La Verdad
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Calles Franquicia
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Inma | 13-02-2018 | 18:14| 0

 

Vas caminando por una ciudad y, si no fuera porque los ruidos que percibes alrededor no te resultan familiares, por un momento podrías pensar que estás en una calle que ya has recorrido mil veces antes, por ejemplo, en la calle Serrano de Madrid, cuando tal vez te encuentres a más de mil kilómetros: en Oxford Street en Londres; en la Quinta Avenida de Nueva York o, ¿por qué no? en la avenida Chang’an en Pekín.

De unos años para acá todas las ciudades se parecen cada vez más entre ellas. Sí, se están copiando descaradamente. “Son los estragos de la globalización”, sentencian los expertos. Uno de los fenómenos más osados son las ya conocidas como “calles franquicia”.

La mayoría de estos comercios –todos muy luminosos y llamativos-, con grandes puertas abiertas (“pasen” nos invitan de forma sutil) están regidos a través de contratos de franquicia que conllevan muchas horas de negociación, de reuniones y de redacción definitiva; Son de esos contratos que, como mínimo, se tarda una media hora en firmarlos por tantas páginas, anexos, adendas, logos a usar, tarifas a aplicar, etc.

¿Ladrones por doquier?

Los antropólogos apuntan con una flecha inquisitiva más tensa aún: ¿Les estamos robando el alma a las ciudades? Mira que si al final, ¿vamos a ser unos ladrones? Lo digo sin ánimo de ofenderles, con todas las eximentes posibles.

Estos estudiosos del mundo urbano parten de la idea de que todas las ciudades tienen (bueno, tenían) su alma: su “genius loci”. Pero cuando llega a estas calles el potencial económico de las franquicias (de ropa sobre todo, pero también de alimentación, decoración, cosmética, etc.), entonces aquel espíritu singular termina por desaparecer y se da un giro copernicano: el metro cuadrado pasa a cotizarse con varios dígitos de ceros.

Venecia, un caso de estudio

Y todo parece ser que comenzó con el “made in China”. En una ocasión debatíamos con un profesor en clase sobre qué queda realmente de auténtico en una ciudad. Ponía el caso de Venecia. Tengo que decirles que –tristemente- esta ciudad ya es estudiada en todos los foros como paradigma del “hundimiento”. Léase por favor en sentido metafórico. callesred1

Y si por ejemplo, ahora que estamos en carnavales, nos compramos una máscara en Venecia, aun cuando pensemos que es una pieza de artesano (y así paguemos su precio), nada más mirar la etiqueta, veremos que pecamos de ignorantes, porque se tratará casi seguro de una fabricación en serie.

Ahora una vez que tenemos asumido el “made in China”, nos toca hacer de tripas corazón: porque nos lo venderá un paquistaní o un chino también. Entonces, nos preguntaba el profesor en el examen: ¿Qué hay de auténtico en esa compra, en ese souvenir? Costaba dar con la respuesta.

Hay esperanza ante estos “robos masivos urbanos”

Últimamente la he recuperado. Algunas ordenanzas han logrado una política urbana de “reinserción” de estos “ladrones” que pululan por las principales avenidas. Con más frecuencia en muchas ciudades ya es fácil ver cómo en algunas calles estas franquicias están sí, pero han llegado a un buen entendimiento con la idiosincrasia del destino y respetan la arquitectura propia de cada lugar (que si fachadas, que si rotulación, etc). callesred2

Un precioso botón de muestra es la histórica calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria donde todas las fachadas semejan las antiguas casas, con sus mismas puertas, ventanas, balcones, coloridos… Incluso en el interior, también se han respetado los patios de aquellas antiguas viviendas.

Y sí, da gusto comprar en estas “casa-franquicias” (aunque sea lo mismo que uno podrá seguramente encontrar en su ciudad). Pero lleven cuidado, a nada que uno se despiste un poquito, pueden pasar desapercibidas porque incluso los escaparates están bien escondidos en las ventanas. Cosa curiosa, y digna de cotillear. Con lo que a mí me gusta entrar en las casas ajenas y, en éstas además, se puede comprar.

 

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Lágrimas en Fitur
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Inma | 23-01-2018 | 12:29| 0

 

Ya sé que no es lo propio cuando uno acude a una Feria de Turismo, pero éramos más de trescientas personas escuchando la charla y, ante tanta grandeza humana, muchos de los oyentes terminamos llorando.

Les cuento. Un buen día un chico joven, Oliver, le dice a su madre que se va a hacer el Camino de Santiago con su hermano pequeño Juan Luis (Juanlu en la familia) que tiene una parálisis cerebral de un 96%.

