antigua, porque si fuera a la inversa, si Hermenegildo me presenta a Sarita puede que la integridad física de ambos peligrase.

Vamos, que los puedo asesinar con un destornillador si es que no encuentro otra cosa más a mano.

Dentro del PoliIamor, como en toda estructura consensuada, hay de todo. De parejas que admiten a un tercero pero asumiendo que es algo muy secundario en su estructura original, a tríadas en las que todos tienen la misma categoría y que pueden ser heteros, homos o bis. Hay estructuras de Poliamor más o menos rígidas, a las que se pueden ir sumando componentes y los hay que lo practican sin orden ni concierto. Sin pactos ni obligaciones.

Dentro de las relaciones no monógamas los hay que “salen con gente” y aquí no media ningún tipo de exclusividad ni compromiso. Pero también hay parejas establecidas en las que se tolera cierta libertad sexual: “tú no me cuentes, que no yo te pregunto”;  En otras se acepta la conocida regla de los 200 kilómetros: “si mi marido se va de viaje tengo permiso para un escarceo”; aquí también podríamos incluir la infidelidad o el sexo de convención. Fíjate tú, hombres y mujeres solos, de viaje de trabajo en enormes habitaciones de hotel con camas dobles.

Entramos en el apartado de los swingers, que son aquellos que apuestan tácitamente por el intercambio de parejas. Los hay que acuden a sofisticadas y carísimas fiestas, como las que organiza la amiga íntima de Kate Middleton dentro de su empresa “Matando gatitos”  (Killing Kittens)  y los hay que practican sexo en lugares de intercambio de parejas pero sólo con su partenaire habitual.

Lo más común, dentro de lo infrecuente, es el denominado swinging cerrado. Cuernos consentidos con una pareja amiga, quizá siempre con la misma; O tríos con compañeros de trabajo e invitados especiales (elementos exóticos que quizá acudan al ágape carnívoro a cambio de emoluentos, o sólo por curiosidad). En este estilo de vida puede pasar cualquier cosa: “como soy tu macho dominante te presto a mi amigo Paulo”;  “O te llevo para que te intercambies con otros mientras yo te observo”

El swinging también se da en el mundo gay,  por supuesto, e incluso en el mundo bi: “Papi se escapa los fines de semana a saunas”. Esto incluso puede entrar en la categoría de “No me cuentes, que yo no te pregunto” .

Están las famosa play partys tematizadas al gusto de cada cual: bondage, sado o felaciones en grupo, como las denominadas fiestas del arco iris, donde chicas con los labios pintados de colores buscan a los machos para darles placer.

Para los solteros empedernidos y amantes de su soledad está la solución de siembre. Y no, no me refiero a la masturbación (que lleva camino de convertirse en una sofisticada práctica, sólo tenéis que echar un vistazo a la cantidad de vibradores y dildos masculinos y femeninos que prometen y logran orgasmos intensos y repetidos), sino al tradicional y casi vulgar sexo esporádico, a los amores de barra y al “si te he visto no me acuerdo”. Esto se está quedando casi tan demodé como la frase del padre de mi amigo.

Hoy se lleva quererse mucho, quizá no de un modo intenso —alejados de los dramas dieciochescos y de pasiones otelianas — pero quererse de buen rollito y compartirse, casi igual que los niños se intercambian los cromos a la hora del recreo.

 

Como soy una mala pero una mala antigua me niego a repartir, a ceder a mi chico para que otra lo domine. Porque para eso ya estoy yo. El único trío o relación de poliamor que mi mente admite es con dos macizos locos por mi, heteros hasta las trancas y dotados física e intelectualmente. A esto le denominaría yo el paraíso de la mala.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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