La madre, al principio, qué que locura, qué va a ser imposible. Pero esta palabra: “imposible” ya no existe en el idioma que hablan en su casa. Ya en la segunda conversación el chaval la convenció, tanto que la madre se unió con ellos. Ella era la encargada de las tareas de la ducha del pequeño cuando terminaban; preparar las comidas; reparaciones de las piezas de la silla (se les rompió en dos ocasiones), etc. Sí, todo ese trabajo silencioso que muchas veces pasa desapercibido.

El hermano mayor nos contó qué día de todo el trayecto había sido el más duro: el primero. Cogió fuerzas y, cuarenta días después, llegaron a Santiago de Compostela. Las imágenes del grupo, manteando al hermano pequeño, que gritaba por todo lo alto de alegría, te encogen el alma. Por si fuera poco, si en el Camino había tramos que se podía ir también por asfalto, ellos elegían los tramos de piedra.

La gente que se cruzaban, se rendían admirados. Un día, en este devenir del Camino, se cruzó con ellos el cineasta, Joan Planas. Cautivado por esta historia de tanta fortaleza humana les propuso reflejarla en vídeo. ¡Gran idea de colaboración! Dice agradecido Joan que: “el estreno del tráiler de su primera película ha sido su regalo de Reyes”. charla-minubered

En el coloquio uno de los asistentes llamó a la madre para que ella también contará en el escenario su experiencia. Empezó con su acento granadino a contar las anécdotas, pero terminó –terminamos- con lágrimas de emoción.

A mí me recordaba la historia, también real, de la película “Intocable” en versión española: la relación tan cordial entre los hermanos; el humor con el que se tratan; las pequeñas locuras del camino. Un botón de muestra de una de ellas: Un día el pequeño dijo de enganchar la silla de ruedas a la bicicleta de otro peregrino. Para el mayor era: “Dicho y hecho”. Pero, en la rampa de bajada, no contaban con que la velocidad sería más de la esperada y terminó Juanlu en el suelo.

Al terminar la charla, después de recuperarnos un poco de tantas lágrimas, nos acercamos a hablar con la madre. Nos contó que realmente el hermano mayor había hecho el camino dos veces, pues en muchas ocasiones iba, ponía la cámara a grabar, a unos cincuenta metros de distancia y luego, retrocedía para empujar la silla y avanzar juntos.

Si tienen curiosidad, parte de este gran trayecto se puede ver en su canal de youtube “Oliver Trip”. Este “Camino sin Límites” (como ellos lo llaman) condensa esta historia real, de superación de barreras físicas y también mentales, de fuerza, de alegría, de relaciones entre hermanos, de aprender a tratar a los demás con normalidad, de contagio de motivación e irá a los festivales. Ojalá cautive el corazón de mucha gente, como sucedió en la charla a todos los que asistimos en Fitur.

 

 

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Pasen y toquen
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Inma | 10-01-2018 | 08:54| 0

 

¿Cuánto tiempo podemos estar dentro de un museo? Ya hay una respuesta a lo que se conoce como “la fatiga en el museo”. Más de dos horas dentro y nos convertimos en un “espectador durmiente”. Sí, podemos continuar una sala más, luego otra, pero ya no prestamos interés. Avanzamos en modo “automático”, como adormecidos. Y ya, al llegar a la tienda, aquí las estrategias de marketing, nos “despiertan” del letargo y activan el monedero, para pasarlo al modo “open”.

Para evitar no sólo el cansancio sino también llamar la atención a lo largo de toda la visita, se han ideado muchas técnicas. Viajamos hoy con una de ellas: cartelas que sí permiten tocar el arte. Y nos adentramos en dos museos situados en Cartagena y Valladolid.

Tocar o no tocar, he ahí el dilema

No crean que está siendo fácil lograr su éxito. Tenemos tan metido en la cabeza aquello de “no tocar” que nos hemos vuelto demasiado obedientes. Y somos algo reacios al cambio. Vaya que se nos antoja muy atrevido y seguimos tímidos con aquello de estirar el brazo y palpar.

Hace poco un investigador que ha estudiado durante meses cómo se comporta el público dentro del Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQUA) de Cartagena contaba la siguiente anécdota: Existe un diminuto cartel solitario que indica que sí se puede tocar. Pero está colocado justo en una esquina, algo retirado del circuito por el interior del museo. Sin ninguna pieza de arte a su lado. El púbico sigue la trayectoria normal de la visita por el camino más corto y no se acerca a leer qué pone en ese cartelito de la esquina. Y claro, al no salirse de la ruta, continúa por la segunda parte del museo sin saber que podía tocar todo lo que veía en ella.

Las responsables del Museo de Arte Africano de Valladolid también me contaban que habían colocado, ahora sí, en lugar bien visible la señal con grandes letras: “Permitido tocar, obligado sentir”. Querían que el público pudiera palpar –sí, manosear también- la textura del barro, la de una tela, etc. Y, para su desconsuelo, tampoco nadie se atrevía. Ya no era cosa de un cartel chiquitito ni de otro colocado en una esquina.

Casi caricias con el arte

Vladimir Bazan ha fotografiado el comportamiento de los visitantes en los museos. Los hay que duermen la siesta (pasaron del adormecimiento al sueño profundo); otros que se mimetizan con la obra que están viendo…

vladimir-bazan-louvreLes dejo mi favorita de esta serie de retratos de nuestros comportamientos en los museos. Porque en ocasiones la atracción que provoca el arte es de tal fuerza que, con o sin cartela, sea ésta diminuta o llamativa, no podemos evitar estirar el brazo.

El profesor de arte ante la obra

Les confesaré que un día el profesor de arte tuvo la magnífica idea de dar la clase en el museo. Había una pequeña escultura vestida y claro, siendo adolescentes, vaya que nos asomamos un poco –llevando cuidado eso sí- por debajo de la estatua. Queríamos saber los entresijos (e intimidades, ¡ejem!) de aquella pieza. El profesor nos pilló a todos con la cabeza retorcida. Pensamos que nos iba a reñir y que se nos había acabado la aventura de dar las clases fuera del aula.

Pero sucedió algo que no habíamos esperado: Se acercó a nosotros y se asomó él también por debajo de la ropa para ver el interior de aquella pequeña estatua. Como si fuera un “Nene” más (¡qué bien puesto tenía su apodo!). Y sí, dimos muchas más clases en los museos.

Porque sí, la curiosidad nos une a todos desde que somos niños. Y cosa buena es que nos siga acompañando, ¿verdad? Seamos estudiantes, profesores, tímidos, osados… Da igual, nos “despierta” a la vida.

 

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Espérame de pie
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Inma | 26-12-2017 | 16:36| 0

 

-Dentro de 80 días regresaré y habré dado la vuelta al mundo.

‑Venga, déjate de tanto postureo y chulería, que somos amigos. ¡Un gentleman como tú, diciendo esas barbaridades! A ver si te van a oír…

– ¿Cuánto te apuestas a que cruzaré este hall con pruebas fehacientes de haber dado la vuelta al mundo?

– ¿Ah, pero vas en serio? ¿Quieres apostar? No me tientes Phileas… ¿Te jugarías la mitad de tu fortuna?

– ¡Acepto la apuesta! Tú espérame aquí, de pie, justo debajo del umbral de esta puerta.

Y alzando la mano a modo de despedida le gritaba ya dando los primeros pasos: “Nos vemos en 80 días. Me voy que tengo un poquito de prisa”.

Con esta conversación, en versión libre actualizada, dos caballeros ingleses, con sus monóculos y largos bigotes, en uno de los clubes privados londinenses de la calle Pall Mall apostaban: Uno, convencido de que en tan breve plazo de tiempo no se podría cumplir la promesa. El otro, ya se había puesto de camino.

¿El resultado? ¿Quién ganó? Todos lo conocemos por “La vuelta al mundo en 80 días”.

londresredjulioEste edificio y, para ser aún más precisos, la puerta donde le esperaba el amigo incrédulo, está a unos cinco minutos caminando desde Trafalgar Square. Ante esta cercanía merece la pena ser testigos del lugar donde se localizó aquel acto ¿valiente?, ¿demasiado osado?, ¿aventurero?… Porque para hacer una apuesta así y jugarse la mitad de su fortuna hay que tener la autoestima muy alta (sí, sabido es que los dos amigos eran muy pudientes. Pero aún así). En un momento además en el que el cielo aún no estaba lleno de aviones de aquí para allá.

Londres cuenta con muchos rincones que nos trasladan a la infancia. Cuando me preguntan amigos, siempre aconsejo este destino para ir con niños. Y no falla, a su regreso, los veo satisfechos: a padres e hijos por igual.

Nuevas rutas

De la parada y desafío londinense seguimos de aventura por Suiza. No sé si también les pasa a Vds. Saber cómo surgen las primeras rutas en el mundo es siempre muy interesante. En el colegio asistía con los ojos abiertos a las explicaciones de Cristóbal Colón. Aprobado sin necesidad de repasar antes del examen. Porque dónde esté una buena historia… Y un buen maestro también. Binomio perfecto sin necesidad de deberes después.

De la literatura pasamos a la geografía: El primer ascenso al Mont Blanc también tuvo su punto de osadía. Aquí no fue una apuesta sino un concurso que convocó el geólogo y buscador de minerales Saussure. Este (también) aristócrata quería saber cuál era la altitud de aquella montaña nevada. Y para ello prometió una buena recompensa económica a quien lograra encontrar un camino para llegar a lo alto. Se presentaron al concurso el doctor Paccard con Balmat. Lo lograron. El ascenso -también estuvo lleno de aventuras como las de Julio Verne- marcó el inicio del alpisnismo. Aquí hay otra buena historia de esas que dejan huella.

Cruzar “fronteras”

Ya nos convenció Ryszard Kapuscinski, con aquello de: “el sentido de la vida es cruzar fronteras”. Tanto en sentido literal (él era reportero) como metafórico pues siempre, comenzar un año nuevo nos abre nuevos caminos. Y con ellos nuevos destinos. Así pues, les deseo ¡Feliz Año Nuevo! Y que con él comiencen también “nuevas rutas y aventuras personales” para todos Vds.

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Los días grises
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Inma | 10-12-2017 | 14:05| 0

 

En Bilbao son especialmente bellos. Este color es un continuum en toda la ciudad. Se vincula a su pasado industrial. Sobre todo al acero que tanto bienestar económico trajo consigo.

De tiempos pasados quedan aún huellas. Una es la chimenea rodeada de una explanada de hierba, muy cerca del centro histórico justo donde estaban las industrias Echevarría, que dan hoy nombre al parque. “Antes eran tres chimeneas. Dejaron una a modo de memoria y homenaje”, me contaba un señor mayor que bien conocía esta zona de primera mano.

Seguimos en modo grisáceo

Y el mismo color gris nos lleva al presente. Y todo pasa por la planificación urbanística de la ciudad tras unos años de crisis. El foco se puso en una proyección futura de Bilbao vinculada a la cultura.

Aunque al principio este objetivo se antojaba difícil por ser algo intangible, hay muchos lugares que dan fe bien visible (ver para creer) de haberlo logrado.

Muchos edificios que fueron industrias, hoy tienen una nueva vida, un uso destinado a temas culturales. Una buena muestra es “La Alhóndiga” (Centro Azkuna). En él queda el despacho de su director tal y cómo estaba cuando era un almacén de vino. En este centro aquel sabio lema latino “mens sana in corpore sano” lo cumple a rajatabla: una piscina en lo alto (se la recomiendo, está abierta al público hasta altas horas de la noche); cómoda biblioteca (de esas para leer en un sillón orejero); terraza (también para detenerse)… Ya les digo una parada de esas que uno sale como nuevo, en cuerpo y alma.

Del acero al titanio

niebla1redSi en el pasado el gris lo protagonizaba el acero, hoy esta tonalidad la tiene el titanio que rodea el Museo Guggenheim. Y nos vamos a quedar en su exterior, embelesados en este color.

Ya saben que este museo es rompedor. Sí, literalmente sigue la estrategia de “trasvasar muros”, pues tiene varias piezas de arte fuera de su recinto construido. Una de las más populares es “Puppy”. Hay un chiste local que dice que el perrito llegó antes y que, ya luego, le construyeron su “casita” detrás.

Una parada a lo Marilyn

En otro de sus rincones exteriores podemos emular la famosa escena de Marilyn jugando con el vapor del subsuelo neyorquino; Pero aquí –que estamos en Bilbao-, ¡a lo grande! No sólo a ras de suelo entre las piernas, sino que este vapor recorre todo nuestro ser, de arriba abajo.

Se trata de la pieza de arte extramuros -también de tonalidad gris- conocida como “la escultura de niebla”. Deben prestar mucha atención porque puede llegar a ser “invisible”. Sólo se puede ver y sentir a las horas punta. Luego ya, pasados unos minutos, a eso de y diez, se desvanece.

A mí me encanta porque es la sensación de poder ir caminando dentro de una nube. El mejor lugar para sentir este gran abrazo de aire es paseando por la ría, cerca de la araña “Mamá”.

Una obra de arte que “te acaricia”

niebla3redSu autora es una artista japonesa muy graciosa: Fujiko Nakaya. Su padre era físico, todo un experto trabajando con hielo y nieve. Contaba con un buen maestro en casa a la hora de hacer los deberes. Yo me la imagino haciendo experimentos entre el congelador y el horno con su padre, los dos mano a mano.

La idea de crear obras de arte con vapor le surgió porque en una exposición universal uno de los edificios le pareció muy soso y no le gustaba. Se las ingenió para poder “hacerlo desaparecer” por completo. Una forma sui generis de transformarlo en arte, ¿verdad?

Aquí también en algunas ocasiones el espesor de esta bruma artística puede llegar casi a ocultar el edificio. Me contaba un trabajador del museo que cada día la obra es diferente porque juega con las condiciones meteorológicas y se crea un microclima con un toque muy intimista, según cómo empuje el viento o penetre la luz solar. Ése era el propósito de la artista: “esta obra es una reflexión sobre el cambio”.

Porque Bilbao ha sabido cambiar aquella fuerza motora de la industria por otra dirigida hacia la cultura. Ha ganado el premio a “la mejor ciudad europea para 2018”. He aquí mi felicitación por este “casi Nobel urbanita”.

Sabido es que después de la niebla siempre sale el sol. Por eso los días grises en Bilbao nada tienen que ver con la tristeza. Y sí mucho con la belleza. Y también con el arte.

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Aeropuertos, ¡qué lugares!
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Inma | 03-12-2017 | 16:38| 0

 

El mundo está de nuevo dividido en dos grandes bandos y, no sólo futbolísticamente hablando. ¿Cuáles son las catedrales en el siglo XXI? Unos –los del balón- lo tienen claro: los estadios. La respuesta para otros: los aeropuertos. Como les digo, he ahí la cuestión urbanística que los enfrenta.

Hace poco el arquitecto de la famosa T.4 desvelaba todos los secretos del proyecto. Uno de ellos, bien bonito, era la utilización del bambú, planta flexible y resistente a la vez. Pero sincero, Richards Rogers reconocía la excesiva amplitud del espacio interior. Vaya que a nada que uno se descuide con su café y libro, puede llegar a perder el avión, aunque su puerta de embarque esté… ¡en la misma terminal!

El día que todo cambió

Hubo un momento crucial en el que todos los aeropuertos sufrieron un “giro copernicano”.  Fue toda una acrobacia de marketing. Les cuento cómo fue la voltereta, digo, la estrategia. Estos edificios ya contaban con todas las tiendas abiertas. Pero había un problema. Los pasajeros que llegaban, iban directos a las cintas para recoger sus maletas y en cuestión de unos diez, quince minutos máximo, ya las tenían y, camino al hotel o a casa.

aeroredLa idea fue: “tenemos que lograr que todo este grupo de pasajeros de llegada, pase sí o sí por la zona de tiendas para que puedan comprar o tomar algo en los restaurantes”. Primaba hacer caja. Poca compasión con su prisa por abrazar en destino. Tampoco con el sufrimiento del jet-lag. Y sólo después de “haber hecho el paseíllo del consumo”, ya sí, permitirle que recoja sus maletas. Compasión tardía la del nuevo diseño de los aeropuertos, como ven.

Así las cosas, sin apenas darnos cuenta, vamos siguiendo cual rebaño estos recorridos de flecha por aquí y por allá y, los que vienen como los que van ahora pueden encontrarse en el trasiego de la zona comercial del aeropuerto. Sálvese quien pueda.

Y el día que me perdí dentro de un aeropuerto. Y eso que era de los pequeños.

Yo que me estudié concienzudamente este cambio de ecuación se ve que no hice bien los deberes, pues en un aeropuerto pequeño de Portugal, recién llegada, cómo será que llegué a perderme en todo el trajín de tiendas. Gracias a la ayuda de la señora de la limpieza pude escapar y dar con la salida. Me veía ya como el protagonista de “La Terminal”. No vayan a pensar que soy demasiado peliculera por favor.

Pero siempre hay un toque humano.

Dentro de este laberinto comercial sutil de los aeropuertos, hay también recovecos humanos. Uno de ellos es una iniciativa reciente denominada “Relatos de Aeropuertos”. Sus creadoras empezaron observando a las personas que allí estaban e imaginaban qué historia habría detrás de cada una. Yo creo que todos alguna vez nos hemos visto inmersos en este juego de la observación en los lugares de tránsito. Se dieron cuenta de que podían rescatar esas historias, y pasaron de mirar a charlar con estos pasajeros. Unos días del mes se van a la T.4 con su cámara, se acercan y los entrevistan. Trocitos de estos ratos de conversación los cuelgan en su página web.

(..) Tan gratos para conversar.

Y en este recorrido humano por los aeropuertos, siempre nos quedarán los abrazos de Carlos del Amor que llegan cada año unos días antes de Navidad con sus reportajes en la puerta de llegada para compartir ese momento del encuentro de familiares y de amigos que llevan meses largos –a veces hasta años- sin verse y que a más de uno nos han hecho llorar.

(..) No hay como el calor del amor ‘al llegar’.

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Playas verticales versus Costa Rica
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Inma | 14-11-2017 | 13:49| 0

 

Hace poco tuve la oportunidad de conocer a dos chicos costarricenses que durante los fines de semana de todo un año, aprovechando que no tenían que trabajar, han realizado un inventario de las playas de su país. Compartíamos nominación, junto con Chile, a un premio turístico en la categoría <<originalidad>>. Al final, este curioso catastro de las playas de Costa Rica triunfó.

El día que la economía se coló en una charla

playavertical2redAl terminar la ceremonia de entrega de premios y, una vez superados los nervios que aprisionan el estómago cuando se oye aquello de: “Y el ganador es…”, me acerqué a felicitar a los dos autores de este bonito proyecto. Nada más conocernos, todos confesamos muy sinceros que habíamos seguido –casi de forma intuitiva- muchas de las reglas de economía. La más popular: “vigila y analiza a tu competencia”. Vaya que sí, que sin tapujos reconocimos que habíamos estado inspeccionándonos en secreto.

Hay otra máxima también de economía, quizás más difícil de poner en práctica, según la cual “comparte y acrecienta el saber con los que están en tu mismo sector”, que también de forma espontánea, la seguimos en nuestro duelo turístico Costa Rica versus España. Les cuento cómo la economía se coló en nuestra conversación inicial.

Comenzamos platicando, como no, sobre playas. Su inventario es de esos que te deja con ganas de visitar de inmediato el país (premio merecido por este “factor llamada”, ya lo creo). Pero en este debate amistoso a uno le sale -también de manera inesperada- la vena patriótica y, si se deja llevar, se suma la vecindad civil; Vaya que me subí a lo más alto, porque les hablaba de algunas de nuestras “playas verticales” del Mediterráneo formadas en unos casos por la recopilación de la sal que generosamente nos regala el mar y que hace las veces de montañas y espejismos. Y otras, formadas por arena, que atestiguan el paso del tiempo en sitios donde muchos años antes era fondo marino.

playavertical1redEllos quedaron asombrados porque no conocían por su tierra estas formaciones en altura. No sé si me pasé a la hora de presumir de “mis playas”, pero coincidencias o no, el caso es que uno de ellos vendrá pronto a España y tomó buena nota para visitarlas. ¿Será también el “efecto llamada” desde este otro lado del océano?

También les hablé de las de “arena negra” que tenemos en algunas de las Islas Canarias, donde la lava llega hasta el mismo mar. Y como no, de algunas de la costa levantina -como las de Altea- en las que los de fuera nos quejamos de “las piedras” y, los residentes insisten en tono de humor en que son de arena, pero “gorda”.

Y, después de la economía, se coló también la amistad

Ellos me contaban que en su país, la seña de identidad es que la vegetación llega rozando casi el mar: del verde se salta al agua. A muchas de aquellas playas sólo se puede acceder con un 4×4 (“no hay peligro de masificación”, me tranquilizaban). Y les contaré que en la inspección secreta que yo llevé a cabo antes de conocerles, hay unas de agua transparente donde las tortugas se pasean tranquilamente que… Vaya que yo también he tomado nota de las suyas. Viva la sana competencia que nos enriquece allende y aquende la mar.

Porque una de las cosas bonitas de esta contienda dialéctica playera que les cuento es que terminó transformada en una charla de amigos porque nos dimos cuenta que teníamos algo que nos unía: la grandeza del mar.

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Te invito a “mi” piscina
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Inma | 24-10-2017 | 16:22| 0

 

Sí, con el posesivo en singular. Y no habremos mentido, faltaría más. La verdad que camine por delante. Incluso podemos completar la frase en plan generoso, con aquello de: “Ven cuando quieras”. Esta oración gramatical, así conjugada, la podemos pronunciar “con toda propiedad” en muchos lugares donde “nuestros invitados” quedarán sorprendidos y, por supuesto, a buen remojo.

Las hay a pie de playa

mipiscinaredEn muchas ocasiones es la mano del hombre la que delimita su vaso. Y lo hace a la usanza del tradicional cuadrilátero. Una, con este diseño, nos lleva hasta la Bretaña francesa, al pueblo costero de Saint Maló.

Estas piscinas pueden presumir de aguas tranquilas y sin sobresaltos, aptas para todos los públicos: los que aún necesitan flotador; quienes se pasaron a la colchoneta y los que dominan los cuatro estilos de natación.

Cuando yo estaba en “mi” piscina, vi a una pareja de dos chicos jóvenes chinos que iban caminando por el muro que la separa del mar abierto. Él se subió al trampolín. Yo pensaba que iba a hacer un triple salto mortal para impresionarla. Pero allí, en lo alto, se quedó un rato dubitativo y, volvió a bajar por la escalera. Ella lo abrazó. Y es que las piscinas son tan amorosas, ¿verdad? O, ¿Acaso serán las influencias de David Honey?

Y sí, a veces, aunque sus aguas estén quietas en su interior, ver las grandes olas tan cerca, impone un poco. Tal vez esto le ocurrió al chico. El abrazo fue bien largo.

Otras, por todo lo alto

piscina2redHay otra piscina de esas del posesivo singular con una nota atípica: se encuentra en las alturas. En una cuarta planta. Se esconde dentro de un edificio precioso: el Centro Azkuna “La Alhóndiga” (Bilbao). Mucha gente camina “por debajo del agua” y no se da cuenta de que tiene sobre su cabeza una piscina.

Cuando yo entré, pensé que la luz del techo era natural. Tardé lo suyo en saber que era una piscina. Les hago esta pequeña confesión para que a Vds. no les vaya a pasar.

Como les decía, que es de esos edificios que de tan bonitos, uno a los dos pasos se puede despistar. La planta baja ya es espectacular. El edificio está apoyado en 43 columnas, cada una diferente. Representan las culturas del mundo. Se han realizado con materiales locales de cada una de ellas. Este recorrido por la planta baja viene a ser como dar una vuelta al mundo entero entre “bosques” de mármol, ladrillo, madera y bronce. Y al ir absortos, es fácil caminar bajo la piscina y no advertirlo. Lo digo a modo de excusa, lo sé.

Como nota curiosa les contaré que nunca falta el sol en esta piscina, aún cuando esté lloviendo a cantaros ese día. “Se cuela” siempre en el edificio. ¿El truco? Nada más entrar, en lo alto, hay una fotografía real gigantesca del sol (tomada desde un satélite) que ilumina el hall.

Y, también, tierra adentro

Pero si rizamos un poco el rizo en este recorrido también hay playas que juegan a convertirse en piscinas. Y, sin la ayuda del hombre. Hay una que sabe hacerlo con mucho arte: la famosa playa de Gulpiyuri (Asturias). Por las rocas se cuelan cachitos de mar que se transforma en algo mágico.

El dato sorprendente aquí es localizarla a través de un buscador porque la visión desde el satélite no lo es junto a la costa, sino que señala la ubicación de esta playa… ¡tierra adentro! Ya les digo, mucha magia. Uno puede llegar a pensar que el buscador erró. A mí también me pasó. Y van ya dos confesiones.

Allí la generosidad también puede brotar. Y podemos invitar, pero ahora ya con aquello de “vente a mi playa”.

Y si los sociólogos dicen que una de las frases que todos queremos pronunciar en voz alta es una invitación a una piscina privada, en esta ruta, la generosidad les desbordará. Y ya, la barbacoa la dejamos para una próxima escapada.

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Un paseo con el teniente Colombo
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Inma | 24-10-2017 | 15:50| 0

 

Buscamos siempre lo más grande. Una catedral, un palacio, un estadio… Y a menudo en estas ansias, tal vez por la inclinación del cuello o por la facilidad con la que sucumbimos ante la magnitud de un inmueble, lo más pequeño nos los saltamos. Vaya que ni lo vemos.

¿Y si hacemos un viaje por estos diminutos lugares del mundo? Les aviso que el recorrido va a ser al estilo del teniente Colombo, todo un experto en resolver grandes enigmas con sólo un dato obtenido de los más pequeños detalles. Será nuestro guía pues.  ssred1

La hija

En San Sebastián las barandillas de la playa La Concha constituyen todo un icono de la ciudad. Como dato curioso, la ONCE en una de sus series, la dedicada a representar ciudades con tan solo una imagen, fue esta barandilla la elegida. Pero a mí me seducen también las de esos pequeños parterres en los jardines de otra playa vecina, Ondarreta que parecen casi sus “hijas pequeñas”. De verdad que no exagero, el parecido con “su madre” es asombroso: mismo color, diseño circular, hechas del mismo material… Aquello de mater semper certa est no falla en  estas barandillas.

La hermana pequeña parterre2ss

En París todo el mundo habla de las famosas terrazas. La verdad es que atrapan porque invitan sutilmente a sentarse un rato y ver la vida pasar. Pero, yo ahora –en este interés casi detectivesco por las menudencias de los sitios- soy más de aceras.

Y es que hay algunas que se pasan de atrevidas. Quieren ser también terrazas y ya sólo con las sillas y mesas ocupan todo el espacio. Al final para poder seguir el paseo tienes que jugarte la vida y seguir caminando por la calle. Y claro, en este empeño de parecerse a “sus hermanas mayores”, las terrazas, y con el riesgo añadido de que nos pueda atropellar un coche, vaya que nos tenemos que sentar en ellas queramos o no. Aunque sólo sea por evitar un accidente de tráfico.

El tatarabuelo terrazasred

En Murcia, hay un famoso cruce de caminos donde se encuentran las calles Platería y Trapería que confunde a más de uno, sea residente o turista. En este punto es fácil dudar si seguir de compras, acercarse a la zona de bares, seguir de paseo hacia Alfonso X… Pero si los pies se dirigen hacia la Catedral (que se intuye ya al fondo la fachada y es la cuarta opción de todo cruce), entonces a la altura del Casino merece la pena detenerse para conocer en su fachada a quien ya es casi uno más: “el habitante más longevo de Murcia”. Está a la altura de los ojos, pero al estar adosado a la piedra, calladito, muy escondido, fosilizado… vaya que yo creo que hasta el mismísimo Colombo habría tenido bastante difícil dar con él en Murcia.

Cuánta razón tenía Ramón J. Sender cuando describía el mundo desde la mirada de un turista y decía: “a fin de cuentas los humanos somos una gran familia”. Y es que recorrerlo en su versión XS es casi como estar en familia. 

fosil1No sé si también les pasa a Vds. pero estos “pulgarcitos” casi invisibles del mundo son para coleccionarlos. Se les va cogiendo un cariño… Porque el mundo es grande pero a la vez, es pequeño. Es la gran paradoja. Y bien bonita además. ¿Verdad?

Yo ya, de tan adicta que soy, llevo gafas para ver de cerca. Y sí, Vd. también puede ser un detective. Dicen que este otoño se vuelven a llevar las gabardinas.

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¿Y por qué ese empeño en enderezar la torre de Pisa?
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Inma | 11-09-2017 | 11:05| 0

 

Hace unos años la pregunta que marcaba la gran decisión del verano era: ¿Dónde vas: a la playa o a la montaña? Ahí radicaba la opción. Es más, la publicidad de los años 70 de muchos destinos destacaba que se contaba con las dos alternativas. Vaya que si el padre quería escalar y la madre estar tumbada en la hamaca, no tenían que lanzar ninguna moneda al aire.

Pero últimamente el mundo interrogativo estival ha pasado a ser: ¿Dónde te vas de vacaciones? Dando por sentada la hipótesis de que, sí o sí, nos tenemos que ir a otro lugar.

Y si uno contesta tranquilamente: “Este mes de agosto lo he pasado enterito leyendo en mi casa”, garantizado queda que corre el grave peligro de entrar en el colectivo de los raros. Y, ahí no queda la pena, lleva una agravante: quedará excluido en septiembre de muchas cenas para contar las peripecias y anécdotas de los viajes.

publiredCada vez conozco más gente que es feliz sin tener que entrar en el arrebato de preparar la maleta, hacerla y deshacerla unos días después. Y sí tal vez también rarita, según lo comentado.

Son muchos los expertos que, ante este colectivo de gente feliz que no necesita tarjeta de embarque, están estudiando este giro copernicano que se ha dado en el mundo de los viajes. Después de muchos análisis sobre los interrogantes que nos hacen y hacemos, concluyen que el hecho de viajar se está convirtiendo ya en un “acto de consumo”: Hay que ir, ver esto y lo otro; comprar tal souvenir, etc.

En síntesis se trata de ir a un lugar y, una vez allí, hacer lo que se denomina “el paseo del turista”. Viene a ser como hacer todos lo mismo, con los denominados <<must>>. Y así, aunque a uno no le gusten los museos, si está en París tendrá que ir al Louvre y/o al D’orsay. Si va a los dos, tanto mejor para poder contar cuando regrese. Y si llega al hotel por la noche agotado, con dolor de pies y con el mapa muy arrugado y casi roto en los pliegues, será un síntoma indiscutible de que está haciendo bien el “paseíllo”.

Queda relegada la idea de la cultura o el aprendizaje, y lo que predomina, como tal acto de consumo, es el gasto medido en euros redondos.

fotoredUna fotógrafa suiza (Corinne Vionnet) reflexiona sobre esta idea del mimetismo en los viajes. Todos hacemos la misma foto, estemos ante el Coliseum, la Torre Eiffel, el Big Ben…  Es la prueba iuris et de iure de que hicimos el paseíllo con todas las de la ley.

Las recopila de nuestra generosidad en internet y, tras un collage, a modo de “impresionismo fotográfico” crea obras de arte con todas nuestras fotos. Casi idénticas. Expone en España estos días, por si les interesa (normalmente lo hace en el MoMA).

He estado trabajando en un campus turístico sobre “creación de destinos”. En él, le pregunté a un experto en marketing si realmente cuando viajamos somos “clientes cautivos”, pese a sentirnos libres. Él insistía que nadie nos dice lo que tenemos que hacer. Pero no sé yo… Esta fotógrafa, casi que me convence más que el experto.

Porque, ¿quién no ha intentado enderezar un poquito la torre de Pisa? Jugando con las ilusiones ópticas, ya me entienden. Yo fui de las que “empujaba con las dos manos”. Al final entre todos, lograremos reducir esa inclinación tan suya.

 

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